domingo, 27 de enero de 2013

ENTONCES EL INVIERNO...


I
Prefiero el invierno. En invierno camino y camino y camino sin cansarme. Y me gusta caminar. Tengo más apetito. Duermo como un fauno con música agreste. Disfruto envolviéndome en una manta para sentirme protegido del frío. Todo lo hago con destreza y siempre siento deseos de hacer algo. Y no sudo. Lo único que no me gusta del invierno es que en las calles sólo puedo verles las cabezas y los rostros a las muchachas en flor que describiera Proust. Porque todas van forraditas y apuradas. Entonces recuerdo los versos de Rubén Darío de su poema Invernal: "el invierno es galeoto / porque en las noches frígidas / Paolo besa a Francesca / en la boca encendida". Y mientras aparecen en mi mente los inviernos vividos llenos de ilusión, cuando era apenas un niño que esperaba la llegada de los reyes magos con los juguetes solicitados en una inocente cartica, siento deseos de ser niño otra vez. Pero ahora sólo puedo esperar a la nieve para verla caer mientras sueño despierto...
II
En los árboles del patio de la basílica de San Francisco El Grande no queda una hoja verde. Las tórtolas han emigrado y ya no se oyen sus murmullos ni se ven sus vuelos rápidos entre las ramas y en los alrededores de las cúpulas cuando las campanas dan los cuartos de hora. Pero las palomas y los gorriones no le temen al frío: siempre buscan pedacitos de cualquier cosa comestible en el corredor donde algunos residentes les tiran pedacitos de pan que provocan un fuerte aleteo entre esas aves, entonces se ven ambas especies juntas picoteando sin ocuparse de sus rencillas naturales en momentos de calma. Palomas y gorriones saltan, vuelan y se posan en las ramas secas a esperar la noche con sus buches llenos, mientras en los alrededores el silencio comienza a apoderarse de los edificios y de sus habitantes...
III
Pero el invierno no sólo es frío, lluvia o nieve, y ventarrones tan molestos que casi suenan en las mejillas como bofetadas que queman la piel. El invierno es también la nostalgia. Inevitable, al menos para mí, asociar esta época del año con mi tiempo de niño, ilusionado con las fiestas navideñas, la despedida del año que transcurría quizás igual que años anteriores, pero que yo siempre veía con ánimos para recibir al que nacía la última noche a las doce, hora que nunca la pasé dormido, porque mis padres y yo siempre esperábamos el nuevo año despiertos, pensando que el que comenzaba nos traería mejores perspectivas de salud, bienestar y si acaso un empuje económico que no nos vendría nada mal. Invierno y nostalgia, añoranza, recuerdos tan hermosos que a veces me parece que no es verdad que todo aquello haya pasado tan repentinamente que casi no me he dado cuenta. Y que casi me parece vivir otra vez, sonriendo inocente, ignorando la verdad del mundo al que me enfrentaría unos años después, en plena adolescencia...

Augusto Lázaro

http://elcuiclo.blogspot.com.es

domingo, 20 de enero de 2013

LA DICHOSA PLANILLA


viernes 4 de junio
Rosita sacó una planilla de la gaveta central de su buró y se la entregó al solicitante,
explicándole detalladamente todos los pormenores de ese documento. El joven
tomó la planilla y la leyó con cautela mientras se rascaba la cabeza. Después
procedió a llenar los espacios en blanco. Cuando terminó se la entregó a Rosita.
Entre ambos se cruzaron dos espléndidas sonrisas de verano. "Vuelva la semana que
viene, compañero", le dijo Rosita, y guardó la planilla en un fail.

sábado 5 de junio
Rosita revisó el fail donde había guardado la planilla, pero como los sábados ella
trabaja solamente hasta las doce, se dijo: "el lunes le meto mano a todo esto", y
guardó el fail en otra gaveta del buró.

lunes 7 de junio
Rosita pasó un fin de semana de mucha agitación (los niños majaderos, la plancha
que se descompuso, la limpieza general de la casa, la playa que tenía mucho
oleaje, el arroz con pollo improvisado porque la tía Eulalia se quedó a almorzar con
su sobrino, la televisión que no podía faltar) y llegó al trabajo muy cansada, y ya se
sabe que el cansancio es el padrino del olvido. Por eso Rosita, tan cansada como
estaba la pobre, se olvidó de darle entrada a la planilla y elevarla a su jefe
inmediato.

martes 8 de junio
Las tareas que el lunes le encomendaron a Rosita (más de diez asuntos de diversa
índole) ocuparon todo el tiempo que tenía la muchacha el martes y como era de
esperar, sus ocho horas de trabajo no le alcanzaron para revisar el fail donde estaba
guardada la planilla desde el viernes último.

