domingo, 22 de febrero de 2015

SER Y ESTAR A LA ALTURA

la idealización, esa desconocida traidora

Me gustaría pensar que todos hemos pasado por esa experiencia dolorosa: conocer a alguien que por algún detalle (a veces por varios) nos llama la atención, comenzar un embrión de amistad con  esa persona, incrementarla, y de pronto, sin siquiera esperarlo, enamorarse, así de zopetón, y entrar en el preámbulo de un sentimiento, más tarde pasión, y al final, convicción sin paliativos de que se ha encontrado a la persona ideal, a la pareja que tantas veces se ha creído encontrar, a ese ser que es capaz de llenar el más profundo vacío y convertirse en la razón principal de la vida, por encima de todas las demás razones que se tienen para seguir viviendo. O sea, enamorarse de esa persona, que nos hace enamorarnos de la vida y del mundo y de todos los seres humanos a los que ahora vemos como personajes dignos de atención, respeto y cariño. Y todo gracias a esa persona que ha llenado nuestra vida de amor, de ternura, de esperanza, de todo lo bueno que en el mundo existe...

la autosobrevaloración, un boomerang

Lamentable. Pero en los seres humanos es tan natural como que no hay dos personas que piensen, digan y hagan lo mismo, ni siquiera lo parecido. Es bueno sentirse seguro de sí mismo, pero de ahí a creerse mejor que los demás, sin otra motivación que el orgullo soberbio (con todo y posible redundancia), va un trecho que no es nada positivo:

“no, no, no, yo soy una asistente geriátrica y él no es más que un simple residente”... “mira eso, si yo soy un analista químico y él no es más que un simple conductor de autobús”... “ja ja ja, oye, maja, que yo soy una académica y ella no es más que una simple asistente geriátrica”...

No todos los seres humanos son iguales, ni todos tienen el mismo valor en la sociedad, pero ¡cuidado! con discriminar a otra persona por una SIMPLE diferencia de la posición que tenga en esa misma sociedad, tan reacia a aceptar que antes de lanzar un dardo a quien creemos inferior, mejor sería mirarnos en el propio espejo... quizás encontraríamos que no somos tan diferentes como a veces nos creemos...

el desengaño, enemigo artero

De lo anterior se desprende que nosotros, los seres humanos, somos hijos del error, aunque a veces pretendamos no equivocarnos nunca. Cometer un error es por supuesto humano. No aceptar que lo hemos cometido es una tontería, pues los demás se van a dar cuenta y a todos ellos no podremos engañarlos. O sea, la autosuficiencia (o su derivación final, la megalomanía) es una muestra de inmadurez y de que somos, realmente, lo que creemos no ser, o más claro que el Lanjarón: que no somos esa joyita que nos hace sonreír cuando nos miramos al espejo.

Pero de esta falsedad otorgada de gratis a nuestra capacidad de razonar, el peor de los resultados es cuando tratamos a alguien que nos parece suficiente como para codearnos con él (con ella) de igual a igual. Aquí el reverso puede mutilar nuestra falsa grandeza: descubrimos de pronto, o poco a poco, que esa persona que endiosamos hasta colocarla, modestos que somos, a nuestro mismo nivel, está tan distante del mismo que el desengaño nos cae como un monolito de mil toneladas sobre la cabeza. La medicina preventiva en estos casos tiene dos variantes:

1)      nunca creernos superiores a los demás ni más inteligentes, cultos o valiosos que las personas con las que nos relacionamos
2)    tampoco menospreciarnos pensando que quienes nos rodean son mejores, pues ambos extremos nada bueno pueden acarrearnos

¿No sería mejor ser nosotros mismos y tratar a cada cual como cada cual nos trata, sin mediar en nuestra decisión ningún barómetro discriminador como la religión, la ideología, la cultura, la raza, el sexo, ni sobre todo la tan cacareada “posición social que ocupa” la persona a la que estamos juzgando como si fuéramos fiscales feroces que no son capaces de juzgar con un mínimo de objetividad?

Augusto Lázaro


@augustodelatorr



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domingo, 15 de febrero de 2015

ESPAÑA ANTE LA INCOGNITA

Nada menos que en 4 ocasiones tendrán los españoles que acudir a las urnas durante 2015. O no. Depende de cada cual ir o no ir, porque en España, al menos, votar no es obligatorio. Y es curioso que no siendo obligatorio vaya tanta gente a votar en cada cita, a sabiendas de que el 90% de las posibilidades dan como resultado el incumplimiento de tantas cosas bonitas que los políticos (todos) prometen en sus mítines multitudinarios donde se ve una aglomeración de personas aplaudiendo, ovacionando, gritando a sus líderes (en todos los partidos y en todas las convocatorias) que ante semejante aceptación incondicional se creerán que son los nomplusultras del liderazgo que conducirá a ese pueblo que tanto los admira y quiere a la conquista del futuro, esperanzador y promisorio. Lo de siempre. En ambos bandos, o sea: el de los (quizás nuevos) dirigentes y el de los (quizás nuevos) dirigidos tras una nueva cita con las urnas.

