lunes, 27 de enero de 2014

¿VENCERA EL ODIO AL AMOR?

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No sé por qué existe tanto odio en el mundo: si todas las personas que odian dedicaran su tiempo a amar, el mundo sería mucho más placentero y saludable. A veces salgo a la calle y observo a las personas que caminan, cada una inmersa en sus problemas y en sus preocupaciones, las miro detenidamente y no encuentro en ellas ningún sentimiento de culpabilidad: entonces me pregunto: ¿y dónde está el odio? ¿Quiénes son esos seres que manchan la tierra y provocan sufrimientos en sus semejantes? ¿Dónde están y qué hacen aquellos capaces de generar guerras y calamidades en todo el mundo? ¿Por qué existen, si el amor siempre nos dará más razón de vivir que tanto odio estúpido?

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La maldad está enseñoreándose en los cinco continentes. Veo con asombro y hasta con rabia que países que consideramos democráticos y respetuosos de los derechos humanos se congracian y coquetean con regímenes dictatoriales que se burlan de esos derechos y mantienen a sus pueblos bajo una opresión que en algunos casos como el de Cuba ha rebasado el medio siglo de existencia. Organizaciones como la ONU y la CELAC, unidas a la mano consentidora de Obama y de la Unión Europea, han incrementado sus relaciones con esos países, incluso con países donde las mujeres son lapidadas vivas o asesinadas a pedradas en las plazas públicas, algo que moralmente es inaceptable por cualquier persona que se precie de ser sólo decente.

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Los políticos justifican sus carantoñas con la diplomacia, que no es más que la hipocresía ejercida por quienes ostentan cargos de dirección en los gobiernos. Yo no acepto ese concepto, pues en la mayoría de los casos esos dirigentes sienten simpatía por esos regímenes tiránicos. ¿Cuál es la razón? Muy sencilla: quien está en contra del “imperialismo yanqui” es digno de admiración y de respeto, pues para ellos no es malo quien persigue, ataca, golpea y encarcela a opositores, sino “el malvado enemigo de los pueblos”, o sea: EEUU.
No creo en una moral que dictamine su inclinación admirativa a una sola sentencia: “quien está en contra de EEUU es el ejemplo a seguir”. ¿Que hay perseguidos, encarcelados, golpeados, torturados? Eso no tiene importancia: la importancia es estar en contra del Imperio. Aunque el imperio no persiga ni maltrate ni golpee ni encarcele a nadie por criticarlo. Bonita razón de esos demócratas cuyo apoyo y amparo sirve para que tiranos como los Castro se pavoneen diciéndole al mundo “no me joroben, que tengo el aval de la mayoría fuera del país”. Y tiene razón el señor Raúl Castro cuando piensa o dice eso.  Lamentable.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


domingo, 19 de enero de 2014

DESPUES DE NAVIDAD...

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Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo, Día de Reyes... festejos (que hasta los mendigos callejeros celebran, porque en esos días reciben más limosnas que les permiten darse un gusto, si es que en su situación de vivir en plena calle pueden darse un gusto) que se han convertido, por obra y gracia de la oferta y la demanda, en una sucesión de ventas y compras que han logrado tajar de un tirón aquelllas felicitaciones tan hermosas (porque eran hermosas) que decían en postales y en persona: FELIZ NAVIDAD... Ahora lo que se dice generalmente, sobre todo en los comercios que sólo aspiran a ganar más dinero, es FELICES FIESTAS, y yo me pregunto si habrá fiestas que no son felices, porque esa expresión comercial es tan absurda y tonta (como tantas otras) que mejor echarla al latón del olvido y seguir celebrando, al menos yo como muchos que conozco, la Navidad, aunque en mi caso no soy religioso, pero confieso que esos días me gustan y desde que nací (en plenos preparativos navideños, un 17 de diciembre) son los días más felices que siempre he pasado en mi ya larga existencia...

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Celebrar la Navidad y el comienzo del nuevo año (una incógnita siempre) cuando se tiene a los seres más queridos en Cuba, en Ecuador, en Monforte de Lemos, en Alcorcón, en Getafe, en Parla, y a algunos en Madrid, ell@s con sus seres queridos presentes, es una disposición a pasar en soledad esos días tan señalados, o quizás con otros seres acompañantes ocasionales que posiblemente no van a dejar huellas profundas para recordarlos cuando se hayan ido y dejado el instante fugaz de unas horas de grata (¿por qué no?) compañía que al pasar las fechas añoradas y otrora disfrutadas al máximo se irán convirtiendo en imágenes que sin poder obviarlo llevan a la pregunta tan simple y tan terrible de ¿POR QUÉ? Y esa pregunta, como tantas que me hago diariamente, no tienen respuesta...

