domingo, 15 de septiembre de 2013

LOS AMIGOS, ¡AY!

En el edificio donde vivo hay de todo, como en la viña del Señor. O “como en botica”, refrán tomado de EL TESORO DE LA JUVENTUD, enciclopedia que tenía mi padre y donde según él mismo adquirió su “sabiduría”, propia de tantas lecturas y consultas y sobre todo, de su edad, porque su refrán favorito era “más sabe el Diablo por viejo que por diablo”. Pues eso, en mi edificio puede encontrarse cualquier tipo de persona. Y hace unos días mi vecino Conrado, que vive plácidamente con su esposa Isabel formando una pareja envidiable, me decía: “la convivencia es difícil, muy difícil”, y por venir de quien venía llevaba implícita una tonelada de razón.

Y es que en este puñetero mundo no hay dos personas iguales, no físicamente, sino en su totalidad: dos personas nunca piensan, sienten, hablan, actúan de manera igual, ni siquiera parecida. Sobre todo en lo que respecta a la manera de pensar y razonar sobre cualquier asunto, y eso se ve hasta en los amigos más íntimos y que mejor se llevan, que tienen discusiones cuando no están de acuerdo con algo que el otro (siempre “el otro”) ha dicho o hecho. Pero cuando la amistad es sincera (muchas veces no lo es) y se tiene esa varita mágica para conservar amistades (y amores) que es la tolerancia, los problemas se resuelven discutiéndolos civilizadamente, pues hace rato salimos de las cuevas y nos quitamos los taparrabos, aunque hay muchísimos que todavía parecen cavernícolas. Y lo peor, que algunos de ésos tienen mucho  poder.

Alguien dijo una vez, con mucha ciencia, que “nada hace más daño que un necio con poder”, sobre todo si el necio pretende “salvar” el mundo, afán muy de dictadores de todas las ideologías. Y ese afán de “salvar”, reducido a niveles más modestos, se ve en ese tipo de amigos que siempre nos están “enseñando” cómo debemos vivir, actuar, hacer y pensar. Y hasta decir en muchas ocasiones. Son amigos (aparentemente) que pretenden, porque te quieren, hacerte un bien, y te sueltan un sermón donde enumeran una serie de puntos que entienden que tú haces mal o que debes rectificar, porque tu vida se está convirtiendo en una nave sin rumbo. Verdaderos profetas que en nombre de la amistad y el cariño que dicen tenerte actúan como aquel que empedró los caminos del infierno justificándolo con sus buenos deseos de ayudar. Como dijo John, el de la peli: “con estos amigos no necesitas enemigos”.

Conozco a uno de esos “amigos sinceros” que han convertido la relación que tienen con otros en un verdadero “magisterio” de enseñanzas, observaciones, sugerencias y consejos, dejando para otras oportunidades conversar como realmente conversan dos amigos y no como un profesor con su alumno “descarriado” al que hay que indicar y hacer ver el buen camino. Pero el peligro de una relación con uno de estos amigos (que si los tienes, como dice John, no necesitas tener enemigos) aparece cuando las críticas de ese amigo pasan a la ofensa gratuita y a endilgarte epítetos inaceptables como “tú lo que estás es perdiendo tu tiempo, comiendo mierda, de una guanajería (gilipollez)
en otra, y...” etc. Entonces, ¿vale la pena mantener esa amistad?

Parece muy difícil lo que tan fácil sería para la buena relación amistosa: ¿por qué no dejar que “el otro” viva como desea, si nos ha dicho que así como vive se siente muy bien y es feliz? ¿Es que nos creemos perfectos, infalibles, nonplusultras para decirle a los demás cómo tienen que vivir?

Augusto Lázaro



@augustodelatorr

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