viernes, 26 de noviembre de 2010

COMPLICES DEL MALTRATO

Una de las tantas cosas inútiles inventadas por el actual gobierno de España fue sin dudas el Ministerio de Igualdad, al frente del cual colocó a una joven que apenas podía expresar correctamente los contenidos de ese enorme organismo que sólo ocasionó gastos al herario público. Pero lo peor fue el resultado: durante 2010 ya se han cometido más asesinatos (y hablo sólo de asesinatos, no quiero mencionar los maltratos que parece que no hay Dios que pueda eliminarlos) que los que se cometieron durante todo el 2009. ¿Para qué -me pregunto- sirvió entonces ese "flamante" ministerio? La respuesta no la da el gobierno, por supuesto, sino el pueblo, obstinado de tanta impunidad de que gozan los maltratadores, a quienes algún juez emputecido hasta la enfermedad, ha llegado a conceder razón en su salvaje agresión contra alguna mujer. El cuento que van a leer a continuación expresa una realidad que se trata de ocultar, porque pienso que quienes son realmente los culpables no son los maltratadores, sino los encargados de evitar que éstos sigan cometiendo sus fechorías sin mover un dedo para contenerlos y en los casos que lo merezcan, encarcelarlos, no uno ni dos ni tres años, sino todo el resto de sus miserables vidas...

LOS COMPLICES

La vecina la encontró tirada en el suelo, con la cara ensangrentada, y quejándose. Cuando pudo reaccionar tras la impresión, corrió junto a ella, se arrodilló, le tomó la cabeza entre las manos, ensartando palabras de consternación y aliento, tratando de levantarla y colocarla en el sofá, y cuando lo logró, miró a todas partes, como buscando algo o alguien que la ayudara a atenderla. Había oído gritos y golpes que le hicieron temer lo peor, lo acostumbrado, pues no era la primera vez que eso sucedía. Se sentó junto a ella, y sin preguntarle lo que había pasado, cosa que sabía
muy bien, sólo atinó a exclamar: "¡Dios mío!, pero esta vez ha sido mucho peor, mi amiga", y sin poder evitarlo comenzó a sollozar, uniendo sus lágrimas al llanto que ahora sustituía los quejidos de su amiga. Entonces le dijo:
--Pero Julia, ¿hasta cuándo vas a soportar esta situación?

En el Congreso de los Diputados, el portavoz del gobierno lanzaba improperios que él consideraba críticas justas contra el principal partido de la oposición, que era en realidad el único, pues todos los demás minoritarios se habían puesto de parte del mandamás de turno, lo que era muy común en los cobardes y en los oportunistas. Cuando tocó el turno al portavoz del único partido de la oposición, éste comenzó a lanzar improperios que consideró críticas justas al gobierno y a lo que llamó sus
secuaces, provocando una señora algarabía, una más, entre los asistentes, aunque éstos ya no se asombraban por tales minucias. La mañana había estado movida, plagada de gritos, aplausos, abucheos, silbidos, golpes en los escaños y alguna que otra ausencia de los llamados padres de la patria, nombre algo irónico si se tiene en cuenta lo mal que en realidad querían a sus hijos estos próceres que ocupaban su tiempo en insultarse mutuamente, como buenos políticos, y ni se acordaban de que existía una patria a la que tenían que dedicar sus vidas por entero, pues para
eso habían sido elegidos, unos por votos y otros por dedos, pero daba lo mismo: todos tenían en común su convencimiento de que cada cual tenía la razón, de que cada cual era el dueño de los caballitos y poseía la llave de los truenos, por lo que los demás, naturalmente, estaban equivocados. A las dos de la tarde seguía activo el ring, sin que se vislumbrara un claro vencedor ni un oscuro vencido. Fuera del sagrado recinto, el único perdedor era el pueblo. Pero ¿a quién podía importar ese mísero detalle? Curiosamente, sus señorías no habían conversado ni un minuto sobre el fútbol en los intermedios de las sesiones.

Muchas veces habían conversado sobre esa situación, insostenible según la vecina y demasiado prolongada según su madre y algún que otro familiar cercano. Pero Julia no se decidía a hacer nada para poner freno a tanto sufrimiento. Hasta que ese día ya no pudo más y por consejos y alientos de su vecina y amiga, tomó una decisión:
--Iré a la policía. Tú tienes razón, esto no puedo seguir aguantándolo.
En la Comisaría presentó la denuncia, rellenó el formulario correspondiente, y oyó que le prometían tomar nota de su caso. Para ella tomar nota no significaba nada, pero al menos salió de la Comisaría con un poco de alivio. No le duró mucho: al llegar a su casa, el hombre la estaba esperando. Un detalle que habían olvidado ella y su amiga del piso colindante: cambiar la cerradura, detalle que estuvieron lamentando muchos días después de aquél en que ella regresara de la Comisaría y el hombre le propinara la paliza más brutal que ella había recibido. Desde que por fin él se había ido de la casa sólo había vuelto un par de veces, y en ambas sólo había vuelto para insultarla, golpearla y romper algunas cosas que él argumentaba que eran suyas, pues las había pagado mientras vivió con ella allí. La paliza esta vez fue tan bestial que ella perdió el conocimiento, y no se enteró de que algunos vecinos, al oír los golpes, los ruidos y los gritos, tocaron a la puerta, alarmados. El hombre salió y les pasó por delante, ignorando los insultos que varias mujeres le gritaron, muy airadas, y las protestas de algunos hombres que no se sintieron con
valor para enfrentarse a aquel mastodonte de seis pies y unos músculos que podrían competir con los de Arnold Schwarzenegger. Cuando llegó el Sámur, Julia ya no podía hablar. No podía ni siquiera llorar.

Los magistrados comentaban el partido de fútbol de la noche anterior, en el que el equipo estrella se había dejado meter nada menos que tres goles, provocando reacciones furiosas en sus fans, tan furiosas que uno de los deportistas recibió en la frente un botellazo lanzado desde el graderío enardecido. Porque perder en propia casa no se lo perdonaban ni al mejor futbolista millonario que casi no sabía articular palabras cuando lo entrevistaban en la tele.
--Es una vergüenza. Con lo que les pagan y mira qué chorrada.
--Ya. Me imagino lo que sucedería si a este equipo le sacaran los extranjeros que son los que le dan los pocos triunfos que tienen a la hora de la verdad. Y otra cosa, eso del público también es una vergüenza. Vamos a tener que hacer algo al respecto.
--Sí. Hay cosas que no pueden tolerarse. ¿Otra cañita?
Ambos jueces, pasados de peso y de tripa, con rostros del color del tomate maduro, se repocharon en los pullmans mientras se deleitaban con un filme de acción en el vídeo del televisor de pantalla plana colocado en el salón del magistrado mayor. Su invitado le había comentado que él también pensaba comprarse uno igual. De algunos asuntos pendientes no hablaron. Entre ellos estaba la última denuncia por malos tratos recibida días atrás, pero entre tantas, ¿quién podía acordarse?

Les costó mucho esfuerzo convencerla, pero los reporteros del canal 3 conquistaron a Julia para acudir a una entrevista donde pudiera denunciar a su maltratador ante todo el país.
--Señora, créame, lo que sale en la tele se resuelve. Los que mandan le tienen terror a la tele, a lo que dice, y sobre todo, a que sus nombres, y mucho más sus caretos, salgan en la pantalla chica. Créame, no se va a arrepentir.
Y llegó la noche de la entrevista. Hacía muchos días que Julia no sabía nada de su ex y estaba preocupada, pensando siempre lo peor. La vecina la acompañó al plató, donde no la maquillaron, con el fin de que pudiera mostrar los moretones de la última paliza ante las cámaras. En su familia hubo voces que la aconsejaron que no fuera, pero la mayoría la apoyó, al igual que casi todos sus vecinos que conocían la tragedia. Era un paso que había pensado bastante, pero su situación no podía continuar así. Porque su vida peligraba y ella no sabía a quién podía ya acudir.
--Ya no sé qué hacer, ya no puedo más. Por favor, necesito que me ayuden. Ese hombre me ha amenazado varias veces y me va a matar. Por Dios que sí, me va a matar. Por favor... necesito que me ayuden...

Habían formado un grupito en la cafetería: dos vigilantes del Metro y dos policías con sus armas cortas, comentando un partido de fútbol y el coche nuevo que se había comprado uno de ellos, dos de los cuales fumaban pitillos, precisamente frente a la pared donde había una señal de prohibido fumar. Cerca del grupo se veía a varios viajeros con cigarros en las bocas, pero los policías ni se daban por enterados. Uno de ellos los miró y cambió de tema.
--Lo que yo les digo. ¿Ven cómo la gente sigue fumando? ¿Y qué vas a hacer?
--Hombre, podíamos multarlos, eso está prohibido.
--¿Multarlos? Mira, tío, no te enrolles. En primera, que esa multa no la van a pagar jamás, y en segunda, ¿qué pasa si te dicen que te han visto fumando aquí mismo?
--Bueno, pero...
--Mira, tío, esto es como todo: esto de las prohibiciones es un paripé, nadie cumple nada y además, ¿para qué vamos a buscarnos problemas, si cuando tú detienes a un delincuente, al día siguiente el juez lo deja en libertad? No quieras arreglar el mundo, tío, que este mundo no hay quien lo arregle.