miércoles 9 de junio
El joven de la planilla volvió por la mañana. Después de mostrar su carné de
identidad actualizado, firmar un modelito de color en la recepción, recibir un pase
para ver a Rosita, esperar su turno disciplinadamente en la antesala y sudar su
poquito, logró llegar frente al buró donde escribía la eficiente secretaria. Al verlo
frente a ella, Rosita pensó: "esta cara yo la he visto antes" y enseguida que el joven
le expuso el motivo de su presencia en tan acogedor lugar, Rosita reaccionó y le
dijo, muy amablemente: "ah, sí, ya me acuerdo, cómo no. Mire, venga dentro de
tres días. Su asunto se está tramitando. Es que... ¿sabe lo que pasa? Que tenemos
exceso de trabajo y faltan algunos empleados, ¿comprende?" El joven se molestó
un poquito, pero ante la esplendorosa sonrisa de la secre, no tuvo más remedio que
marcharse, sonriéndose también.

jueves 10 de junio
"De hoy no pasa la cosa", se prometió Rosita cuando entró en su oficina bien
temprano. Y cumpliendo su promesa le dio entrada a la planilla y la elevó a su
jefe inmediato, compañero Laffita. "¡Qué peso me he quitado de encima!", pensó
la muchacha. Laffita revisó la planilla durante una hora y diez minutos (estaba
atendiendo a un visitante y hablando por teléfono al unísono) y después de
convencerse de que no le faltaba ningún dato se la pasó a su secretaria, quien
rápidamente le estampó un precioso cuño color malva a la planilla, anotó sus
pormenores en un libro viejo, y se la devolvió a Laffita. Laffita firmó encima del
cuño y una vez más revisó la planilla, pero como ya eran más de las cinco decidió
tramitarla al día siguiente.

viernes 11 de junio
Laffita fue citado con carácter urgente para una reunión y dejó la planilla encima
del buró. La planilla recibía ahora por lo menos el aire leve de un ventilador de tres
velocidades que le llegaba desde un rincón de la oficina de Laffita y que a éste
con la prisa de la reunión se le había quedado encendido.

sábado 12 de junio
Cerca de las once y media entró Laffita en su oficina, pues a esa hora había salido
de una asamblea de servicios (celebrada en horas laborables porque estaba
atrasada y la sección sindical temía incumplir al plan de reuniones) y como era
sábado se dedicó, en la media hora que le quedaba de trabajo, a preparar los
asuntos que quedaban pendientes para el lunes, y a todos los metió en un bonito
fail azul marino, incluyendo, por supuesto, entre ellos, a la planilla postergada, y dejó
el fail encima del buró. A las doce menos cinco Lafita encendió un Popular. "Estas
asambleas lo dejan a uno echando chispas", razonó.

lunes 14 de junio
Lo primero que hizo Laffita al entrar en su oficina a las nueve de la mañana fue
revisar el fail azul marino donde había colocado el sábado los asuntos pendientes.
Cuando sus ojos tropezaron con la planilla, sin perder un segundo, como era su
característica, Laffita la tramitó (es decir: la registró en su control propio de
solicitudes con un número de orden), la pasó a su secretaria y continuó ocupándose
de los demás asuntos. La secretaria miró la planilla con benevolencia, pero como
los lunes son días de mucho ajetreo decidió elevarla al Departamento de Control
de Documentos al día siguiente, en el piso superior. "Total, de todos modos, hoy
lunes no van a hacer nada con ella", se dijo la joven.

martes 15 de junio
Durante todo el día Laffita y su secretaria participaron en un activo de planificación
del tiempo de trabajo. Ambos regresaron a la oficina ya cayendo la tarde y a esa
hora es cosa de muchachos chiquitos entregar un documento al Departamento de
Control. "Y yo sé que para ti perder el tiempo es casi un crimen", le dijo Laffita a su
secre y la invitó a tomar café en La Isabelica.

miércoles 16 de junio
El joven de la planilla pasó por la oficina por tercera vez y después del consabido
proceso de carné, modelito, turno, pase y sudor, se paró frente a Rosita, muy serio.
"¡Compañera!", dijo el joven sin decir buenos días. Rosita lo miró, se restregó
los ojos para convencerse de que era él en realidad, y le dijo: "Su asunto ya está
casi resuelto, sólo le faltan unos detallitos. Mire, vuelva el viernes, ¿eh?". Esta vez el
joven se retiró sin sonreírse, aunque eso sí, decentemente. Ese mismo día Laffita
tuvo que asistir a un encuentro de protección e higiene y su secretaria se cogió la
tarde para darse una vuelta por las tiendas de ropa. Como en toda la tarde
ninguno de los dos se apareció por la oficina, las malas lenguas, que siempre las
hay, hicieron algunos comentarios.

