domingo, 9 de junio de 2013

TEJADO DE VIDRIO

--¡Hola, Juan Cabra!

Así lo llamaban algunos porque se rumoraba que su esposa lo corneaba con unos cuantos conocidos que solían visitar el bar donde se cocían los chismes del poblado, especialmente los chismes relacionados con las parejas por aquello de “pueblo chiquito infierno grande”. Pero quien más lo choteaba con ese nombrete era don Abundio Vargas, un terrateniente altanero y presumidor que comentaba con los asiduos que a él ninguna mujer sería capaz de pegarle los cuernos...

Cuando don Abundio le soltaba el apodo delante de algunos parroquianos, Juan callaba y se sumía en sus pensamientos, murmurándose: “¡Juan Cabra, eh? Pobres diablos estos, ya verán”...

--Coño, Juan Cabra, no se te ve. ¿Qué, ya no vas por el bar?

Y en efecto, Juan, quizás obstinado con el nombrecito, había espaciado sus visitas al bar donde se reunían casi todos los vecinos varones a beber cerveza, charlar, hablar de fútbol o de mujeres, y a pasar el tiempo esperando que la situación mejorara, que por cierto, estaba como para salir corriendo.

Pero una mañana llegó Juan al bar con la cara radiante y dijo en alta voz, sin dirigirse a nadie y a todos a la vez:

--Eso de Juan Cabra se acabó. A partir de hoy don Abundio no me lo dice más.

La expectación que provocó tamaña afirmación silenció las voces de quienes ya se encontraban en el bar hasta el punto en que se oían las moscas volando alrededor del mostrador con sus restos de bebidas y tapas.

--¿Y por qué, Juan, qué te hace pensar eso de don Abundio?

--Cuando llegue se enterarán.

Todos se miraron y murmuraron algo que Juan no alcanzó a oír, pero se unió a la claque y pidió su acostumbrado tinto que comenzó a saborear sonriéndose.
Y llegó don Abundio. Y lo primero que hizo al notar la presencia del “pobre cornudo” fue lanzarle su habitual saludo:

--¡Juan Cabra! –su ronca voz resonó en el desacostumbrado silencio. Pero no por mucho tiempo se oyó el revuelo de las moscas. Juan puso su vaso encima de la mesa donde estaba, miró al jodedor, se puso en pie, y le soltó como una sentencia de muerte de un juez a un condenado:

--¿Juan Cabra dice usted? Pues dígame una cosa, don Abundio: ¿conoce usted al arriero Juanjo el flaco?

Don Abundio se quedó tieso, extrañándose de la pregunta.

--Pues... pues no, Juan... no lo conozco. ¿Quién es ése?

--Ese es uno del otro lado del encinal, que viene por las noches a dar su vueltecita...

--¿Y por qué me preguntas si yo lo conozco?

--Porque debería conocerlo, don Abundio. Ese hombre es el que se está acostando con su mujer todas las noches mientras usted está aquí dándose tragos y diciéndome Juan Cabra...

Augusto Lázaro



@augustodelatorr