Al día siguiente de su comparecencia por televisión, Julia sintió unos golpes fuertes en la puerta. Enseguida supo que se trataba de su ex. Había cambiado el cerrojo, pero el hombre, al darse cuenta de que su llave no servía, comenzó a llamarla a toda voz y a dar golpes estruendosos en la puerta.
--Abreme, Julia, que sé que estás ahí. Vamos, ábreme. No voy a hacerte nada, lo que quiero es llevarme algunas cosas que tengo y nada más. Vamos, ábreme, no empieces a cabrearme. Acaba de abrirme de una vez, recoño. ¡Joder!
Mientras Julia temblaba, alejándose de la puerta, el hombre se desesperó. En esa planta no había casi nadie a esa hora y la vecina estaba en su trabajo. El hombre insistió una vez más, y al ver que no podía lograr que ella le abriera, le dio una patada a la puerta.

Las calles estaban, como siempre, llenas de gente que caminaba de prisa. Frente a la tienda El Corte Inglés, dos mujeres maduras comentaban las rebajas, otras más jóvenes hojeaban revistas de famosos y de otras tonterías. El tránsito fluía, no sin dificultades a esa hora temprana. El ruido y el polvo campeaban en todos los rincones. Un hombre joven, vestido como un espantapájaros, lograba sonrisas en los menos exigentes que lo miraban admirados. Un pequeño grupo esperaba el semáforo para cruzar. En la parada del autobús se agrupaba mucha gente de mirada ansiosa, esperando y comentando la tardanza en esa línea, que según un hombre joven y algo escuálido, era la peor de la ciudad. No había ningún niño alrededor. Los vendedores ambulantes pregonaban sus ofertas, colocadas sobre mantas y sábanas en las aceras de la concurrida calle. El día estaba nublado, pero
no acababa de llover. Muchos jóvenes hablaban por sus móviles, entusiasmados. Otros conversaban sobre el fútbol, mostraban el último compacto de U-2, y uno de ellos hizo un comentario sobre la moto que pensaba comprarse cuando pudiera sacarle el dinero a su padre, con el cual no se llevaba muy bien. Más allá de la cafetería, una adolescente con uniforme escolar se lamentaba del mal rollo que se había ligado con un tal Joaquinito, por culpa del dichoso examen de física, sobre todo porque el profesor no era de los que se desviven por acercarse a su alumnos y ayudarlos. Hizo una mueca y se dirigió a su compañera:
--Ese está allí por el dinero que le pagan, tía. No le interesa nada más.
--¿Y qué me dices de la profe nueva, con su ropa de pija y sus modales tan...
--Tan finolis, sí. Es eso, tia. Se ve que está en otra onda. No se ha dado cuenta de que en estos tiempos hay que estar en la calle y con vaqueros.
La ciudad era la misma del día anterior, y seguramente sería la misma del día siguiente: activa, dinámica, atolondrada, sucia, bulliciosa, repleta de obras, con transportes lentísimos y aglomeraciones en las paradas y en las tiendas con rebajas, inmigrantes caminando sin destino cierto, bodas de homosexuales, discusiones de grupos de amigos en los bares sobre fútbol, política, coches, y si había mujeres en esos grupos, sobre el famoseo, que ocupaba una gran parte del tiempo femenino. Julia había sido enterrada en familia, en un funeral discreto a donde sólo acudieron unos pocos vecinos y algunos familiares cercanos. Al día siguiente, unas doscientas mujeres del barrio salieron a la calle en manifestación, en silencio, con pancartas y telas, denunciando una vez más lo que llamaban la violencia de género. El canal 3 no asistió. Tampoco había ningún cargo político, judicial ni policial. El ex marido de Julia, muy bien asesorado por un buen abogado que le rcomendó demostrar alteraciones del sistema nervioso en el momento del asesinato, cuando declarara ante el juez, había quedado en libertad condicional con cargos bajo fianza, y por el momento debería presentarse ante el juzgado cada quince días, hasta que se
celebrara el juicio. O hasta que el delito prescribiera.

Augusto Lázaro

viernes, 19 de noviembre de 2010

COMO PARA REIRSE


ORDENES DE ALEJAMIENTO

(en España, época actual)

Dos amigos se encuentran en una parada de autobuses. Uno de ellos es policía, aunque ahora está sin uniforme, y con cara de poblemas. El otro se extraña y le pregunta:

--Pablo, ¿qué te pasa, ya no eres poli?
--¡Ay, Jacinto! Lo que me ha pasado, viejo.
--Anda, cuéntame.

