lunes, 1 de mayo de 2017

EL MITO DE LA DEMOCRACIA

Winston Churchill dijo que “la democracia es el menos malo de todos los sistemas sociopolíticos”. No es el mejor, pues no hay ningún sistema bueno ni mucho menos mejor: cada uno tiene sus defectos y errores que la humanidad no ha sabido ni podido corregir. Pero al menos la democracia admite la libertad, que es el tesoro más preciado del ser humano, a decir del Quijote, y por el cual debe darse la vida si es preciso. La democracia además respeta la libre expresión y los derechos humanos, a pesar de que no al 100% en ambos acápites, pero se acerca bastante. No obstante... ¿es la democracia algo real? ¿Existe en realidad, de acuerdo con lo que según su etimología debería ser? Veamos...

La palabra democracia viene del griego: demos (pueblo) y cratos) gobierno. Por tanto,  se supone que la democracia es el gobierno del pueblo. FALSO. En una democracia no es el pueblo el que gobierna, sino una persona o un grupo de personas que forman el gobierno y nombran ministros y otros funcionarios, todos al servicio de lo que decida esa persona o ese grupo de personas que a su vez acatan lo que se le ocurre a esa persona principal que puede ser un Jefe de Estado, un Presidente, un Primer Ministro, etc. Lo demás es un grupo de partidos en la llamada Oposición, que no gobierna, y por lo tanto, sus militantes, simpatizantes y/o votantes, tampoco gobiernan, aunque aparentemente “controlen” lo que el gobierno decide, sobre todo en el Congreso de Diputados, pues el pueblo tampoco elige a los miembros de la cámara alta, o sea, del Senado, organismo que ni pinta ni canta en el organograma institucional. Por tanto, todos los “representados” por ambas cámaras forman parte del pueblo que es quien se supone que gobierna. Pero sólo se supone. Sigamos viendo...

Las elecciones sólo sirven para que el partido que obtenga más votos, si logra la mayoría absoluta, pueda gobernar, y si no, tenga que pactar con algún otro (u otros) grupo que lo ayude a alcanzar esa mayoría de la mitad más uno, al menos, del número de escaños que tiene el parlamento. Ahora bien: imaginémosnos que el partido gobernante obtuvo un 35% de los votos. ¿Qué porcentaje de la población es ése, en caso de que el pueblo sea el que gobierne: pues sólo una tercera parte. O sea, que habría un 66% de la población que quizás no estaría de acuerdo con ese gobierno. Por tanto, dos terceras partes de un pueblo que NO gobierna. Pero incluso, si tomamos la cantidad de los votantes, vemos que todos los menores de 18 años no pueden votar, o sea, que esa porción poblacional tampoco gobierna. En resumen: ¿quién gobierna realmente? ¿El pueblo? ¿Una parte ínfima de él? ¿O el equipo de gobierno que no ha sido elegido por el pueblo? Y si es así, “el gobierno del pueblo” no es más que un mito, porque en ningún país del mundo democrático es el pueblo el que gobierna. Un mito. Uno más. Y nada más.

Esa es la democracia que conocemos: un equipo que nombra el gobernante de turno, que ha sido elegido de una lista donde él encabeza una serie de personas que sus mismos votantes no tienen ni idea de quiénes son y lo que son al votar la lista del partido que votan. ¿Tiene solución? No, de momento, al menos a mí no se me ocurre cómo sería posible que sea el pueblo quien de verdad gobierne, pudiendo elegir directamente a cada uno de sus gobernantes a todos los niveles. Pero, desde luego, entre todos los regímenes sociopolíticos, me quedo con esa democracia imperfecta y digna de una profunda y desprejuiciada revisión...

Augusto Lázaro


http://elcuiclo.blogspot.com.es






1 comentario:

Ricardo Grimes dijo...

Concuerdo con usted. La democracia no existe desde que la soñaron los griegos. Lo que se arrastra mal herida en su lugar es un simulacro, un teatro bien orquestado para hacernos sentir que tenemos injerencia y para ocultar las manos de los titiriteros detrás del trono (y sí, todavía sigue siendo un trono). Los que gobiernan siempre han sido los mismos: los grandes capitales, a través de firmas de mercadeo (i.e. periódicos) y bufetes de abogados que solo mueven sus fichas para asegurar maximizar su ganancia.

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