viernes, 9 de agosto de 2013

HACER REIR, PERO LLORAR

La risa y el llanto son como el placer y el dolor: a veces marchan juntas, a veces una llama a la otra, a veces se ríe y se llora al mismo tiempo. Hay quienes siempre ríen y hay quienes siempre lloran. Me gustan las personas que saben reír y también saben llorar. La risa es un buen remedio para casi todos los males: quien sabe reír sabe resolver sus problemas, porque al mundo y a ellos no se les puede dar mucha importancia. Todos tenemos problemas, pero todos no sabemos reírnos de ellos y de nosotros mismos. El siguiente poema de Juan de Dios Peza revela cómo alguien que hace reír a millones es incapaz de reírse cuando deja de hacer reír a los demás. Y sin tener, según se muestra, ningún problema. Si se lee el cuento LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ se compenderá por qué Garrik, el mágico cómico que hizo reír a Inglaterra, no encontraba nada que lo hiciera reír: le faltaba esa camisa para ser feliz... no necesitaba nada más. Pero no la encontró...
REÍR LLORANDO
Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirle le decía:
«Eres el más gracioso de la tierra
y el más feliz...»
Y el cómico reía.
Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.
Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro —dijo— un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.
»Nada me causa encanto ni atractivo,
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo
y es mi única ilusión la de la muerte».
—Viajad y os distraeréis.
— ¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad.
—¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer.
—¡Si soy amado!
—¡Un título adquirid!
—¡Noble he nacido!
—¿Pobre seréis quizá?
—Tengo riquezas
—¿De lisonjas gustáis?
—¡Tantas escucho!
—¿Que tenéis de familia?
—Mis tristezas
—¿Vais a los cementerios?
—Mucho... mucho...
—¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?
—Sí, mas no dejo que me impongan yugos.
Yo les llamo a los muertos mis amigos
y les llamo a los vivos mis verdugos.
—Me deja —agrega el médico— perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.
—¿A Garrik?
—Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa,
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.
—¿Y a mí me hará reír?
—¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta?
—Así —dijo el enfermo— no me curo:
¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.

Augusto Lázaro

@augustodelatorr