El policía, que no está de servicio, le cuenta a su amigo que le han encargado vigilar el alejamiento de un maltratador que ha amenazado de muerte a su ex pareja, y que esa tarea es demasiado para él.

--Me estoy volviendo loco, de verdad.

El amigo piensa unos segundos y al fin le pregunta, interesado:

--Pero vamos a ver, ¿qué es eso de vigilar el alejamiento de...
--Pues eso, que tengo que estar todo el tiempo detrás del tipo ese, con una cinta de medir, para que el hombre no traspase el límite de los 500 metros que el Juez dictaminó que debe mantener de donde esté su ex.
--Vamos, Pablo. Es una broma, ¿eh?
--Nada de broma, viejo. Si te digo que me estoy volviendo loco, por eso me ves ahora aquí, porque pedí unos días para ver si me repongo con ayuda de un psicólogo desde luego.

Los dos amigos se acercan a un bar y piden dos cafés. Uno de ellos enciende un pitillo y mira al otro, como pensando que no puede ser verdad, que todo es una fantasía, una exageración, un cuento de caminos trillados.

--Y lo peor: el caso es que yo me dediqué a vigilar al maltratador para que no se acercara a su posible víctima, pero sin darme cuenta de que no podía medir la distancia que lo separaba, porque yo no sabía dónde se encontraba su ex cuando estaba con él, midiéndole cada paso... un fenómeno, de verdad.

El amigo terminó su café, pagó, le dio una palmada al policía de civil, y sonrió.

--Hombre, Pablo, desconocía tus dotes histriónicas. Eres un gran actor. Casi me lo creí.
--Pero bueno, que estoy hablando en serio, coño. Es que cuando uno dice la verdad nadie lo cree.
--Vamos, Pablo, que poner a un policía detrás de cada maltratador con una cinta de medir... tendrían que poner a otro detrás de la mujer, y ¿cómo comprobarían que están a más de esos 500 metros el uno de la otra? Hombre, si es como una obra de Arrabal, vamos.
--Pues por eso mismo casi pierdo la chaveta, porque me puse a pensar cómo podía estar al mismo tiempo con el hombre y con la mujer para saber a qué distancia estaban cada cual de cada cual...

Pues cosas como éstas ocurren en España diariamente. No se asombren, amigos, que esta es una realidad no virtual sino tomada del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Me imagino que el que se le ocurrió esta idea del alejamiento (que entre paréntesis no ha logrado sino aumentar los asesinatos de mujeres en lo que va de año en comparación con el anterior) debe estar preparándose para obtener un gran ascenso en el gobierno... porque se lo merece. No digo yo. Y el gobierno siempre premia este tipo de genialidades, vamos.

Augusto Lázaro

sábado, 13 de noviembre de 2010

LA IGNORANCIA MATA A LOS PUEBLOS


Llovía. De regreso de mi acostumbrado almuerzo y al entrar en el edificio donde vivo, al tratar de introducir el paraguas y colocarlo abierto dentro del vestíbulo, una de las asistentas, con una rapidez inusitada en ella, casi me lo arrebató de las manos y procedió a cerrarlo de inmediato, alegando sólamente que ya el gafe que tenía era suficiente para soportar uno más. Por supuesto que yo no le dije nada, pues estoy acostumbrado a esas reacciones de ella y de otras empleadas que cuando me ven llegar bajo un aguacero se ponen en alerta para no permitirme entrar con el dichoso paraguas desplegado.

Ultimamente he notado que en España, a través de la televisión, el oscurantismo ha ganado posiciones y adeptos: son numerosos (demasiado numerosos) los programas en los que aparecen supuestos mediums y otros tipos de adivinadores de pasado, presente y futuro de los ingenuos (o tontos) que suelen acudir a estos listillos que se buscan la vida intentando llevarles a los atormentados consultantes mensajes siempre positivos, al menos, siempre positivos al final, demostrándoles que aunque el aludido (o la aludida) esté atravesando una situación muy negativa, hay una puerta que siempre se abrirá para él (para ella) y que cambiará a muy mejor su vida y su "destino".

Igualmente los programas de la suerte, donde aparece una locutora animando a los televidentes a que llamen para obtener una buena suma como ganancia si adivinan o dan con la clave de alguna pregunta o de algún "misterio" difícil de descifrar, y que al final de aquello nada y de lo otro menos. Porque nunca ganarán el dinero prometido, y cuando sale alguien aparentemente ganador, no es más que un truco preparado de antemano con algún conocido o contratado por los patrocinadores del programa.

