jueves, 24 de marzo de 2011

LEJANA TIERRA MIA...

Un matrimonio de chinos que tiene un timbiriche en La Latina y al que suelo saludar cuando paso frente a su comercio (raras veces por cierto) me sorprendió el sábado pasado con algo que jamás pensé que podía ver y oír: ambos estaban sentados en sendos taburetes en la acera, con una grabadora, oyendo a... Carlos Gardel. No, no han leído mal: un matrimonio de chinos oyendo tangos por Carlos Gardel. Es como para publicarlo en un diario nacional, aunque estoy seguro de que la mayoría va a poner en duda semejante escena que yo presencié.

Pero pensándolo después, no es para sorprenderse, porque quien está más o menos informado del mundo musical debe saber que Gardel no sólo popularizó el tango, sino que con él también popularizó a su país, Argentina (entonces la primera potencia económica de América Latina), que hoy, como el tango, se conoce en todos los rincones del planeta. Y a Gardel, podríamos preguntar: ¿qué habitante de la Tierra no ha oído alguna vez un tango en su privilegiada voz? Quizás haya algunos, o muchos, que consideren los tangos de Gardel como algo sentimentaloide, romanticón, hasta cursi algunas veces, pero el caso es que esa música entra en el cuerpo y se pega en el alma, aunque realmente sus letras sean casi siempre nostálgicas o tristes. O quizás por eso mismo.

Recuerdo que en mi adolescencia, en la ciudad de Pinar del Río, donde nací y me crie, solía acudir al cine varias veces por semana, casi siempre a la tanda vespertina, donde se metían los estudiantes de diversos centros que armaban tremenda algarabía, junto a algunos trabajadores que a esa hora salían de sus empleos para distraerse un poco. La algarabía de aquella claque a veces no dejaba oír lo que decían los actores, aunque las películas casi todas eran habladas en inglés, subtituladas en español. Era una claque imposible de silenciar. Pues bien: tanta era la fama y tanta la admiración que el gran público sentía por Gardel, que en sus películas (todas malísimas), cuando Gardel comenzaba a cantar, el silencio en la sala era total: todo el mundo atento a la voz del "zorzal criollo", y después, en plena calle, tarareando los tangos que en la peli había cantado. Gardel no era actor, era un cantante de tangos: quizás el más grande cantante de la música llamada popular que se conocía en esa parte del mundo.

Y quizás tengan razón quienes opinan que los tangos son tristes o nostálgicos. Algunos en verdad capaces de hacer que se piense en esos avatares de la vida que los seres humanos afrontamos, a veces sin proponérnoslos, y uno de ellos me trae a la mente el recuerdo de una adolescencia, de una juventud pasada que se recreaba en esa música, siempre bonita y agradable, sobre todo en esas letras que ahora, en el exilio, me machacan la cabeza, pues como oí decir a alguien una vez, "lo peor que puede sucederle a un ser humano es tener que vivir fuera de su patria"...

Lejana tierra mía, bajo tu cielo, bajo tu cielo
quiero morirme un día, con tu consuelo, con tu consuelo,
y oír el canto de oro de tus palmeras que tanto añoro.
No sé si al contemplarte al regresasr... sabré reír o llorar...

Porque vivir lejos de la patria condena a quien sufre esa terrible expreiencia a vivir añorando la tierra donde vino al mundo, a este mundo cada vez más complicado y más horrible, donde parece que la guerra es una obsesión de los que mandan y no trabajar por el pueblo al que dicen gobernar. Pero eso es otra historia. La historia que me ocupa se inclina a ese tango que me hace vibrar de emoción, porque el exiliado decente y honesto nunca podrá negar que sigue amando su patria por encima de todo lo demás, y sigue soñando con quizás algún día, como cantaba el gran bardo argentino, poder regresar, quién sabe si a morir en esa tierra que tanto lo hala hacia el recuerdo imborrable de su vida pasada...

Lejana tierra mía, de mis amores, cómo te nombro.
Y en mis noches te sueño con las pupilas llenas de asombro.
Dime, estrellita mía, que no son vanas mis esperanzas:
bien sabes tú que pronto he de volver... a mi viejo querer...

¡Volver! ¿Por qué no? Si volver es un sueño que se convierte en obsesión: la patria se sigue queriendo, dondequiera que se esté, si se es un ciudadano del mundo digno de llamarse hombre o mujer. Ese amor infinito a la tierra natal llevó a Heredia a enviar la carta lamentable pero humana, al mandamás Tacón, por el miedo que tenía el primer poeta romántico de América de morir fuera de Cuba, miedo que no tuvo tiempo de sentir Gardel, porque la muerte se lo llevó también fuera de su terruño, como jamás hubiera deseado. Eran hombres que tenían fe en su patria. Y como dijo Martí:

"los que no tienen fe en su patria son hombres de siete meses".

AUGUSTO LAZARO