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Pero a pesar de todo celebro la Navidad y doy la bienvenida al año nuevo con una sonrisa tal vez esplendorosa. Porque la amargura y el mal semblante son dos actitudes que nunca he mostrado, no por simular una alegría no sentida (soy generalmente una persona alegre) sino porque nadie tiene derecho a importunar al prójimo con caras tristonas y palabras negativas, que bastante tenemos ya con la situación de este mundo en que parece que no hay a la vista ninguna solución a los muchos problemas que padece nuestro querido y tan maltratado planeta...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

http://elcuiclo.blogspot.com.es





domingo, 12 de enero de 2014

UN CUENTO DE AMOR

LEER SU DIARIO


Todo lo que yo quería era leer su diario. Por lo menos eso era todo lo que yo quería

la primera vez que se lo dije.

--No, chico, tú eres muy curioso y a mí me molesta tu curiosidad.

Eran unos apuntes que ella había escrito durante un viaje al valle de Jibacoa donde

se había celebrado un encuentro-debate nacional de talleres literarios. Yo no pude

ir. De que los había escrito me enteré mucho después, porque cuando ella regresó

no me lo dijo.

--¿Y cómo la pasaste en Jibacoa?

--Bueno, quitando el frío, la colchoneta y los mosquitos, todo lo demás de maravilla.

La había conocido en Holguín una mañana y es raro, porque este tipo de

muchachas suele conocerse por las tardes. Me pareció algo tonta y un poco

pedante en el primer golpe de vista. Conversamos un rato y su presencia fue

disipando la imagen negativa hasta llegar al punto de sentirme muy bien junto a

ella. De eso hace ya más de cinco años.

--Nos vemos poco, Narda, qué lástima.

--Nos vemos poco porque tú sabes que yo vivo en Becas, que de allí no es fácil bajar

a la ciudad, que tengo que estudiar muchísimo y...

--Sí, ya: etcétera.

--Sí, chico, etcétera, y no me llames más Narda, que ese no es mi nombre, te lo he

dicho mil veces.

Era deliciosa. Sobre todo cuando se ponía furiosa y hacía una mueca con los labios

entre puchero de bebé y toque de flauta. Entonces me recordaba a una actriz

francesa de los años cincuenta, muy fea y muy graciosa, de la que como era de

esperarse me enamoré desaforadamente y con la que soñaba recorrer infinidad de

lugares solitarios, de parques y de playas, desde la no tan inocente intimidad de mi

luneta. Una tarde (esta vez tenía que ser una tarde) me la encontré en la calle. A

Narda, no a la actriz. En la calle no, en una tienda de ropas, lugar poco propicio

para semejante encuentro.

--¿Qué haces aquí? No me digas que estás en la cola de la pintura de uñas.

--No, pero necesito un bolígrafo y están vendiendo. Supongo que sabes que se me

pierden a menudo.

--Olvídate del bolígrafo. Mañana mismo te regalo uno rojo, es el color que más te

gusta, ¿no?

--Sí, lo es. ¿Y ahora qué?

--Pues ahora nos metemos en el aire acondicionado del Rialto, hoy hay cinemateca.

¿Qué te parece?

No sé lo que le pareció. Ese era el problema que yo tenía con ella, que nunca sabía

lo que le parecían mis palabras. De todos modos nos metimos en el cine. Claro que

ese día lo único que hicimos fue ver una película de esas que lo mantienen a uno

pegado al asiento. Y después conversar, naturalmente.

--Pues insisto en que me prestes tu famoso diario.

--Ni es famoso, porque nadie lo ha leído, ni te lo voy a prestar.

--Es que me dan cosquillas en los ojos de querer leer lo que escribiste.

--Eres persistente, además de curioso.

--Y tú eres como las losetas del baño de mi casa: dura, seca y fría.

Se puso seria y me miró fijamente.

--¿De verdad tú crees que soy seca y fría?

No, de verdad no lo creía, pero se lo dije para ver si la ablandaba. Por eso le apreté

la nariz, me sonreí, y alcé la mano cuando se alejó. No se volvió una sola vez.

Todavía le decía adiós cuando su silueta se dispersó en mis ojos. Pero la noche la

traía de nuevo, intermitente, en la acumulación de luz de las bombillas que se

encendían en el parque mientras el viento que los santiagueros llaman frío me

regaba el pelo y unos gorriones que bajaban del atrio de la catedral se ponían a

escarbar las yerbitas buscando chucherías para sus pichones y de pronto me siento

en un banco con el diario en las manos para leerlo casi en alta voz con el egoísmo

natural de que al fin ya lo tengo yo solo y de que nadie puede interrumpirme ese

disfrute y leo noviembre 16, en el tren, está muy frío el aire, casi tiemblo, Rodolfo ha

sacado su guitarra y nos hemos agrupado para oírlo, la ferromoza nos pregunta

si celebramos algo, Rodolfo le canta algo a la muchacha, seguro que lo está

improvisando, ¿estarán los demás tan nerviosos como yo esperando los debates?