Me asombra que en pleno siglo XXI todavía haya tanta gente que crea en semejantes supercherías (paraguas abierto bajo techo, espejos rotos que traen años de mala suerte, sal derramada, números peligrosos, días malditos como martes o viernes 13, etc.) y se deje embaucar por estos rostros de la tele (y de la prensa) que se autotitulan "mentalistas", mediums, cartománticos, etc., capaces de hacer milagros siempre para beneficiar a todo el que acuda, escriba o llame, perdiendo no sólo su tiempo, sino a veces grandes sumas de dinero, del mismo dinero que jamás ganarán.

Una mañana no lluviosa me encontré en el edificio a una empleada leyendo, con una atención poco frecuente en ella, un horóscopo de no sé qué revista de las mal llamadas "del corazón". Tras un intercambio de frases al respecto, le dije:

--Mira, compra 10 revistas de ésas y 10 periódicos que tengan horóscopos. Léelos todos, uno por uno, y si encuentras dos que digan lo mismo, te invito a una cena en el RITZ. Sin límite de peticiones en comestibles y bebestibles.

La aludida se quedó mirándome unos segundos, bajó la vista, se concentró en algo que no pude adivinar, aunque supuse lo que era, y al final me dijo algo así como:

--Caramba, pues ¿sabes una cosa? No me había dado cuenta de ese detalle.

Otro día (esta vez una noche de frío polar), conversando con un conocido con el cual me encuentro a menudo en la estación de Atocha, decidido y convencido creyente en los signos zodiacales, surgió el tema, al decirme que había conocido a una "aries" que según las revistas que él leía con afición, era la compañera ideal para su signo. Después de intercambiar criterios al respecto, me habló sobre la igualdad imperante entre personas de los mismos signos, que tenían las mismas características. Le dije, como una forma de plantearle por qué yo no creía en esas cosas:

--Pues oye esto: vamos a ver, imagínate a un mongol (un habitante de Mongolia) que haya nacido el mismo día del mismo mes en que nací yo. Incluso a la misma hora: ¿tú crees que ese hombre y yo tengamos alguna característica, hábito, costumbre, manera de pensar, etc., iguales?

--Bueno, pero...

No lo dejé continuar, porque faltaba lo mejor:

--Y ahora piensa en cualquier italiano o en cualquier español, haya nacido cuando haya nacido, ¿no crees que con ése o ésos yo SI tendría muchas cosas en común?

Se puso a pensar, y al igual que la empleada con sus horóscopos, terminó por decirme que yo tenía razón, pero que él creía en esas coincidencias por costumbre, porque desde niño eso fue lo que vio hacer a su madre, adicta a las revistas que no sólo traían horóscopos, sino predicciones astrológicas en las cuales ella también creía, pero que nunca se cumplían, aunque de eso él no se había percatado.

El caso, le dije por último, es que las coincidencias en las personalidades de los seres humanos no tienen nada que ver con la hora, el día y el mes en que cada cual haya nacido. Repito la comparación con el mongol y el italiano. Y otra cosa que se me quedaba en el tapete: me parece el colmo eso del cambio de estación, y por ende, de signo: imagínate que una persona nace a las 11.59 de una noche en que termina un signo y comienza otro, y ya por eso pertenece, digamos a Acuario. Pero si el reloj por el que se guiaron estaba atrasado, entonces el nacido no pertenecería a Acuario, sino al siguiente signo zodiacal. ¿Te parece serio semejante dictamen?

Ante eso, mi conocido y casi amigo guardó un silencio absoluto.

Augusto Lázaro

lunes, 8 de noviembre de 2010

¿INOCENCIA O CARAS DURAS?


Hay situaciones que cuando se conocen no puede apreciarse con total claridad el país donde ocurren, porque cuando se han visitado varios o muchos países se nota cuánto nos parecemos, con sólo algunas diferencias muy poco notables en sus aspectos externos. Una de las diferencias entre España y Cuba es de carácter material, o sea, de que la isla caribeña padece escaseces que conducen a situaciones realmente lamentables, pero en lo fundamental, o sea, en la característica personal de sus habitantes (comportamiento, idiosincrasia, costumbres, etc.) somos tan parecidos que el asunto de este texto literario pudiera haber ocurrido en cualquiera de los dos países. No hay más que leerlo y obviar la cuestión material. Sobre todo ahora, cuando en el gobierno de la nación ibérica se está haciendo una moda ejercer de muchos "oficios" al unísono.



