domingo, 26 de mayo de 2013

¿ESCRIBIR? VAYA TAREITA

Hace algún tiempo recibí una carta de Beatriz de Moura, en respuesta al envío de una de mis novelas inéditas para su análisis y posible publicación. Me decía Beatriz, con pocas y tajantes palabras: “no publico su novela porque no me gusta”. Siempre agradeceré esa muestra de sinceridad que no he encontrado en ninguna otra editorial a las que inocentemente envié algunas de mis novelas inéditas, cuando yo todavía no me había dado cuenta de que para ser un escritor y triunfar como tal, aparte del talento que se tenga (y de otras cosas que para qué mencionarlas) es necesaria una disposición al esfuerzo y al sacrificio que yo, ¿para qué engañarme? no tengo. Ni he tenido nunca.
Ni creo que pueda tener algún día...

Muchas veces leo en entrevistas a escritores consagrados y famosos, cuando les preguntan su método para escribir, que se levantan al amanecer y se ponen a teclear hasta el mediodía, a veces hasta más tarde, ininterrumpidamente, sin mencionar si en ese lapso de tiempo han desayunado, se han aseado, o si han hecho alguna otra labor doméstica o de otra índole que no sea escribir. Digamos que lo creo, al menos en la mayoría de los casos, y como lo creo pienso que hay que tener una constancia, una disposición para el esfuerzo y el sacrificio, y una verdadera devoción para olvidarse de todo lo demás y dedicarse totalmente, durante ese tiempo, a escribir, escribir, nada más que escribir, dignos de admiración, y al mismo tiempo comprendo por qué   muchos autores se pagan sus ediciones y a otros que por algún tipo de empuje (por no llamarlo enchufe) logran que sus libros estén en los estantes de las librerías a la venta y en los suplementos de diarios a la promoción necesaria para su conocimiento... 

Pero además de esa disposición para poner la acción de escribir como la más importante (a veces como la única importante) un escritor que se precie de serlo debe atender las palabras de Hemingway que dijo que un autor debe escribir lo que nadie ha escrito, o escribir sobre lo que ya se ha escrito con más calidad, y si no puede hacerlo, debe dedicarse a otra cosa. Y tras esa carta de Beatriz me acordé de las palabras del gran autor norteamericano y me dije: si no puedes hacer una novela a la altura o mejor que La montaña mágica, ¿para qué vas a seguir escribiendo?...

Todo lo anterior más otras cosas que no quiero abordar (sería demasiado larga esta entrada además de la inútil sensación de tiempo perdido cuando terminara mis observaciones) se refiere al sentimiento que da, lo confieso, ver, oír y leer a otros que triunfan, y preguntarme como le pregunté a Beatriz de Moura en mi envío que provocó su drástica respuesta: ¿por qué ellos sí y yo no? Pero además de todo eso, para intentar publicar lo que se escribe hay que disponerse a sufrir todo un calvario que incluye: horas y horas de trabajo “creador” renunciando a otras cosas, digamos placeres que la vida ofrece, olvidando hasta los seres más queridos que se dejan para “cuando tenga tiempo”, y esforzarse por hacerlo lo mejor posible, y cabrearse cuando lo que se ha escrito no es lo mejor posible, enconarse, maldecir el momento en que se decidió a ese oficio, sudar, empeñarse, dejar hasta de alimentarse debidamente, y al final, cuando ya la obra está “lista”...

...imprimir en papel todo el texto, releer, revisar, corregir, volver a hacer todo eso, fotocopiar las copias, encuadernarlas, envolverlas en un paquete para enviarlas al concurso o a la editorial determinada, y esperar con los nervios alterados a ver qué respuesta dan o qué resultado se publica, y como casi siempre son desfavorables ambas cosas, a lamentarse, a padecer, quizás a llorar, y a pararse frente al espejo con la pregunta clave: ¿para qué sigo escribiendo?

Y, al menos en lo que respecta a narrativa, esa es la pregunta que me hice yo el día de la revelación. Y mi respuesta tenía que ser, si realmente era sincero conmigo mismo: ¡para perder el tiempo!... y cuando el tiempo se pierde, a pesar de Proust, no se recupera jamás...

Augusto Lázaro



@augustodelatorr