jueves 17 de junio
La secretaria de Laffita se encontró por la mañana en La Casa del Té con un joven
que hacía tiempo que la estaba enamorando. Muy emocionada, la muchacha
regresó a la oficina y se puso a pensar y a suspirar a discreción y recordó, una por
una, todas las cosas lindas que el joven le había susurrado en ese feliz encuentro.
Eso le impidió, naturalmente, acordarse de la planilla durante todo el resto de su
tiempo laboral.

viernes 18 de junio
Cuando el joven de la planilla se plantó frente al buró donde debía estar Rosita
le informaron que ésta se encontraba de merienda, que por favor se sentara a
esperar. El joven se sentó, haciendo muecas y moviendo las piernas. Al cabo de
cuarenta minutos Rosita entró radiante, se acercó al buró, le sonrió discretamente
y se arregló el nuevo peinado que había estrenado esa mañana. Registró unos
papeles que tenía sobre el buró y al no encontrar en ellos nada que se pareciera
a la planilla hizo una mueca de disgusto que le quedó divinamente. "Esta niña
podría presentarse en el Cabildo Teatral", pensó un señor mayor que la estaba
observando por encima de sus espejuelos. El joven, al enterarse del destino tan
incierto de su querida planilla, se alteró un poquito, dijo que hasta cuándo, que
esa era la cuarta vez que venía, y tres o cuatro cosas más no muy gratas a los
tiernos oídos de Rosita, pero se marchó después sin mayores consecuencias.

sábado 19 de junio
Laffita subió personalmente la planilla (se había enterado de las protestas del
joven por referencias telefónicas de Rosita a su secre) al Departamento de Control
de Documentos y consiguió, con su perseverancia conocida, que se la tramitaran
ipso facto, para llevársela, él mismo también, a la secretaria del sub director
interno, la despampanante Nancy María. "Así aprovecho para echarle una ojeada
de cuerpo presente y preguntarle cuándo va a salir conmigo", caviló. Después de
decirle a Laffita que en esos días no podía salir con él porque tenía exámenes en la
Facultad, la despampanante Nancy María le hizo un rápido guiño, se sonrió muy
prolongadamente, movió la cabeza de izquierda a derecha haciendo que su pelo
largo le cayera en la frente, y archivó la planilla cuidadosamente entre los docus
que tenía que entregarle a su jefe tan pronto regresara de su viaje a La Habana.

lunes 21 de junio
El sub-director interno llamó por teléfono para anunciar que mañana llegaría en el
segundo vuelo, que lo fueran a recoger al aeropuerto. A pesar de ser lunes el día
transcurrió muy tranquilo.

martes 22 de junio
Con el alboroto de la llegada de su jefe y con los cuentos que éste hacía de su
estancia en La Habana, la despampanante Nancy María se olvidó de la planilla y
de los documentos. "Mucho calor, pero la comida estuvo de primera. Mira lo que te
traje", le dijo el hombre a la muchacha, entregándole un par de areticos que eran
un primor.

miércoles 23 de junio
La planilla se pasó el día entero metida en otro fail (esta vez blanco marfil), porque
el sub-director interno estuvo cuatro horas despachando con dos auditores. Sin
embargo, mejoró, pues el aire acondicionado se podía decir que era aceptable.

jueves 24 de junio
"Estos auditores son una salación", le dijo el sub a la despampanante Nancy María,
después de despedirlos en el aeropuerto obsequiándoles, a nombre de la empresa,
con sendos bocaditos de jamón prensado y sendas cervecitas que se podían
saborear por lo frías que milagrosamente estaban. Como se sentía muy cansado, el
sub dejó la revisión de documentos para el día siguiente.

viernes 25 de junio
El sub-director interno le colocó otro cuño a la planilla, la inicialó y se la entregó a la
despampanante Nancy María para que le diera camino lo más rápido posible. La
despampanante Nancy María tomó la planilla, le imprimió el cuño de entrada de la
sub-dirección, le hizo una señal en el extremo derecho y la puso en la cajuela con
otros diez y nueve documentos que le pasaría, al día siguiente, al director general.

sábado 26 de junio
El joven de la planilla regresó a la oficina después de haber pensado que lo mejor
era no ir y cuando Rosita le dio excusas por la demora de su asunto se olvidó de la
sonrisa, de la decencia, del calor que estaba haciendo, y se destapó a rajar de
todo el mundo, comenzando por la propia muchacha, por lo que tuvieron que
ayudarlo a salir de la oficina dos empleados que trataron de calmarlo con mucha
condescendencia. "La verdad que este joven coge mucha lucha", dijo en alta voz
Rosita, y se sentó otra vez sin sonreírse.

lunes 28 de junio
Cuando el director revisó la planilla le encontró tres faltas de ortografía, una de
prosodia, varias incorrecciones de segundo orden y manchas de bolígrafo, por lo
que llamó a la despampanante Nancy María -sin mediación de su secretaria al
igual que Laffita- y le entregó la planilla para que la remitiera al Departamento de
Control de Documentos, diciéndole en alta voz que tenían que arreglarla, que
ella sabía muy bien que a él le gustaban las cosas bien hechas, etc., y en voz baja,
a ella solita, que cuándo iba a salir con él. La despampanante Nancy María le dijo
que en esos días no podía salir con él porque estaba cuidando a una tía enferma
por las noches, y le hizo un guiño, sonrió muy prolongadamente, movió la cabeza
de izquierda a derecha, haciendo que su pelo largo le cayera en la frente, y se
llevó la planilla, presurosa.

martes 29 de junio
La despampanante Nancy María llamó a Remberto, el mensajero, y le dio la planilla
rogándole que la llevara al Departamento de Control de Documentos. Se miró en
el espejito de mano -Remberto no le preguntó cuándo iba a salir con él-, arregló su
cerquillo, suspiró, y se quedó un largo rato mirando lo bien que le habían pintado las
uñas en la peluquería Vogue.

miércoles 30 de junio
Remberto el mensajero regresó con la planilla arreglada en su totalidad y se la dio a
la despampanante Nancy María, que le agradeció su gestión con una de sus
sonrisas estelares y además le regaló un caramelo que sacó de su cartera. Cuando
se fue Remberto, la joven colocó la planilla en un aparte, en su mesa. "No estoy
ahora para eso", pensó, y se puso a revisar un cancionero con el súper tope.

jueves 1 de julio
Mientras la planilla disfrutaba del aire acondicionado súper especial consola Hitachi
en la oficina del director general, éste se encontraba de recorrido por un municipio
de cuyo nombre no podía acordarse Leonor, su secretaria. "Ni idea de dónde estará
el hombre, porque salió de aquí como un volador de a peso", le dijo a alguien que
preguntó por teléfono dónde estaba el jefe.

viernes 2 de julio
El director general se sentó en su buró con unos atestados que había traído del
municipio visitado el día anterior y se pasó todo el día revisándolos. Su secretaria
terminó por calcular que "algo anda mal, porque éste nunca está tanto tiempo
revisando documentos".

sábado 3 de julio
Leonor recibió una llamada de la recepción y sin colgar se acercó al jefe: "Por
casualidad -le dijo muy bajito- ¿usted ya revisó la planilla que..." pero el hombre
le hizo una señal que quería decir deja eso para el lunes, así que Leonor tomó el
auricular y dijo que trataran de inventar alguna excusa, que el jefe estaba en otra
cosa, que Natilla Jiménez. Antes de colgar, Leonor alcanzó a oír un ruido fuerte
y seco, pero no le dio importancia.

lunes 5 de julio
El director general se quedó boquiabierto al mirar la planilla. "¡Pero... cómo!",
exclamó en alta voz. "Ven acá, Leo". La secretaria se acercó y su jefe continuó
hablando, sin levantar la vista. "Leo, esta planilla tiene treinta días de vencido,
mira. Hoy estamos a cinco de julio y fue llenada el cuatro de junio. Está lista,
ya no sirve. ¡Ah, cará!", y se la entregó para que la remitiera a recepción y le
informaran al solicitante que tenía que llenar una nueva planilla y comenzar
los trámites de nuevo, organizadamente, tal y como estaba establecido...

Augusto Lázaro
http://elcuiclo.blogspot.com.es

lunes, 14 de enero de 2013

DE MANUALES ESTAMOS


Jacinto siempre fue un hombre normal. Hasta que se compró un flamante equipo de TV sofisticado que ofrecía todas las prestaciones que pudiera imaginar el más exigente comprador. Llegó a su casa, desarmó el embalaje, extrajo su tesoro, y, como era persona precavida, tomó el manual de instrucciones y comenzó a leer, paso por paso, lo que debía hacer para instalarlo y todo lo que después podría hacer con el televisor de 30 pulgadas, pantalla de plasma, sonido estéreo, alta definición, 3D, etc. Jacinto miró el aparato y se sintió feliz...

Y comenzó a leer punto por punto el manual de instrucciones de 24 páginas en letra diminuta que Jacinto pudo completar por gozar de una vista realmente sorprendente a sus casi 55 años de vida y demás. ¡Benditos sean los manuales de instrucciones! Hay quienes los leen totalmente y siguen sus orientaciones al dedillo. Los hay que leen apenas unas cuantas cosas, las que les interesan o las que no conocen de antemano por propia experiencia. Y los hay que no leen jamás ni siquiera la portada del manual correspondiente: esos son los felices mortales que sobreviven a la manualogía. Porque cuando Jacinto comenzó a intentar acometer las aplicaciones del manual y sus ojos se encontraron con...

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Hace días fui a visitarlo al psiquiátrico, donde tuvieron que ingresarlo porque su mujer, al regresar de su trabajo, lo vio arremetiendo contra el televisor y rasgando una por una todas las 24 páginas del manual de instrucciones a la par que se arrancaba los pelos de la cabeza y daba gritos estentóreos acompañados de maldiciones inentendibles... vaya, que la sorpresa que Jacinto quería darle a su mujercita con motivo de su 25º aniversario, se la dio, pero no por el regalo de la nueva tele, sino por su ingreso inmediato como candidato a engrosar los perturbados mentales que llenaban el hospital del que yo regresé pensando en los que no leen los manuales ni los prospectos ni las instrucciones,
y se enfrentan a la incógnita de  botones, mandos, enchufes, pilas y demás que nos atosigan actualmente. Puede que se carguen aparatos y equipos, es cierto, pero... de que no se complican la vida, no puede dudarse...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


lunes, 7 de enero de 2013

LA PAREJA DEL AÑO


Clotilde Selástraga tenía un sueño en su vida: casarse con un hombre alto y original. Y vaya si lo logró. Pero no le resultó fácil: cada vez que conocía a alguno y lo trataba, se decía para sus adentros que el susodicho no estaba a la altura, pues ninguno llegaba siquiera a un metro setenta.
--¿Será que en esta mierda de pueblo no hay hombres altos? -se preguntaba ante cada nuevo desencanto, sin tener en cuenta de que sí los había, pero todos estaban casados con mujeres que no podían, por supuesto, compararse con ella y con sus múltiples atributos.
Una mañana, mirándose al espejo, al notar varias patas de gallina debajo de sus ojos, la Cloti decidió, en un momento de lucidez, que si no aparecía el hombre de sus sueños, al menos tenía que aparecer un hombre que quisiera desposarse con ella, eso sí, que tuviera algo original. Y así fue como encontró a su actual pareja: Onésimo Bustamante.
Onésimo era un campesino fuerte, hecho del trabajo, que había llegado al pueblo hacía unas semanas, causando cierta admiración entre las solteras por su porte fornido y varonil. Se mantenía disponible, porque decía que no había encontrado a la mujer que lo hiciera feliz, pues estaba cansado hasta el sopor de las mismas caras y los mismos gestos de las hasta entonces conocidas. Pero una tarde, empinando el codo con asiduos en el único bar del pueblo, vio entrar a Clotilde con una amiga que al parecer pretendían refrescarse del bochorno agobiante que sacudía los cuerpos y adormecía las almas.
--¿Quién es esa criatura? –le preguntó Onésimo a un bebensal. Y así comenzó todo.
Al poco tiempo se casaron y nadie en el pueblo podía decir que no fueran felices. Pero ¡oh casualidad fatal de esta vida tan puta! Un día lluvioso el automóvil que conducía Onésimo resbaló en una curva y se estrelló con él dentro, lo que provocó que, aunque milagrosamente salvó la vida, quedó inutilizado de la pierna izquierda. O sea, Onésimo quedó cojo.
La gente es mala cuando quiere serlo, señores. Pronto empezaron a llamarlo “el cojo Onésimo”, y a la Cloti, su mujer, la glotona, véase por qué, aunque hay quien dice que lo sabe, pero no lo divulga. Con la costumbre, terminaron suprimiendo una de las vocales O del nombre susodicho, y cuando alguien llamaba al honesto campesino, le gritaba... bueno, ya ustedes se lo imaginan.
Nada, que no hay órgano tan dañino como la lengua. Y si no, pregúntenle a esa pareja original que habita en las estribaciones de la loma de la piedra, en Santiago. Allí no hay un solo ser que no conozca a Clotilde Selástraga y a su marido, el coj... Onésimo. Eso sí, como personas, encantadoras. Eso no hay quien lo dude.
Augusto Lázaro
@augustodelatorr
¡FELIZ AÑO NUEVO!