EL HOMBRE INTEGRAL

--Propongo al compañero Inocencio.
Asamblea de servicios. Asuntos generales. Se está formando la comisión de análisis
para la entrega de productos industriales. Cinco trabajadores han solicitado el
despertador que se ofrece en esta oportunidad. De ellos, tres tienen más o menos
los mismos méritos. La comisión deberá estudiar caso por caso y determinar a quién
debe adjudicársele el derecho a adquirir el artículo en la tienda asignada.
--Yo estoy de acuerdo, Inocencio es el hombre.
Los trabajadores han propuesto a varios compañeros para presidir la comisión, pero
todos se han negado, alegando razones diferentes, hasta que se pone de pie un
miembro del ejecutivo de la sección sindical y propone a Inocencio.
--Sí, sí, Inocencio. Es el más indicado para esta tarea.
Inocencio permanece en silencio y apenas se mueve. Está acostumbrado a que sus
compañeros lo propongan, lo elijan para cargos y responsabilidades a granel, lo
aplaudan, lo vitoreen. Nunca dice que no. Le gusta su trabajo. Le gusta cumplir con
su trabajo. Y le gusta compartir con sus compañeros, llevarse bien con ellos, estar
siempre dispuesto a servir a cualquiera que lo necesite.
--Bien, compañeros. Parece que tenemos consenso. A ver, ¿alguien está en contra
de que el compañero Inocencio presida la comisión de análisis para la entrega de
productos industriales?
Nadie levanta la mano. Nadie dice nada. Se miran unos a otros y al final todos
vuelven las cabezas y clavan sus ojos en el rostro siempre sonriente de quien ha sido
propuesto y tácitamente elegido para ocupar el cargo eventual de presidente de
la comisión: el compañero Inocencio Santos Doimeadiós.
--¡Inocencio! ¡Inocencio! ¡Inocencio es el hombre!
--¡Bravo por Inocencio!
--De acuerdo, de acuerdo.
--¡Que viva Inocencio!
Aplausos. Vivas. Gritos. Los más cercanos estrechan la mano de Inocencio y le dan
palmaditas en los hombros y en la espalda. El secretario de la sección sindical se
pone de pie detrás de la mesita presidencial y pide silencio.
--Compañeros: aunque por la aclamación unánime ya sabemos que el compañero
Inocencio ha sido aprobado y elegido, vamos a cumplir lo establecido por el
reglamento sindical para darle la forma legal a esta elección. A ver, los que estén
de acuerdo con Inocencio que levanten la mano.
Todos levantan las manos. Todos, menos Inocencio, que ahora no se está sonriendo.
Algunos lo miran y le hacen señas y gestos. Cuando se calman los aplausos, un
compañero de la masa se pone de pie.
--Permiso para hablar. Compañeros, a mí me parece, ya que estamos con eso de
la legalidad y eso, que se le debe preguntar al compañero Inocencio si está de
acuerdo en presidir la comisión de análisis para la entrega de... bueno, de eso.
Silencio absoluto. Nadie se mueve. En la mesa presidencial se cambian impresiones
hasta que el secretario general se pone de pie y se dirige al aludido.
--Bueno, bueno... ya tú oíste, Inocencio. Por supuesto que tú estás de acuerdo, ¿no?
Otra vez el silencio. Inocencio se pone de pie. Hay expectativa. Esto nunca había
sucedido. Inocencio siempre había respondido con sonrisas, movimientos de
cabeza afirmativos y gestos aprobatorios a todas las proposiciones, solicitudes,
peticiones, nombramientos, etc., que le habían hecho sus compañeros de trabajo.
Ahora está serio. Ahora en la sala de reuniones hay un silencio desacostumbrado.
Todos esperan con curiosidad. Por fin Inocencio rompe el hielo.
--Compañeros... en primer lugar, quiero agradecerles una vez más la confianza que
ustedes han depositado en mí. Realmente me siento muy honrado al ver con qué
entusiasmo ustedes me han propuesto para presidir la comisión de análisis para la
entrega de productos industriales... -hace una pausa y continúa-. Sin embargo, por
primera vez tengo que negarme a aceptar esa responsabilidad... -murmullos y
comentarios en general-. Miren, compañeros: yo voy a cumplir cincuenta años de
vida y treinta de trabajo. Me siento cansado. Siempre he aceptado, y con gusto,
todas aquellas tareas para las que ustedes tan cariñosamente me han solicitado. Y