y paso las hojas sin apartar la vista, buscando, porque sé que ahí tiene que estar,

escrito por su mano, hasta que una gota mágica refresca mi piel y me recrea, pero

lo real maravilloso de este viaje se enmascara en una tristeza muy limpia, porque

no está él, no sé qué me pasa, pero lo extraño, ahora mismo necesito tenerlo

delante, decirle todas estas cosas que no me atrevo a decírselas a nadie más, ¿por

qué no habrá venido? y la verdad se escapa de este cuaderno que por ser

indiscreto me regala el bienestar tanto tiempo anhelado y el viento me despeina

otra vez y el ruido choca con mis tímpanos haciéndome alzar la cabeza y mirar

las bombillas y más allá los niños correteando y mucho más allá los ómnibus

cargando puñados de gente que regresa a sus hogares y quiero oler el diario

para no despegarme ya más de su olor de mujer pero en mis manos sólo tengo

una caja de fósforos y me veo de pie en el mismo lugar en que me quedé

mirándola cuando se alejaba con la misma incertidumbre y la misma alegría

postergada para quién sabe cuándo... No la vi más en toda la semana, pero

tracé mi plan. La llamé por teléfono y le pedí que bajara a la ciudad para

encontrarnos. Cuando la tuve frente a mí se me salieron unas palabritas dulzonas

que la hicieron reír. Después del beso en la mejilla y la mano en el pelo demasiado

corto para otros juegos, nos fuimos a tomar chocolate.

--¿Así que decididamente no me lo vas a enseñar?

--Decididamente no.

--Vamos a hacer una apuesta.

--¿También eres apostador? Creía que sólo te gustaba el ajedrez.

--Además de ti y del ajedrez tengo otros gustos.

--Pide el chocolate.

--Pues mira: hasta el último día del año yo intentaré lograr que me prestes el dichoso

diario. Si lo consigo, me pagas un almuerzo. Si no, te lo pago yo a ti. En el lugar que

escoja el ganador. ¿De acuerdo?

--De acuerdo, pero vas a perder.

--¿Sabes una cosa? Cuando te sonríes me parece que oigo una música suave,

lejana...

--Pide el chocllate, anda.

El plan consistía en escribir un cuento que tratara el asunto del susodicho diario,

adornándolo con artificios, invenciones, deseos, y enseñárselo para ver si con eso

se ablandaba y claro, con protestas, me dejaba ver el cuadernillo. Pero ya no era

eso sólamente lo que me interesaba. Todos los días quería verla, conversar con

ella, hacerla sonreír, mirar su cara de gorrión y llevar mi saludo más allá de sus

mejillas. Traté de hacer el cuento de manera que al leerlo no pudiera objetarme,

que su imaginación encontrara en la mía, en las palabras mecanografiadas, la

imagen que yo me formaba de ella. Me dediqué a la empresa durante quince

largos días, rompiendo cuartillas, revisando frases, pesando con cuidado cada cosa,

evitando lugares comunes cuando releía, a media noche, en la siempre cómplice

soledad de mi cuarto. Hasta que llegó el día en que decidí enseñárselo. Salí a la

calle, a buscarla. En las manos llevaba lo que podía ser mi triunfo. O tal vez mi

sueño...

--Mira: lee esto.

--¿Qué es?

--Un cuento que escribí para ti.

--¿Para mí?

No dijo nada más. Nos sentamos en un muro al fondo de una escuela vieja. Leyó

atentamente las páginas. Por momentos me miraba, a veces sonriéndose, a veces

muy seria y una vez yo diría que triste. Al terminar sólo me dijo:

--Espérame mañana a las ocho, aqui mismo. No dejes de venir.

Las ocho demoraron demasiado. Mi impaciencia se convirtió en sudor de manos

frías, tazas de café, cigarrillos y mordidas en las uñas. Pero al fin llegó la hora. Y llegó

ella. Traía un vestido largo, como de fiesta grande. Esta vez ni la toqué siquiera.

--Invítame a bailar, a algún lugar bonito.

Me lo dijo como si me dijera buenas noches.

--¿A dónde quieres ir?

--A cualquier lugar. Esta noche quiero divertirme.

Y esa noche comimos como dos muertos de hambre, conversamos de cosas

insignificantes, bailamos por primera vez mientras yo miraba su cartera y la idea del

diario se iba diluyendo lentamente. La dulce sensación de su cuerpo apretado

contra el mío pudo más y poco a poco esa idea antes central se fue inclinando a

los momentos que estábamos viviendo así, sin proponérnoslos, dejando que todo

lo demás alborotara alrededor sin importarnos otra cosa que prolongar en lo posible

aquellas horas tan fugaces de nuestra intimidad. A punto ya de separarnos, de

madrugada, en la ciudad, sacó de su cartera el olvidado diario.

