domingo, 4 de enero de 2015

ENCARNI EN MI TIEMPO

Comenzaron las citas y comenzaron los retrasos. Como las películas de la TV que nunca comienzan a la hora en que están programadas. Yo creo que a ella le gusta esa jodedera de tenerme esperando en cada cita. Ah, pero un día me da por devolverle el favor y me aparezco 15 minutos después de la hora, sólo 15 minutos, y... ¿qué me encuentro? Claro, no me acordé de lo que podía encontrarme: ella no había llegado, o sea, que no se enteró de que yo había llegado tarde. Tuve que reírme y algunos viajeros (nuestras citas casi siempre eran en la estación del Sur, pues ella vive cerca, dice que le gusta el ruido de los trenes cuando pasan, que es cada pocos minutos, pero para gustos...) me miraron posiblemente pensando que cada día hay más locos sueltos en la calle, y en fin, siempre en fin.
--Hola, querido (nos besamos, menos mal que le importa un pitoflauta que nos vean en esas manifestaciones públicas de cariño).
--Te falta algo.
--¿Qué? ¿Que me falta algo? ¿Algo de qué?
--Se te olvidó preguntarme ¿hace mucho que me esperas?
--Tú siempre con los detalles que no tienen sustancia.
--¿Y cuáles son los que según tú tienen sustancia?
--Bueno... pues... oye, ¿a qué viene todo este rollo?
--Olvídalo, tienes razón, no tiene sustancia.
--Muy bien (pausa para aliviar su sofocación, siempre corriendo y siempre sofocada). Tengo un hambre feroz. ¿Vamos a comer?
--Pues sí, porque yo tengo un hambre que parecen dos.
Esto me suena a mi padre, que siempre decía “hace un calor que parecen dos”, pero como ella no conoció a mi padre, supongo que no me lanzará ningún refrán propio, porque tampoco es muy aficionada a pasarse más de 3 minutos leyendo algún papel impreso. Entramos en la cafetería de la terminal, amplia, ventilada, y siempre con mesas disponibles, además de la barra, y en ultima instancia la verticalidad, que tanta sentadera no es buena para la próstata, me lo dijo mi médico del ambulatorio, para ella no sé si será también perjudicial, aunque en eso ella no tiene problemas, pues no está sentada mucho rato en la misma posición. Nerviosa que es, eso es. Pedimos a la camarera de turno, nos da una varita con un número y nos dice que nos sentemos -como si viniéramos de la Cochinchina y no supiéramos que tenemos que sentarnos para comer tranquilos y disfrutar de la suculenta-, que nos llevará el pedido y muchas gracias al cobrar y eso, porque hay que pagar por adelantado, si no nos gusta la comida nos devuelven las gracias por la visita y ya, de dinero nada y ¿para qué vas a armar un follón? A mí al menos nunca me ha sucedido que no me guste la comida y mucho menos que se me ocurra la peregrina idea, en caso de que no me gustara, de ir a reclamar a la mozuela que me tomó la orden.
--Me gustaría ir a ver esa tienda electrónica que abrieron en la Plaza.
¿Qué te parece? –se me queda mirando, en espera de mi respuesta afirmativa, como siempre.
--No me digas que piensas comprarte una tableta.
--No, una tableta de chocolate sí me voy... o nos vamos a comprar después que salgamos de la tienda, eso sí.
--Dos señalamientos, querida: eso de “nos vamos”, ¿cómo sabes que yo también estoy deseoso de comer chocolate ahora?, y ¿por qué estás tan segura de que vamos a esa tienda nueva de electrónica en la Plaza? Porque yo no te he dicho ni sí ni no.
--Pues si no quieres ir... tendré que ir yo sola. Y si no quieres chocolate, me comeré mi tableta y la tuya, y entonces engordaré un poquito y tendré que aguantar tus reprimendas y que me digas Encarni Golosita y toda esa bobería...
Y como dijo el bardo, "así pasan las Encarnis de este mundo" para regocijo de quienes como yo disfrutan de su compañía. Descontado que fuimos a ver esa tienda de electrónicos y después nos comimos dos tabletas de chocolate. Ya lo dijo Ramón Grau San Martín: "las mujeres mandan...". Pues eso, claro...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr
http://elcuiclo.blogspot.com.es


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