todas las he realizado con placer, con entusiasmo, con seriedad, como ustedes bien
lo saben -un silencio todavía mayor se apodera de la sala. Todos miran a Inocencio
y todos esperan-. Pero ya no puedo más, compañeros. Miren, oigan bien esto que
voy a decirles: yo soy miembro del ejecutivo de nuestra seccion sindical, soy
miembro del consejo técnico asesor del centro, soy responsable del mural, soy
activista de emulación, ahorro y protección física de esta unidad, en mi cuadra
soy vice-presidente del comitè de defensa, vocal en el consejo de vecinos, padrino
de la Federación, organizador del delegado de la circunscripción para asuntos
domésticos del edificio donde vivo, soy miembro de la defensa, en la cual ocupo un
cargo de asesor para asuntos teóricos, pertenezco a la asociación de innovadores
y racionalizadores, asisto cuatro noches a la semana a la escuela de idiomas, voy a
un curso dirigido en la escuela del Partido todos los sábados, estoy en el coro de
aficionados del sindicato municipal, ayudo en la meca a la empresa de insumos
que está junto a mi edificio (la mecanógrafa está de maternidad y pidió un año de
licencia)... -hace otra pausa, respira, extrae un pañuelo y se seca el sudor- y eso no
es todo, compañeros. Oigan esto: me levanto al amanecer para llegar a tiempo
aquí, regreso a mi casa ya cayendo la noche, cansado, agotado, y me pongo a
ayudar a mi mujer en las tareas hogareñas hasta que salgo para la escuela, casi
acabadito de llegar (a veces no tengo tiempo ni de bañarme) y es rara la noche
que no me llaman para algo, y si a todo esto le sumamos el tiempo, las gestiones y
esfuerzos que tengo que dedicar al trabajo propiamente dicho, a los mítines, las
asambleas, los desfiles y las concentraciones, a las gestiones en la calle, a las citas
de distintas organizaciones y organismos del estado, a las guaguas, a las comisiones
en las que figuro como miembro de honor... -y abre los brazos como si implorara al
cielo- señores, no. No puedo aceptar. ¡No quiero aceptar! -el rostro de Inocencio
comienza a transformarse mientras los rostros de sus compañeros de trabajo se
vuelven máscaras de asombro-. Llegó la hora de decir que NO... Antes, yo veía que
todos los compañeros aceptaban tareas, cargos, responsabilidades... pero desde
hace algún tiempo lo que todos hacen es zafarle el cuerpo a las obligaciones y yo
veo que me estoy quedando solo aquí... ¡El hombre orquesta!... Y no señor. ¡Está
bueno ya de tanto abuso! -Inocencio tiene la piel color de sangre, suda, se ve algo
nervioso y agitado-. ¡Está bueno ya! -ahora gesticula con las manos y los brazos y
alza la voz-. ¡ESTA BUENO YA! ¿Qué se piensan conmigo? ¿Que yo me voy a echar
encima toda la carga y ustedes van a estar paseando por ahí, limpiecitos, ociositos
y yendo al cine o a la playa con esposas y esposos, y el vaina de Inocencio para
aqui y para allá, y el verraco de Inocencio para esto y para lo otro, y el comemierda
de Inocencio en este cargo y en esta comisión?... -casi no puede respirar-. ¡Pues no
señor! Repito: esto se acabó. Y a partir de hoy, óiganlo bien, a partir de ahora
mismo renuncio a todos los cargos que tengo y a todas las mierdas en que me han
metido. Y que todos muerdan el cordobán. Y al carajo el cuento ese de la
integralidad y la multiplicidad y todo ese lequeleque con el que me han embutido
todos estos años -todos están como hipnotizados oyendo a Inocencio-, y sépanlo
bien: a partir de este momento me quedo como miembro simple del sindicato y de
los comités y nada más, ¡Se acabó! ¡Chirrín chirrán! ¡Y AL CARAJO LO DEMAS!
Inocencio se sienta. Está colorado, sudado, descompueto. Todos vuelven sus
rostros. nadie dice nada. El secretario de la sección sindical se queda con la boca
abierta como en éxtasis. Tras unos minutos de silencio se escuchan murmullos. Al fin
el secretario reacciona y se dirige a la masa, tan bajito que casi no lo oyen en el
fondo de la sala.
--Bien, compañeros... ¿hay alguna otra proposición para presidir la comisión de
análisis para la entrega de productos industriales?

