lunes, 18 de julio de 2016

CUIDADO CON LOS FAVORES

Una señora realmente encantadora me “acusa” de ser un mal amigo y un mal vecino, porque no quiero ir a su casa diariamente a explicarle algo de informática que ella no maneja bien. Sin entrar en el tiempo que tendría que dedicar a esa altruista labor, la cuestión es muy simple: cuando voy a su casa y me paso un par de horas con ella intentando que aprenda las cosas elementales para manejar un ordenador con Internet, la paso divinamente... pero al volver al día siguiente... ¡se le ha olvidado todo lo que le enseñé el día anterior! Y tengo que recomenzar siempre de cero, y eso, de verdad, no me apetece repetirlo constantemente al notar que es inútil, pues parece que su memoria no está preparada para retener mis ”enseñanzas”... Esto parece una fruslería, pero no lo es. Hacerle favores a la gente es muy loable, pero puede traer consecuencias muy dolorosas. Le haces 29 favores a alguien que conoces con quien sostienes digamos no una amistad profunda, pero sí buenas relaciones, y un día, porque no estás de humor para eso, o porque no te apetece, o por cualquier otra cosa, no le haces el favor #30... y esa persona la emprende contigo tratándote entonces como la aludida: mal amigo, mal vecino, insolidario, etc. El ser humano funciona así...  

Recuerdo una anécdota que oí de niño, no sé si de mi padre o de algún otro familiar, sobre un mendigo que diariamente acudía a una casa de personas de las llamadas “pudientes” a pedir un plato de comida. La señora de la casa siempre salía con el plato y se lo entregaba al mendigo, que lo agradecía con palabras entrecortadas que apenas se le entendían. Un día, la señora amaneció con descomposición estomacal que le provocaba dolores insoportables, y durante todo el día los padeció estoicamente, pues debía atender a sus hijos, a su esposo y a las cosas de la casa, ya que era una de esas mujeres que sólo se dedican a las labores domésticas mientras el marido mantiene el hogar. Al tocar a la puerta el mendigo, como lo hacía todos los días, la señora le gritó desde adentro que se fuera, que no estaba para nadie, que no la molestara ahora, pues ese día no podía darle nada. El mendigo entonces, la emprendió contra ella, calificándola de ingrata, malvada, hija de puta, y cuantos improperios se le ocurrieron sacados del lenguaje vulgar de la calle. Una anécdota aleccionadora, por supuesto: la señora alimentó al mendigo durante largo tiempo, y por un día en que no pudo mantenerlo, ya ven cómo reaccionó el pobre hombre...

De estas anécdotas se desprende que hay que tener mucho cuidado y asumir lo que escribió Gustavo Eguren en su novela GASPAR PEREZ DE MUELA QUIETA, medio panfletaria, porque planteaba, como tantos, que en Cuba nadie comía antes de la “Revolución”. Pero eso no es lo fundamental. Lo fundamental es que la novela está llena de cosas como ésta: “no hagas favor que no te pidan, pasarás por santo o por entrometido, carreras ambas largas y de mucha penitencia”...

No me resisto a publicar aquel soneto tan lleno de sabiduría, cuyo autor desconozco porque no he movido un dedo para averiguarlo: lo que vale es el poema y ahí va:

“Escucha, Fabio, tu mejor amigo / es aquel a quien nunca protegiste. / Si a un amigo favores mil hiciste / y uno dejas de hacerle, es tu enemigo. / Brinda al extraño protección y abrigo / y no te pese, que, si bueno fuiste, / quién sabe si otro pobre a quien no diste / su pan alguna vez parta contigo. / El extraño te pide, y agradece / lo que tu mano en su dolor le ofrece / porque nada con ello le has pagado. / En cambio, del amigo que más quieras, / tonto serás si gratitud esperas: / ¿Le hiciste un bien? ¡Estabas obligado!”...

