lunes, 16 de mayo de 2016

EL GOLPE MAS DOLOROSO

Leyendo algunos escritos sueltos de Fernando Arrabal, me encontré con estos versos que no sé si serán suyos o de otro autor cuyo nombre no aparece. Recordármelos fue como un golpe que recibí muy adentro, pues la vida se compone de alegrías y tristezas, y a veces, por mucho esfuerzo que se haga, la segunda prima sobre la primera. Estos son los versos:

   Enterraron por la tarde


     la hija de Juan Simón
     y era Simón en el pueblo
     el único enterrador...

     El mismo a su propia hija
     al cementerio llevó.
     El mismo cavó la fosa
     pronunciado una oración...

     Y allá, al caer la tarde
     del cementerio salió.
     En una mano la pala,
     en el hombro el azadón...

     y la gente preguntaba:
     ¿de dónde vienes, Simón?
     --Soy enterrador y vengo
     de enterrar mi corazón...

Estos versos fueron trasladados a la música, pues recuerdo que de muy joven oía en la radio a algún cantante de actualidad en aquellos años que entonaba el golpe de mala suerte que traduce la canción versada o viceversa, patética en verdad y con la fuerza de no dejar indiferente a ninguna sensibilidad. Como era de esperar, afloraron mis recuerdos, el tipo de recuerdos que yo lucho por desterrarlos de mi vida y que no puedo lograrlo: cuando menos lo espero, aparecen y me dicen que todavía eso no es historia muerta, y que no deben ni pueden olvidarse. 

Mi padre murió en mis brazos, a las 6 de la mañana de un 6 de junio de 1966 (coincidencia del maldito numero 6). Al menos, lo vi vivo en sus últimos momentos. Pero a mi madre no la vi morir, ni siquiera pude verla insepulta, pues cuando murió, yo vivía en Santiago de Cuba, y por la pésima situación del transporte (fue en 1991) no pude llegar a tiempo a Pinar del Río, mi ciudad natal, donde vivía ella con mi hija mayor. La mejor mujer que he conocido en toda mi vida murió de cáncer de nasofaringe, con apenas algo más de 40 años. Nació después de mí y murió antes que yo. He visto sufrir y morir a muchos familiares y amigos, y sé que, como dijo mi tocayo Monterroso en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias, “la vida es triste”, y sólo vivimos momentos felices, pero no podemos decir nunca que somos felices. Voluntad de la Naturaleza en su injusta decisión de lo que debe suceder a cada ser humano.

Pero el dolor más grande y poderoso que puede sufrir un ser humano es ver morir a un hijo. He tenido la suerte de no verlo, y me horrorizo sólo de imaginármelo. En estos versos aparentemente vulgares, rebuscados y de poca monta, hay una verdad que no puede soslayarse: la muerte de una hija, en este caso, es un golpe demoledor del que nadie se recupera jamás. No puedo pedirle a Dios que yo no tenga que pasar por ese trance, pero confío en que la Naturaleza, la Vida, la Casualidad, o lo que sea que exista si es que existe algo, me libre de semejante tragedia, y tenga la dicha de morir antes que mis hijos, pues un golpe como ése sería para mí casi imposible de superar...

Augusto Lázaro


www.facebook.com/augusto.delatorrecasas