Si algo saben muy bien los políticos es cómo conquistar un pueblo. Lo han demostrado en la historia y han llegado a dominar la psicología de las multitudes de tal manera que hablarle al pueblo se ha convertido para ellos en algo tan simple y tan manido como ir a comer caviar a un restaurante de lujo. Y es notable, porque resulta casi imposible convencer a una persona sola (o a solas, mejor dicho) de la bondad de algún político para que lo vote, en países como España, donde cualquier persona desconfía, de entrada, de las buenas intenciones de quien pretende sumarla a su causa. A una persona sola. Pero es muy fácil convencer a miles de personas reunidas en una concentración de un público que enardecido a veces y siempre dispuesto, mira a los políticos, oye lo que dicen o no oye nada, pero al final aplaude, grita, vocifera, y con esa actitud apoya a quien le está dirigiendo un discurso lleno de lugares comunes, palabras huecas y sobre todo, promesas que no va a cumplir, aunque esa masa enardecida no lo sepa o parezca no saberlo. La cuestión es peliaguda: entonces, ¿por qué acuden al mitin? Y lo peor, ¿por qué van a votar en las elecciones?

Quizás se trate de una jugarreta de la esperanza, que según el refrán es lo último que se pierde (en realidad lo último que se pierde es la vida, pero en fin), y cuando el pueblo está cansado ya de tanto engaño y de tanta tomadura de pelo, aparece, surgido como de la magia, algún nuevo líder que hace pensar a muchos: “ahora sí, ahora las cosas van a cambiar, Fulano no es como los demás, hay que ir a votarlo”... Porque en el fondo los pueblos son ingenuos y creen, siempre creen. ¿Cómo podrían vivir sin ninguna creencia? Y los políticos explotan ese sentimiento de ingenuidad histórica, trasmitido de generación en generación, que los lleva al poder desde donde se enriquecen y se abarrotan de privilegios y beneficios a costa de esa ingenuidad de los votantes que nunca van a escarmentar: las elecciones democráticas siempre existirán. Y siempre habrá partidos políticos. Y siempre, cuando se haya ido la última esperanza, surgirá un nuevo líder que alcanzará el poder, gracias a la bondad de los que crean en él (o en ella, aunque casi siempre será EL).

Alguien dijo que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos y sociales. Al menos aceptó que bueno no es ese sistema. Lo peor que debemos soportar es que no hay otro, pues los otros que hay y que ya conocemos son tan peores que mejor ni mencionarlos. Triste destino el de esta humanidad que no puede desembarazarse del aluvión de desvergüenza que le cae encima cuando los políticos, que son los que deciden el destino de millones de vidas, toman alguna nueva decisión... para bien del pueblo, por supuesto...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr



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lunes, 9 de febrero de 2015

LA MUERTE... AMIGA

Hoy  compré EL PAIS. Hoy es lunes y los lunes no suelo comprar ningún periódico, pero la edición de hoy, que posiblemente será igual a la de ayer e igual a la de mañana, como las ediciones de todos los periódicos, traía consigo por sólo €1.95 la novela Un extraño en mi tumba, de Margaret Millar, y a mí me encantan las novelas negras: sentarme en la poltrona a degustar una de esas novelas es un placer sólo comparable al chocolate o al arroz, y no cito otros placeres por no ponerme a describir intimidades que a nadie interesan. No conocía a la autora, pero al llegar a casa y hojear el susodicho me entero de que la aludida era la esposa de nada menos que Ross MacDonald, que a su vez era el pseudónimo de Kenneth Millar, de donde ella tomó su apellido y etc. Sorpresa.
Por eso me gustan los libros (y por otras cosas, claro), porque siempre me están dando sorpresas, a veces agradables, otras informativas, y las menos desagradables, como enterarme de que un autor de grandes obras fue o es un gran hijo de puta del que no vale la pena ni citar su nombre. Cosas de la literatura. Y de la vida. Por eso, pues, mejor la ignorancia, que a veces no es tan negativa como su fama.
Ya me hago bocaguas pensando en los ratos que voy a pasar leyendo esta novela que según había leido en la propa del periódico, está para coger el libro y no soltarlo hasta que ardan los ojos y las nalgas estén al rojo fuego. También es cosa rara yo comprando un libro, cuando siempre uso los de la circulante, sólo que para leer los estrenos hay que esperar un semestre o hasta un año, pero total, si me muero, ¡cuántos libros voy a no leer! Pues como saben quienes lo saben, no creo ni en mi sombra cuando el sol está gracioso. Otra historieta para vips que no pienso contar en este momento. 
En este momento lo que me llega volando como una torcaza que busca un árbol para instalar su nido es mirar la portada del susodicho, en la que se ve una mujer de espaldas mirando una porción de tumbas a ras del suelo en algún cementerio, supongo que de EEUU, pues allí no existe el estúpido afán de perpetuidad ostentosa como en otros países donde las tumbas parecen mansiones de descanso de familias pudientes. Mirando esa portada me acuerdo de que existe la muerte, de la que los mexicanos tan bien se burlan y por eso los sorprende la pelona cantando rancheras o sacando sus pistolas (los hombres) en una cantina o enseñoreándose con altivez (las mujeres) a quienes parece no importarles que un día terminarán sus estancias en la superficie, como les sucede a todos los mortales, que son todos los habitantes de La Tierra, pues hasta ahora, que yo sepa, ninguno ha sobrevivido creando la nueva figura del mortal inmortal.
Hay un libro cuyo autor no recuerdo ahora, publicado hace varias décadas, con el curioso título de Siempre la muerte, su paso breve, que me pone a pensar que gracias a eso, a su paso breve, podemos soportar la llegada de la guadaña para entrar en el túnel que dicen que se ve cuando uno liquida su itinerario, con una luz blanca que más parece invento de quienes creen más en la inmortalidad de las cucarachas que en una visión real pasado el tiempo de tic tac del corazón y cerrando los ojos para no volver a abrirlos, lo que sin dudas tiene su ventaja, pues así no ve la estupidez ni el horror que rodea cualquier par de ojos en esta superficie planetaria tan mal configurada.
Pero en fin, para qué más, si con lo que tenemos ya tenemos para deleitarnos pensando en la muerte y en sus consecuencias, que siempre serán, como dijo Thomas Mann en La montaña mágica, "un asunto más de quienes nos sobreviven que de nosotros mismos". ¿O no?

