martes, 13 de julio de 2010

DOS NOVELAS DE PASION Y MUERTE

No me acuerdo de haber nacido. Este hecho de mi nacimiento -acontecimiento esencial de mi pasado, como mi muerte será el acontecimiento esencial de mi futuro- no lo advertí más que por vía de autoridad y por vía de deducción.

Miguel de Unamuno fue Rector de la Universidad de Salamanca, donde enseñó casi toda su vida. Ejerció un auténtico magisterio sobre los intelectuales de su época, singularmente entre los escritores de la Generación del 98. De carácter vehemente, inconforme, violento, encarnó a su país en su aspecto "donquijotesco", mostrando en sus escritos su preocupación espiritual, su curiosidad intelectual, su original visión de los problemas. Cultivó casi todos los géneros literarios: poesía, teatro, novela, ensayo. Propugnaba, de hecho, un nuevo "humanismo", que colocara de nuevo al hombre concreto, a la inteligencia y a la voluntad, a la razón y a la sangre, en el centro mismo del interés.

Lo primero que descubre el lector en las novelas de Unamuno es la rapidez con que se van desarrollando los sucesos. Uno tras otro, pasan constantes y hacen pasar el tiempo por los ojos de quien se enfrenta a cada página, como secuencias cinematográficas ávidas de apuro. Sus personajes carecen de consistencia sicológica, a primera vista, pero adquieren una dimensión terriblemente humana a medida que la trama se va desenvolviendo, entre mil problemas y dificultades de lengua y pensamiento. Abel Sánchez y La tía Tula escarban en los más profundos sótanos del corazón humano. Estas dos pequeñas obras del ilustre español, emparentadas por él mismo, nos revelan, como en un gran fresco, con los más crudos colores, las grandes torturas y los más apasionados sentimientos del hombre.

"¿Por qué nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: odia a tu prójimo como a ti mismo". Estas palabras de Joaquín Monegro agonizante, parecen resumir toda la idea de ABEL SANCHEZ. Podríamos decir de esta novela que es el moderno Caín, aunque el autor haya negado esta intención. O que es la novela del odio, siendo al mismo tiempo la lucha contra el odio lo que da fuego a la pasión que aplasta la vida del protagonista (que contrario al título parece ser Monegro).

JOAQUIN Y ABEL


Unamuno los presenta diciendo que "aprendió cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro". Y los dos se conocen, hasta que aparece Helena, la mujer que ama Joaquín y que escoge a Abel. A partir de entonces la pasión atormenta al primero: vive desesperado, el odio crece en sus entrañas y llega a hacerle escribir en su confesión que es capaz de matar al "hermano" de siempre. Pero asiste a la boda de Helena y Abel, cargado de odio. Y salva la vida de éste, también cargado de odio. Y este odio es un rasgo contra el cual Joaquín no puede hacer nada. Entonces el personaje se humaniza más en la medida en que es más fuerte su pasión. Pasión que lo va aniquilando lentamente, sin remedio.

Joaquín se autocompadece, se tortura inútilmente, y piensa que es capaz de inspirar a su esposa sólamente asco. Antonia no termina el capítulo del odio, de la enfermedad de odiar a todas horas, porque Joaquín se repite, inmisericordemente: "¿Pero llegué yo a querer de veras a mi Antonia? ¡Ah!, si hubiera sido capaz de quererla me hubiera salvado. Era para mí otro instrumento de venganza. La quería para madre de un hijo o una hija que me vengara".

Los fantasmas acosan a Joaquín. Relaciona cuanto le sucede con el odio entre hermanos y eso lo lleva al callejón sin salida en que la única posibilidad de alivio es confesarse ante la esposa ajena y dejar que la maldad siga royendo sus entrañas. Pero, ¿es maldad acaso lo que le atormenta? Joaquín sufre aún más porque Abel no lo odia. Entonces desea que lo envidie, y al no lograr ni lo uno ni lo otro, se refugia en la idea (llevada a la acción) de quitarle el amor de Abelín, el hijo de su "hermano enemigo". De quitárselo y de hacerlo "su obra".

LOS HIJOS DE JOAQUIN Y ABEL

Pero no es necesario: Abelín desprecia a su padre, porque éste sólo piensa, según entiende el niño, en la gloria y el nombre, porque no se ocupa de él más que de un traje o de una revista dejada en la mesa. Por eso se acerca a Joaquín y lo admira, y lo hace su árbol de sombra para sustituir al padre que en realidad no tiene. Sin embargo, Joaquín olvida a su hija por cuidar de Abelín. Ha cambiado el amor por la venganza y ha perdido su última oportunidad de salvarse. Y acude al confesor, derrotado, sin esperanza de encontrar la libertad y el binestar que su alma necesita. "No, no creo en la libertad humana, y el que no cree en la libertad no es libre. No. No lo soy. ¡Ser libre es creer serlo!" El desenlace no puede evadirse: Abel muere. Y Joaquín muere también, aunque ya estaba muerto, humanamente muerto desde su pasión, desde su odio.

En La tía Tula se repite la historia de una pasión: con distintas pinceladas, los personajes se van realizando con independencia de la idea central, quedando la protagonista como símbolo humano de otra cosa, que según Julián Marías es el protagonista verdadero de la obra: la casa. "Este parece ser el tema de La tía Tula: la porción de realidad que es su verdadero personaje".

TULA: COMO SER, COMO NO SER.


Huérfana de madre y padre desde niña, a esta mujer no le basta ver a un hombre para conocerlo. Desde joven ya se siente dominante y "ordena" a Ramiro, su cuñado, como si éste fuera su hijo, se va convirtiendo poco a poco en una "mandamás" cualquiera, y llega hasta a usurpar el papel maternal sobre el hijo, sobre los hijos de Ramiro y Rosa, de Ramiro y la hospiciana. Rosa, la esposa de Ramiro, muere, rogándole a Tula que se case con él para que sus hijos no tengan madrastra. Pero la soledad de Tula había comenzado a cuajar desde el mismo día en que comenzaron las relaciones de su hermana con Ramiro. Después, esa soledad se va convirtiendo en una lucha pertinaz con la idea de casarse o no casarse. Y ahora, la idea de casarse con Ramiro la atormenta hasta el punto de consultar con el padre Alvarez (recuérdese que en Abel Sánchez hay una consulta similar), quien insiste en que ella debe aceptar a su antiguo cuñado.


Pero si la duda llegó a entrar en el cerebro de Tula, el episodio de Ramiro y la hospiciana (la joven "seducida") la saca enseguida. Y ya sin esa vacilación, Tula obliga a Ramiro a casarse con la "desventurada" muchacha, al enterarse de que hay por medio un hijo, y concluye por fijarse una idea: no casarse, ni con Ramiro ni con nadie. Ella no puede permitirse el hecho, para ella inaceptable, de ser elegida por un hombre. Y como no puede elegir a ninguno, su vida se ve reducida al "cómo ser" dentro del mote que después de muerta le aplicarán sus hijos y sus "nietos": la Tía.


Y LA TIA SOBREVIVE


La muerte de Ramiro sobrecoge a Gertrudis en un arranque de hostilidad y la lleva a confesarse derrotada, a comprender que ha sido inútil su pasión demasiado reprimida, y a ver por primera vez en los ojos de un hombre (y a sentir en sus labios) algo más de la vida que conocía hasta ahora. Tula sobrevive a su hermana, a Ramiro, a la hospiciana que también le da hijos, y queda como un "guardián del bien" que se va convirtiendo en Mamá Tula, hasta que llega a ser la Tía. La muerte, como en Abel Sánchez, cierra los capítulos de la pasión. ¿Por qué la muerte? Quizás porque Unamuno no se acuerda de haber nacido, en sus novelas aparece como una constante la muerte de sus personajes.


PERO LAS OBRAS VIVEN


Y el autor también, aunque sea muy dicutible si el mensaje de las mismas se recibe con ese aire positivo que plantean muchos de sus críticos, tal vez excediéndose en su generosidad ante un "monstruo" de la creación literaria, cuyos ilimitados aportes a las letras hispanas ni siquiera un "leguleyo" podría negar.


Augusto Lázaro

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