domingo, 29 de diciembre de 2013

AÑO NUEVO


Ahora que el año nuevo está ahí al doblar, les cuento una experiencia que tuve hace

unos años, cuando todavía no estábamos con la lengua afuera y pidiendo un milagro a

Santa Tecla...



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No digo yo. Si todo me ha salido de rechupete. Mejor únicamente en sueños. Miren

si no: Macarena había quedado conmigo en pasar la Nochevieja juntitos y solitos, en

algún lugar propicio, y a las doce ver la tele y atragantarnos con las doce uvas de

rigor, y después, alfón silos, amor, digo, al fin solos, la noche es nuestra, la cama ni

decirte, la jodedera hasta que salga el sol... Estupendísimo. Pero... a última hora,

que no sé a qué hora fue, me llama la Maca  y me da la doble y tenebrosa

mala noticia de que su abuelita había estirado la patica después de una larga y

penosa enfermedad, lugar común sustituto del cáncer del páncreas o del pulmón

izquierdo o de cualquier otro rincón del cuerpo, ¡ay, cariño!, no sabes

cuánto lo siento (claro que lo sé, no soy bobo de nacimiento), lo ilusionada que yo

estaba (¿y yo no?), si tú supieras las cosas que me había imaginado (yo

no, yo estaba pensando por dónde le entra el agua al coco, bonita), pero la vida es así

y... y claro que la vida es así, y la casualidad, la fatalidad, la suerte perra, siempre

me caen encima cuando ya ni me acuerdo de las muy cabronas. Cuestión, que de

pasar la Nochevieja y esperar el año nuevo y lo demás juntitos y solitos, ñiringa de

pato, nené. Y a esas alturas, ya pueden figurarse el cabreo, la frustración, los malos

pensamientos que afluyeron a mi mente calenturienta, las maldiciones que eché al

aire al no tener a quién echárselas de cuerpo presente y... y como era de esperar,

como dicen que las desgracias nunca vienen solas, allá va eso: aburrido como un

perro sin dueño en la calle a 2 grados, y mi coinquilino de viaje, en su tierra, con su

familia, dichoso él (o quizás no,  pero la compañía siempre alivia un 31), o sea, solo

como un latón de basura desbordado, en silencio y en casa. ¡Ahhh! Pero me dije:

pues nada, a pasarlo lo mejor posible mirando las modelos de la programación de

la tele, que a pesar del friecito salen en paños tan menores que no sé cómo no tiritan,

¡brrr!. Eso. Bueno, al menos a refrescarme los deseos con el relevo australiano y a viaje lo

demás. Pues sí señor. Pero como les decía, que las desgracias... ya se sabe, cuando

enciendo el televisor, ¿qué veo, santísimo sacramento? La antena del edificio chunga,

porque sólo se ven imágenes distorsionadas y a esta hora ¿quién localiza al antenista? No

te atortojes, muchacho, que el infarto está esperando... Memorias, cartas, fotos, música...

Y a dormir mientras sonaban campanadas, voladores, cohetes, petardos, gritos

humanos y ladridos de perros. Se acabó. Y el mentecato ese que predijo que iba a

detener el reloj de la Puerta del Sol a las 12 debe tener la lengua en el tercer ojo. Lo

que me da por pensar a esta hora de la ya madrugada y en esta circunstancia, me

acuerdo que pensé. Pero a lo que vamos, Mamerto, que eso no podía ser todo, no.

Antes de acostarme se me cayó el pomito de colonia barata que uso y que siempre

me echo en las axilas para dormir fresco y oloroso, aunque duerma más solo que un

camello perdido en el Gobi. Pues el pomito se hizo añicos, y con la recogida de

los pedacitos me corté un dedo, el pulgar de la mano izquierda, y a echar sangre,

que yo cuando me corto dejo escapar sangre media hora. Ja. Increíble, ¿no? Bien,

después de acostado las últimas noticias mundiales, todas horripilantes a pesar del

año nuevo que lo que promete mete miedo, terror y espanto. Ni una sola buena.

Noticias, digo. Hasta que Morfeo se apiadó de mi angustia. Sin dudas brillante

despedida del 2006... Ah, pero lo peor estaba por llegar: por la mañana, al salir de

la cama después de un mal sueño como era de esperar, y entrar en el baño, voy a

pasarle un pañito al espejo y un astillado me cortó el dorso de la mano derecha,

como para completar. Y otra vez la sangre, hasta que me cansé de apretarme con

un pañito a ver si contenía la salida y ay, al salir del baño tropecé con la puerta del

ídem, y al entrar en mi habitación tropecé con la puerta de la misma (dos

en uno, si hubiera sido un perro sólo hubiera tenido un tropezón, pero sólo soy un

pobre mortal idiotizado por la propaganda y los anuncios que ya no sabe ni dónde

poner sus pies). Y ahí no acaba la cumbancha, qué va. Al prepararme el jodido y

frío desayuno (siempre tomo la leche fría, desde niño) me derramé el chocolate en

el jersey de dormir, y como colofón me di un golpetazo en la chola con la puerta,

que siempre se me olvida cerrar, del mueble que uso como despensa, a falta de

una propia para el caso. Tres puertas, tres golpes. Y se me queda que al volver a salir

del hábitat por poco me rompo la rótula con el sillón plegable de madera dura, el

sillón donde me siento durante largas horas a leer los libros de la biblioteca

circulante, los periódicos gratuitos, los suplementos que recojo en casa de Javier,  las

revistas que me da don Paco, o los diarios que me agencio del quiosco que está en

Campotejar, cuando la quiosquera, tan lela ella, se entretiene conversando sobre la

última bronca que pasaron por la tele entre un par de guaricandillas que se ganan

la vida divulgando indecencias ajenas y propias, además de algunos sueltos que me

caen de flai, y a oír la música de emisoras como Onda Melodía que no habla de política

ni de fútbol, y todo eso en la santa paz de mi espacio cerrado, en la maravilla del

silencio y el esplendor de la soledad reconfortables ambos en mis ratos de intimidad

privada o viceversa. Y qué suerte, me diría Juan Beltrán, que no te cortaste cuando

te afeitabas, ¿eh? Jodedor este Juan, sí señor. Pues eso, baby, que este primer día

del año la verdad que ha sido un acontecimiento. No me puedo quejar. Hay quien

no ha podido atragantarse con las 12 uvitas. A ver si para esta noche ya está bien

la antena, que estoy cansado de leer a Martin Amis y de escribir boberías en el IBM,

que no sé ni qué carajo voy a hacer, porque de calle ni pensarlo, que días como

hoy los carteristas toman las calles revolucionariamente. No. Pues nada, hijo, feliz

año nuevo y ánimo, que todavía estamos vivos. Si los 364 restantes son como éste,

mejor apaga y lárgate, chaval. Y de contra, Macarena no me dio un puñetero timbrazo

para decirme, al menos, que cuando le den cristiana sepultura a su abuelita, pues

vamos, quizás podamos vernos y estar un ratico solos y sin compañía, aunque no

sea 31 de diciembre ni haya uvas para atragantarnos ni campanadas en la Puerta del

Sol ni una mierda de brindis ni... Hombre.



Augusto Lázaro


@augustodelatorr