Augusto Lázaro

@augustodelatorr
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domingo, 1 de febrero de 2015

EL LUGAR PROPICIO

Trabaja como auxiliar de hostelería, una buena manera de agenciarme algunos comestibles de vez en cuando, ya que los ricos dicen que el ahorro es la clave del capital, y en eso ella es muy diligente: cuando nos encontramos siempre se aparece con un paquetico de algo que sirve para saciar el apetito, y gracias a eso, que la vida está cara y hay que llegar no a fin de mes sino al mes entrante y hasta al saliente. Yo, como somos tan distintos, no puedo reciprocar sus obsequiosos detalles pues trabajo con pantallas, papeles, libros, periódicos, y algunas otras intrascendencias que como dice ella, con su buen criterio, "no te dan ni para invitarme a un chocolate con churros" y es verdad. Mucha verdad. Encarni, ya lo dije: encantadora, con discusiones y todo lo demás, que para eso estamos de pareja oficial aunque no bajo el mismo techo, que es lo más saludable y en lo que tanto ella como yo estuvimos plenamente de acuerdo desde el primer día del aguacero en la terminal con mi paraguas de 16 varillas y lo otro.
--Monona, se me han subido los deseos de... ya sabes.
--Sí, ya sé: de ir a manosearnos un rato a algún lugar propicio.
--Me conoces mejor que yo mismo, nené. Lo malo es que por aquí cerca no hay ningún lugar propicio.
--Se ve que no conoces tu ciudad.
--Ah, seguro que tú conoces alguno.
--Conozco varios, pero el que nos queda más cerca es...
--No lo digas, déjame adivinar.
--No perdamos el tiempo, querido, no vas a adivinar ni hostias. Mira, vamos, te voy a enseñar dónde podemos hacer lo que nos dé la gana ahora mismo, sin esperar a la llegada de la oscuridad, como hacemos siempre.
El lugar era nada menos que la tienda Hipercor. La muy cabrona se las sabía todas. Nada, entramos, fuimos al departamento femenino, ella tomó varias prendas de ropa interior, y los dos nos metimos en un probador, que por suerte (ella lo sabía) tenía un cerrojo por dentro. Y así la mañana resultó más calmadora, pues cuando los deseos coincidían, ninguno de los dos dejaba pasar el momento, no fuera que después surgiera alguna discusión bizantina (léase estúpida) y se enfriara el calentón a la velocidad de la luz.
Y así matábamos el tiempo cuando estábamos juntos. Cuando estábamos cada cual en su trabajo, a veces nos llamábamos por teléfono para armar una discusión distinta a las personales, y éstas (las telefónicas) eran de anjá: gastando dinero sin ninguna utilidad. Además de los correos electrónicos y toda esa bobería.
--¿Por qué no te conectas al whatsapp? Así podríamos hablar más y gastaríamos menos.
--Encanto, parece que tú crees que yo sólo tengo que conversar y estar contigo. Te olvidas que trabajo, ¿entiendes lo que es eso?
--Como si yo estuviera de vaga pidiendo limosna a la entrada de la terminal. Tienes cada cosa...
--Y tú tienes cada arranque que... mejor lo dejamos ahí.
--¿Ahí?
--Sí, ahí mismo, ahí mismitico, nenúfar, que el tiempo es oro y lo estamos dilapidando, si es que sabes lo que eso significa.
--Tú parece que me crees tonta de nacimiento.
--Bueno, de nacimiento no tanto, pero ya de adulta...
Y ¡zas!, si no me aparto me coge un manotazo en la chola, pero enseguida nos echamos a reír y a darle a las piernas, porque no sólo de darle a la sinhueso vive una pareja. ¿O sí?

Augusto Lázaro

@augustodelatorr
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