domingo, 21 de abril de 2013

EL ILUSO DIOGENES


Dicen (aunque yo lo pongo en duda) que Diógenes (el cínico, no confundirlo con Laercio que es otro personaje) tiró su linterna en un contenedor, hastiado de buscar un hombre que reuniera las 3 virtudes que según el filósofo de la antigüedad resucitado por la magia de la imaginación constituyen la clave para ser considerado un HOMBRE: decencia, honestidad y honradez, y regresó a su tonel, retomando su estilo de vida de vivir sin bienes materiales que no fueran su taparrabos y su manta que lo cubría del frío varios meses cada año. Comprendo que el viejo estuviera cansado y decepcionado, pero me pregunto si es que este inolvidable y curioso histórico estaría buscando ese HOMBRE aquí en este bello país, porque los díceres no aclaran en qué zona del planeta se encuentra, después de su llegada del pasado para seguir con su intento que no le dio resultados fructíferos en aquella antigua edad en la que Alejandro de Macedonia conquistaba medio mundo

Buscar un HOMBRE según la definición del hombre que no guardaba nada junto a sí -aunque muchísimos paisanos aplican el calificativo de “síndrome de Diógenes” a quien almacena desperdicios, basuras y objetos inútiles, o sea, lo contrario al personaje del tonel-, es tarea harto dura y decepcionante, a juzgar por la que está cayendo que nos coloca en una posición de desesperanza general, ya que un HOMBRE hoy en día es algo tan difícil como ver un chino pidiendo limosna en nuestras calles. Por cierto, ¿han notado que no hay un solo chino pidiendo limosnas? ¿Por qué será, eh? ¡Ah! Quizás el mismo Diógenes pudiera dar con la clave del asunto. Pero en fin, a lo que voy: el HOMBRE escasea, es mucha verdad, y si lo buscas en ciertos lugares como las instituciones donde habitan los políticos, ¡Dios te ampare, hijo mío! Ahí, seguro, no vas a encontrar ninguno.

Y quizás fue esa mala elección la que llevó a nuestro personaje a tan desastroso desengaño. ¿Cómo va a encontrar un HOMBRE donde sólo hay malandrines que carecen de esas 3 virtudes que tanto admiraba el Diógenes impenitente: decencia, honestidad y honradez? Porque aquí el truco está en eso, en zafarle el cuerpo a las virtudes y enredarse con un modo de vida fácil, fácilmente hallable en este pobre país nuestro que está incubando cada día más prolijamente a toda esa caterva de cantamañanas que se pegan a la mamandurria como sanguijuelas a piel de sangría, y cuesta Dios y ayuda intentar despegarlos. Intentar solamente, porque lograrlo, ya es cosa de esperar que El Tato recite de memoria la letra de La Traviata en italiano.

Y así estamos. Y así seguiremos mientras no haya una limpieza total en la masa de dirigentes políticos, institucionales y estatales que mantienen con descarada impunidad a cuanto maleante roba el dinero público para enriquecerse a tope, y alguna que otra vez le hacen un paripé de juicio amañadito, de una publicidad contratadita, y de un escandalito callejero y periodístico de poca monta, para al fin de la tormentita quedar libre y pasearse por las calles (como si fuera ese HOMBRE que buscaba Diógenes, decente, honesto y honrado), admirado por algunos, respetado por muchos, y absuelto por sus cúmbilas magistrados que también son salpicados con alguna cifra de varios dígitos por su impecable, justa e impoluta justicia. Aclaro que al decir HOMBRE (como seguramente decía Diógenes), incluyo a las mujeres, que últimamente también están en la pachanga de la corrupción y la impunidad por ser quienes son. ¡Ay, España, cómo me estás doliendo!...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr