I

II
MARA MIA MIENTRAS VIVAS
Mara mía que estás en la tierra
sin promesas etéreas de una vida mejor
más allá de la muerte:
santificado sea tu amadísimo nombre
que pulsa las cuerdas de todas
las guitarras,
venga a mí tu reino de amor y de placer
y lléneme del néctar
que fluye de tus pechos
que amamantarían a todos los cabritos
del valle de Saba.
El pan dulce de tu lengua
-exquisita como la jalea real-
dámelo hoy, mañana y siempre,
y perdona mis apremios
como yo he perdonado tus temores
y no me dejes caer en la tentación
de serte infiel
(que sería serme infiel a mí mismo),
mas, líbrame de todo pensamiento
que me aparte de tu bienhechora presencia,
y sobre todo, amémosnos,
¡amémosnos hasta la vida eterna!
III
Pero me engaño: ya tú no estás, ya no estarás nunca para
encontrarnos y besarnos y volver a sentir que estamos en esa realidad virtual
alejados de esa farsa que nos rodea y que al fin logró separarnos, llevándote
tan lejos que ni siquiera me deja el consuelo de pensar que algún día pueda
recobrarte, porque la distancia es a veces imposible de obviar para salvar una
recuperación que podría rescatarnos y regalarnos otra vez la dicha de estar
juntos, aunque sólo estuviéramos juntos una vez más para repetir esa dicha que
encontramos sin buscarla cuando los dos nos vimos por primera vez en aquella
mañana tan poco propicia para el amor imposible que llenó nuestras vidas
durante un tiempo demasiado corto para ser mentira y demasiado largo para ser
virtual: vivimos ese tiempo, y como lo vivimos, hoy sólo podemos recordarlo y
pensar que fue verdad que los dos fuimos felices, pero que la felicidad, cuando
existe, y existe pocas veces, nunca es duradera, nunca es eterna, nunca
permanece...
Augusto
Lázaro
http://elcuiclo.blogspot.com.es