Augusto Lázaro


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domingo, 10 de julio de 2016

LA CANICULA: ESO ES

1

Madrid: “todos los autobuses tienen aire acondicionado”. Cierto, lo tienen todos. Pero... ¿los ponen todos? A esa pregunta la respuesta sería otra: No. Depende del conductor del autobús: si es muy friolero, si está de mal humor y quiere fastidiar a los viajeros, si pasó una mala noche y está cabreado, si tiene problemas con su pareja, etc.
Porque en los primeros días de julio he tenido la “suerte” de usar las líneas 3 y 148 de la EMT de Madrid, y en algunas ocasiones ni gota de aire, precisamente en los días más calurosos de este mes. Y óigame, ¿sabe usted lo que es un golpe de calor? Pues parece que algunos (por suerte, la inmensa minoría) conductores de autobuses lo ignoran. A mí me dio uno en el verano de 2003 y no quisiera repetirlo. Por supuesto, no pienso contarles lo que pasé. Pero eso es preocupante: ¿por qué tenemos que ir en un autobús que tiene su aire acondicionado para ponerlo, no como aderezo del equipo, y ver a varias señoras (y a algunos señores) abanicándose y con gotas de sudor en la frente, en un transporte público que pagamos todos con los altísimos impuestos del señor Montoro? ¿Quién responde a esa pregunta?

2

Los que tienen Internet en sus móviles o en sus ordenadores me imagino que estarán hasta las narices del abuso insoportable de los avisos de las cookies, cuya desfachatez no tiene parangón en la corta historia de este invento. Aparecen en todas partes, sin previo aviso, ocupan parte de las páginas que estemos viendo o leyendo, insisten en que aceptemos que son la octava maravilla del mundo porque recopilan datos que no queremos que recopilen (todo lo hacen, claro, sin nuestro permiso) y hasta en algunos casos como por ejemplo en un móvil donde se marca la web de El Confidencial o la página de Kadaza España Noticias, sale su letrero ocupando los dos tercios de la pantalla, y no puede eliminarse de ningún modo, a no ser que aceptemos lo que nos dicen de las ventajas atroces de las dichosas cookies. Me pregunto por qué tenemos que soportar esa arbitrariedad. ¿Por qué no podemos eliminar esas cookies que no nos interesan para nada? ¿Por qué ninguna institución toma medidas contra ellas y permite que nos machaquen contra nuestra voluntad? Y la única respuesta que encuentro es que en España el usuario está totalmente desprotegido ante la invasión de grandes empresas omnipotentes contra las cuales nadie quiere tomar medida alguna, porque, como dice el refrán, “la soga siempre se rompe por la parte más débil”. Y la parte más débil somos, siempre, los ciudadanos de a pie que no tenemos un padrino poderoso que nos apoye y ayude...

3

Nunca he entendido por qué la atención dental no está amparada por la Seguridad Social, como el resto de las especialidades de la salud, porque un cardiólogo es gratis, un otorrino es gratis, un dermatólogo es gratis, un urólogo es gratis, cualquier especialista de la salud es gratuito (aparte de que existe también la medicina privada, pero quien no pueda o no desee acudir a ella, ahí tiene a su disposición todo lo relativo a la salud, completamente gratis)... ¡Ah!, menos los dentistas: a ésos hay que pagarles, si quieres empastarte una muela o hacerte una prótesis. ¿Por qué? ¿Son los dentistas más lindos que los demás especialistas? ¿Son mejores personas? ¿Tienen más derechos para cobrar que los demás facultativos? ¿Por qué ese privilegio? He enviado cartas al Ministerio y a varias instituciones, y hasta a algunas revistas, y ¡nada! Silencio en la noche, como el famoso tango. Me gustaría que alguien con vergüenza que ocupe un cargo de importancia en alguna de esas instituciones me diera alguna explicación creíble y convincente de por qué los dentistas son, como una vez publiqué en La Envolvencia, “los privilegiados de la salud pública”...

Augusto Lázaro



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