Augusto Lázaro

lunes, 1 de noviembre de 2010

¿LA JUSTICIA ES JUSTA?

De adolescente comencé a leer las novelas de Agatha Christie. Varias me llamaron la atención en el sentido de que la autora había escrito algunas fórmulas que no podrían repetirse por ningún otro escritor, como El asesinato de Roger Ackroyd
(donde el culpable es el propio narrador), Testigo de cargo (única trama que he leído cuyo desenlace se da sólamente en la última palabra del texto), Crimen en el Expreso Oriente (donde todos son los asesinos, o mejor llamados, los justicieros de alguien que debía morir)... pero sobre todo una me impactó hasta el límite de ser una de las pocas novelas del género que he leído más de 10 veces: Los diez negritos. Me llamó la atención el punto principal de la obra: cómo una sola persona se decidía a hacer justicia por su mano ante crímenes o situaciones delictivas graves no castigadas -como debió haber sido- por la justicia. Así el juez planeó el asesinato de otras nueve personas y su propia muerte, sustentando con ello la idea de que cuando la justicia no funciona es necesario tomársela por propias manos.

Ya de adulto (y bastante adulto) vi una película norteamericana que planteaba un caso singular: un grupo de personas, aparentemente enamoradas de la justicia, se agrupaban y formaban una especie de "banda" que se encargaría de hacer lo que los encargados de aplicar la ley no habían hecho, o sea: ejcutar a asesinos escapados, por diversos motivos, de la acción de la justicia. En algunos casos siendo los magistrados o los jurados los "culpables" de que tal asesino saliera en libertad, en otros, el azar, la casulidad, o el poder de abogados defensores de tales criminales que obtenían la libertad de éstos, a pesar de que a todas luces estaba demostrada su culpabilidad. La película no era una obra maestra, pero valía la pena verla para analizar hasta qué punto tenían o no razón quienes se otorgaban el poder y la facultad de hacer justicia por su propia mano.

Paralelamente a esta situación abundan los casos contrarios, o sea: inocentes encarcelados a los que el peso de la (in)justicia ha caído sin piedad y a quienes ha condenado a ver su vida hundida para siempre en el infierno. En España hay un caso ejemplarizante (sólo cito uno de muchos): el señor Rafael Ricardi, acusado de dos violaciones que al final se demostró que no había cometido, pasó nada menos que 13 años en la cárcel, y ahora la Justicia cree que con darle una suma ridícula de medio millón de euros ya se limpia de semejante crimen. Porque tener a un inocente entre rejas 13 años no es otra cosa que un crimen, y lo peor, sin castigo. Yo
me pregunto: a Ricardi nada ni nadie puede devolverle esos 13 años de su vida, pero a los culpables, ¿por qué no se les condena como se merecen?


Cualquiera que tenga una pizca de vergüenza se siente ofendido y humillado en la persona de Ricardi. Pero vayamos a casos contrarios que avergüenzan aún más: el hombre que asesinó a ¡25 seres humanos! (De Juana Chaos) está en la calle, disfrutando de los mismos derechos de cualquier hijo de vecino decente, honesto y honrado. Por sus crímenes sólo estuvo 18 años... menos de un año por cada asesinado. Y hay muchísimos casos más en que la propia Justicia debería ser juzgada y encarcelada para pagar sus atropellos, que en algunos casos pueden ser errores, pero en mi opinión, en muchos, en demasiados, no son tales, sino mala intención de amamantar a criminales y delincuentes bajo el amparo de unas leyes que parecen haberse hecho por Jack el Destripador y que la sociedad española no ha podido quitárselas de encima.

En nuestra mal llamada Justicia existen no contradicciones sino disparates que nadie se ocupa de enmendar (los "padres de la patria" parecen sentirse muy a gusto con ellos): dos ejemplos (no los únicos): la tomadura de pelo de condenar a los maltratadores a "alejarse" a más de 500 metros de sus víctimas (futuras o presentes), como si hubiera un policía detrás de cada uno de esos salvajes midiéndole los metros a que se coloca de su pareja o ex pareja... Y ese engendro horripilante, esa otra barrabasada del delito prescrito: o sea, que usted puede atacar, maltratar, violar y asesinar a una adolescente en un descampado, huir de España, y regresar tras no sé cuántos años, cuando su enorme delito haya "prescrito", y a vivir, que son dos días, como Carmelina, porque nadie le va a poner un dedo encima cuando usted pasee por La Gran Vía como cualquier ciudadano. Por La Gran Vía y por muchas calles de Madrid y de toda España caminan, hasta pavoneándose de haberse reído de la llamada Justicia, miles de Rafitas, que son detenidos (increíble desvergüenza) más de 30, 40, 50 veces, y otras tantas puestos en libertad para que sigan cometiendo sus fechorías, ante la impotencia de un pueblo indefenso que se siente desprotegido ante tanta calaña que casi siempre sale impune.

En resumen, que estamos viviendo en un país donde los criminales y los delincuentes encuentran respaldo nada menos que en las instituciones que deberían ser las encargadas de perseguirlos, juzgarlos y encarcelarlos como se merecen, sin concesiones estúpidas o corrompidas como los grados uno, dos, tres, ni permisos de salida, ni conmutación de penas ni nada por el estilo. Desgraciadamente, la Real Academia de la Lengua tendrá muy pronto que abolir de su diccionario algunos conceptos como VERGUENZA, DIGNIDAD, HONRADEZ, DECENCIA, JUSTICIA... que parecen estar cayendo en un franco desuso en nuestra sociedad.

Augusto Lázaro