domingo, 1 de febrero de 2015

EL LUGAR PROPICIO

Trabaja como auxiliar de hostelería, una buena manera de agenciarme algunos comestibles de vez en cuando, ya que los ricos dicen que el ahorro es la clave del capital, y en eso ella es muy diligente: cuando nos encontramos siempre se aparece con un paquetico de algo que sirve para saciar el apetito, y gracias a eso, que la vida está cara y hay que llegar no a fin de mes sino al mes entrante y hasta al saliente. Yo, como somos tan distintos, no puedo reciprocar sus obsequiosos detalles pues trabajo con pantallas, papeles, libros, periódicos, y algunas otras intrascendencias que como dice ella, con su buen criterio, "no te dan ni para invitarme a un chocolate con churros" y es verdad. Mucha verdad. Encarni, ya lo dije: encantadora, con discusiones y todo lo demás, que para eso estamos de pareja oficial aunque no bajo el mismo techo, que es lo más saludable y en lo que tanto ella como yo estuvimos plenamente de acuerdo desde el primer día del aguacero en la terminal con mi paraguas de 16 varillas y lo otro.
--Monona, se me han subido los deseos de... ya sabes.
--Sí, ya sé: de ir a manosearnos un rato a algún lugar propicio.
--Me conoces mejor que yo mismo, nené. Lo malo es que por aquí cerca no hay ningún lugar propicio.
--Se ve que no conoces tu ciudad.
--Ah, seguro que tú conoces alguno.
--Conozco varios, pero el que nos queda más cerca es...
--No lo digas, déjame adivinar.
--No perdamos el tiempo, querido, no vas a adivinar ni hostias. Mira, vamos, te voy a enseñar dónde podemos hacer lo que nos dé la gana ahora mismo, sin esperar a la llegada de la oscuridad, como hacemos siempre.
El lugar era nada menos que la tienda Hipercor. La muy cabrona se las sabía todas. Nada, entramos, fuimos al departamento femenino, ella tomó varias prendas de ropa interior, y los dos nos metimos en un probador, que por suerte (ella lo sabía) tenía un cerrojo por dentro. Y así la mañana resultó más calmadora, pues cuando los deseos coincidían, ninguno de los dos dejaba pasar el momento, no fuera que después surgiera alguna discusión bizantina (léase estúpida) y se enfriara el calentón a la velocidad de la luz.
Y así matábamos el tiempo cuando estábamos juntos. Cuando estábamos cada cual en su trabajo, a veces nos llamábamos por teléfono para armar una discusión distinta a las personales, y éstas (las telefónicas) eran de anjá: gastando dinero sin ninguna utilidad. Además de los correos electrónicos y toda esa bobería.
--¿Por qué no te conectas al whatsapp? Así podríamos hablar más y gastaríamos menos.
--Encanto, parece que tú crees que yo sólo tengo que conversar y estar contigo. Te olvidas que trabajo, ¿entiendes lo que es eso?
--Como si yo estuviera de vaga pidiendo limosna a la entrada de la terminal. Tienes cada cosa...
--Y tú tienes cada arranque que... mejor lo dejamos ahí.
--¿Ahí?
--Sí, ahí mismo, ahí mismitico, nenúfar, que el tiempo es oro y lo estamos dilapidando, si es que sabes lo que eso significa.
--Tú parece que me crees tonta de nacimiento.
--Bueno, de nacimiento no tanto, pero ya de adulta...
Y ¡zas!, si no me aparto me coge un manotazo en la chola, pero enseguida nos echamos a reír y a darle a las piernas, porque no sólo de darle a la sinhueso vive una pareja. ¿O sí?

Augusto Lázaro

@augustodelatorr
www.facebook.com/augusto.delatorrecasas
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