--Toma, para que rasques tus cosquillas. Te debo un almuerzo.

Y nada más que un beso que rozó sus labios porque quise esta vez desviarlo, y verla

caminar a oscuras, llegar a la esquina y volverse con la mano alzada para decirme

hasta mañana como quien dice qué bien la hemos pasado o como quien quizás

espera repetir esas horas dejadas en una oscuridad muy semejante, en la que ahora

ella se perdía una vez más con rumbo a casa de una amiga donde pasar el resto de

la noche... Ya en mi cuarto releí el cuaderno, porque lo había leído en plena calle,

buscando las palabras que tenían que estar en sus páginas, que me dirían que era

verdad tanta ilusión. Pero en el diario, forrado con percalina roja, pequeño como

sus manos que apenas horas antes habían tocado mi piel, no había nada que se

refiriera a mi ausencia de aquel viaje. Ni una sola mención, ni una añoranza, ni una

gota de tristeza por no tenerme allí con ella. Al día siguiente me la encontré al llegar

a mi trabajo, esperándome. Sus ojeras denunciaban una noche de mal sueño. Tenía

en sus manos unos libros. Se levantó para acercarse a mí con su sonrisa plena, más

brillante aún que la noche anterior. Acarició mi pelo suavemente, se me quedó

mirando muy tranquila, y me dijo:

--¿Vamos a tomar chocolate?


Santiago de Cuba, en los 70...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr




   

lunes, 6 de enero de 2014

VIVIRLA, NO PENSARLA

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Año nuevo: ¿vida nueva? Es curioso cómo los seres humanos solemos prometernos al comenzar cada nuevo año infinidad de cosas que sabemos que no vamos a cumplir. Quizás la razón esté en los sueños, porque aquel que no sea capaz de soñar no podrá ser feliz. Soñar nos da al menos la esperanza de que nuestra vida puede cambiar y puede mejorar, aunque en el fondo nos quede la duda, o peor, la certeza de que nada va a cambiar ni a mejorar. Pero a pesar de la duda y la certeza, yo prefiero soñar, y que mis sueños me mantengan con estos deseos de vivir que nunca, ni en las peores situaciones de mi vida, me han abandonado. Aunque en varias ocasiones haya tenido la peregrina y estúpida idea de quitarme la vida, siempre ha triunfado sobre mí la alegría de vivir y sobre todo, de saber (y conocer) que hay personas por las cuales merece la pena, cualquier pena, vivir y continuar soñando... soñando despierto, que es como más agradables son siempre los sueños...

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Pero a veces los sueños se desmoronan con la realidad implantada por personas ajenas con las cuales nada tenemos que ver, o sea, personas que representan EL PODER. Y el Poder siempre machaca, siempre oprime, y hay Poderes que hasta matan. No hablo de las dictaduras, que ya se sabe que siempre matan, sino de gobiernos aparentemente democráticos cuyos actos y acciones no parecen nada democráticos. Un caso ejemplarizante es este asunto espinoso de las pensiones y de los gobernantes intentando hacernos creer que nuestro nivel de vida y nuestro poder adquisitivo han mejorado. Veamos...

Si a usted le aumentan €5 en la pensión que recibe, el gobierno se vanagloria con que su poder adquisitivo ha aumentado. Pero el gobierno parece desconocer que las matemáticas son una ciencia exacta y: que usted va a comprar productos y artículos que han subido su precio, y va a pagar el transporte, la electricidad, los servicios, etc., y si sabe sumar como la mayoría, verá que el resultado es mucho mayor que esos €5 que el gobierno le ha aumentado. Conclusión: usted tiene ahora menos poder adquisitivo que hace un año. Pregonar lo contrario no es más que burda demagogia con la que el gobierno, que nos cree idiotas, pretende lanzar sus cohetes y venderse como gran protector de los pensionistas a los cuales, oigan esto: les ha aumentado su poder adquisitivo dándoles €5 de más en cada nuevo cobro...

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Mejor no pensar. Los filósofos, alguien lo dejó bien escrito, lo único que han hecho es complicarnos la vida con sus elucubraciones y sus sentencias que para muchos son órdenes estrictas a cumplir, olvidando que, como dice ese libro ruso que no pudieron silenciar los jerarcas comunistas de la difunta URSS (NO SOLO DE PAN VIVE EL HOMBRE), “el hombre nace para vivir, no para prepararse para vivir”. Y eso es lo que hacen las personas sensatas que logran ser felices, al menos hasta donde se puede ser feliz: viven, no se dedican a analizar la vida que ellos viven con sus muchos porqués que enredan la existencia de cualquier vecino, impidiéndole disfrutar de lo que la vida brinda para su disfrute, sin tanta choladera inútil.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr