domingo, 29 de septiembre de 2013

INDEPENDENCIA, LIBERTAD Y PARIPE

A todos los gobiernos cubanos (algunos dictatoriales) anteriores a los hermanos Castro, les importó un pimiento que las personas que se querían ir de la isla se fueran. Todos fueron más “inteligentes”: si sus contrarios se largaban, mejor, así se quitaban posibles enemigos que quizás les generarían dolores de cabeza por mantenerse en un lugar donde no querían estar y sentirse frustrados y furiosos con un gobierno que no les permitía salir del país, como casi todos los gobiernos del mundo permiten. Pero los Castro les han prohibido a los cubanos irse de su país durante cincuenta años (ahora hay alguna apertura, tras medio siglo de mantenerlos en una cárcel enorme sin otra opción que fastidiarse -o irse por alguna vía- con semejante gobierno totalitario). Recuerden que fue Fidel Castro quien inventó los balseros: antes no había balseros, quien quería irse se iba y el gobierno ni se enteraba (ni le importaba tampoco que se fueran diez o diez mil).

Las prohibiciones siempre logran que el ser humano se interese más por lo prohibido e incluso que lo ejecute. Un gobierno inteligente jamás prohibiría a sus súbditos salir del país. Es y siempre será contraproducente. Así ha sucedido en Cuba, en la Europa del Este, en la difunta URSS, en China, y en Corea del Norte, único y último país realmente stalinista a ultranza y al tope, donde ha existido desde Kim Il-sung hasta ahora un desmesurado culto a la personalidad del gran líder, con 300 estatuas de su silueta, algunas de oro, a costa del hambre, el sufrimiento, la esclavitud y la ignorancia de una población embrutecida por la agilísima propaganda del aparato gubernamental que controla todos los medios y vigila, como el GRAN HERMANO, a cuanto ser movible existe en el territorio del país.

Igual que con los pueblos de los países sometidos sucede con algunas regiones de un mismo país que no desean continuar formando parte de ese país: sucedió con Québec, provincia francófona de Canadá, que hizo una consulta, en la cual la mayoría declaró que quería continuar siendo parte del país, y así sucedió. Canadá es un país civilizado: no hubo ni una sola alteración del orden, ni una sola página de campaña mediática en contra de la consulta, ni nada que pudiera interpretarse como una presión del gobierno central del país hacia esa zona en la cual una minoría de habitantes pretendió, vía consulta, que se separara del resto, y no lo consiguió. Eso es la democracia.

También sucederá con Escocia, cuya minoría de habitantes pretende separarse del Reino Unido, y que está condenada, como la de Québec, a quedarse formando parte de la 6ª potencia económica del mundo, cuya moneda no será nunca el euro, porque además de democrático es un país que tiene los pies en la tierra. Y bien sujetos.

Hartado del lequeleque de los medios españoles sobre la cacareada y aburridora letanía de la independencia de Cataluña del territorio nacional, me pregunto por qué el gobierno central no acaba de autorizar la dichosa consulta, y que se haga lo que los catalanes aprueben mayoritariamente. Y se acabó el problema. Si deciden salir de España, allá ellos, y si no, todos tendremos que respetar su decisión. ¿O es que España no puede ser, como Canadá y el Reino Unido, un país civilizado? ¿O es que España, al igual que los hermanos Castro, va a obligar a los catalanes, en caso de que su mayoría no lo desee, a continuar siendo parte de un estado al que odian y/o desprecian? ¿Qué se gana con eso?

Augusto Lázaro



@augustodelatorr

domingo, 22 de septiembre de 2013

EL GRAN NEGOCIO

Según don Jesús Palomino, lo más difícil de la crisis es descubrir que en realidad no existe, que ha sido creada por la mente malévola de los políticos para hacer el paripé y al cabo de poco tiempo llenarse de gloria por haber logrado salir de ella (de la crisis). Uno en el bar gritó: ¡PALOMINO PRESIDENTE!... pero nadie dijo ¡VIVA!...

La política es el gran negocio: casi no tienes que trabajar, vacaciones de 3 meses al año, sueldazos superados sólo por futbolistas y grandes empresarios como Amancio Ortega (que son pocos), sobresueldos legales (no morales) y muchas otras dádivas por cualquier cosa, añadidos a quienes no son de Madrid aunque vivan en Madrid, dietas para viajes y taxis (además de los coches), equipos ultramodernos para el trabajo y la casa, autos para lo mismo, etc. John Kerry no quiso creerlo cuando se lo informaron:

--Señor Secretario de Estado, hay un país cuyo gobierno tiene más funcionarios, asesores y coches que nosotros.
--¿Qué país es ése?
--España, señor.
--¿España? ¿Usted me está tomando el pelo?

Un gran negocio, sí señor: ¿o usted cree que los que se vuelven locos por entrar en la política y convertirse en líderes políticos lo hacen por amor a la patria y al pueblo? Vamos, hombre (o mujer), que el tiempo de los bobos se acabó, dice una canción cubana de los 50. Es cierto que a veces se buscan problemas, que pierden su intimidad, que los medios los hacen papilla, y todo lo demás, pero... ¿no vale la pena el altísimo nivel de vida que tienen cuando están en la mamandurria? Óigame, con lo que se embolsilla un político cada mes (y no de los más altos) yo podría vivir cómodamente durante todo un año. ¿Que exagero? Se ve que usted no está enterado de la pasta que manejan esos especímenes de los que mi tío Pancho Casas decía que siempre hay que desconfiar.

--Mira, querido sobrino, de los políticos no esperes nada, porque... to’s son peores (y cerraba el periódico, lanzándolo al cesto con tamaña puntería: nunca caía en el suelo).

Mi tío Pancho estaba claro desde esos lejanos años. A mí me costó estarlo varias décadas, porque yo también me dejé impresionar por esos bípedos que siempre triunfan porque mienten: si dijeran la verdad nadie los votaría, claro. Por desgracia no tengo ningún amigo político. Si lo tuviera mi situación sería distinta y diferente y hasta desigual, como dicen ahora esos fabricantes de camisas estereotipadas carísimas que les endosan a los incautos que las lucen creyendo que nadie más las tiene. Pero eso es otra historieta que no encaja aquí.

Cuestión, que si usted es un político no se entera de la crisis y a vivir la vida como Carmelina, qué carajo. El que puede, puede, y como dice el refrán revolucionario: “al que Dios se la dio... San Pedro se la bendiga”. Y a votar, que da lo mismo Juan que Juana: cualquiera que votemos nos va a joder la vida...

Augusto Lázaro



@augustodelatorr

domingo, 15 de septiembre de 2013

LOS AMIGOS, ¡AY!

En el edificio donde vivo hay de todo, como en la viña del Señor. O “como en botica”, refrán tomado de EL TESORO DE LA JUVENTUD, enciclopedia que tenía mi padre y donde según él mismo adquirió su “sabiduría”, propia de tantas lecturas y consultas y sobre todo, de su edad, porque su refrán favorito era “más sabe el Diablo por viejo que por diablo”. Pues eso, en mi edificio puede encontrarse cualquier tipo de persona. Y hace unos días mi vecino Conrado, que vive plácidamente con su esposa Isabel formando una pareja envidiable, me decía: “la convivencia es difícil, muy difícil”, y por venir de quien venía llevaba implícita una tonelada de razón.

Y es que en este puñetero mundo no hay dos personas iguales, no físicamente, sino en su totalidad: dos personas nunca piensan, sienten, hablan, actúan de manera igual, ni siquiera parecida. Sobre todo en lo que respecta a la manera de pensar y razonar sobre cualquier asunto, y eso se ve hasta en los amigos más íntimos y que mejor se llevan, que tienen discusiones cuando no están de acuerdo con algo que el otro (siempre “el otro”) ha dicho o hecho. Pero cuando la amistad es sincera (muchas veces no lo es) y se tiene esa varita mágica para conservar amistades (y amores) que es la tolerancia, los problemas se resuelven discutiéndolos civilizadamente, pues hace rato salimos de las cuevas y nos quitamos los taparrabos, aunque hay muchísimos que todavía parecen cavernícolas. Y lo peor, que algunos de ésos tienen mucho  poder.

Alguien dijo una vez, con mucha ciencia, que “nada hace más daño que un necio con poder”, sobre todo si el necio pretende “salvar” el mundo, afán muy de dictadores de todas las ideologías. Y ese afán de “salvar”, reducido a niveles más modestos, se ve en ese tipo de amigos que siempre nos están “enseñando” cómo debemos vivir, actuar, hacer y pensar. Y hasta decir en muchas ocasiones. Son amigos (aparentemente) que pretenden, porque te quieren, hacerte un bien, y te sueltan un sermón donde enumeran una serie de puntos que entienden que tú haces mal o que debes rectificar, porque tu vida se está convirtiendo en una nave sin rumbo. Verdaderos profetas que en nombre de la amistad y el cariño que dicen tenerte actúan como aquel que empedró los caminos del infierno justificándolo con sus buenos deseos de ayudar. Como dijo John, el de la peli: “con estos amigos no necesitas enemigos”.

Conozco a uno de esos “amigos sinceros” que han convertido la relación que tienen con otros en un verdadero “magisterio” de enseñanzas, observaciones, sugerencias y consejos, dejando para otras oportunidades conversar como realmente conversan dos amigos y no como un profesor con su alumno “descarriado” al que hay que indicar y hacer ver el buen camino. Pero el peligro de una relación con uno de estos amigos (que si los tienes, como dice John, no necesitas tener enemigos) aparece cuando las críticas de ese amigo pasan a la ofensa gratuita y a endilgarte epítetos inaceptables como “tú lo que estás es perdiendo tu tiempo, comiendo mierda, de una guanajería (gilipollez)
en otra, y...” etc. Entonces, ¿vale la pena mantener esa amistad?

Parece muy difícil lo que tan fácil sería para la buena relación amistosa: ¿por qué no dejar que “el otro” viva como desea, si nos ha dicho que así como vive se siente muy bien y es feliz? ¿Es que nos creemos perfectos, infalibles, nonplusultras para decirle a los demás cómo tienen que vivir?

Augusto Lázaro



@augustodelatorr

viernes, 6 de septiembre de 2013

CONSUMIR, QUE SON DOS DIAS

Se acabó agosto y ya pronto se acabará el calor para desdicha de Al Gore y tantos listillos que le han sacado muy buenos dividendos al asunto ese del calentamiento global. Aquí no tendría tanto éxito, pues en Madrid el invierno dura 9 meses y el verano sólo 3. Pero como decía mi padre, “el mundo es de los livianos” que saben encontrar el conducto por donde le entra el agua al coco sin la ayuda del investigador ecológico don Jesús Palomino, que se proclama como el que logró descifrar el enigma.

Comienza septiembre y ya pronto empezará el airecito frío que favorece a los comerciantes con sus nuevos modelos que aunque a muchos no les haga falta, no faltarán quienes se gasten un poco por tener esa nueva onda, “mira aquella cazadora, Matilde, no me digas que no es una monada, ¿eh?”, y así son las ventas cuando son de rebajas. O no. El caso es que los comerciantes viven de meterle a la gente en el moropo que hay que cambiar cada año de vestido, de jersey, de vaquero, de bolso, de collar, de móvil, de tableta, de zapatos, de cinturón, de camarita fotográfica, “ahora traen un complemento, mira, Josefo, ¿lo ves?, es para reproducir las fotos directamente en  un disquito de esos que se usan, ¿sabes?”, y a la carga, consumidores, que se acaban las gangas.

Pues me puse a revisar mi stock general y me di cuenta de que sólo tengo 1 equipo para cada uso, y en el vestuario la cantidad de ropa que realmente necesito y que me imagino que no ha pasado de moda, aunque para mí la única moda aceptable es la comodidad. Lo demás es gastar el dinero que a tantos les cuesta tanto ganar u obtener (hablo de las personas decentes, especie en extinción me temo). De vez en cuando visito algún centro comercial y me maravillo de cómo los dueños de la “necesidad” penetran en la mente del público consumidor: maravillas de productos con nuevos modelos, estilos sofisticados, elegancia indiscutible en los diseños, etc., que logran crear esa falsa necesidad de adquirir lo que el centro pone en oferta, con lo que se aseguran unas ventas que sobrepasen el plan de la temporada.

Me pregunto si los bienes materiales pueden hacer feliz a un ser humano. Porque hablar de los espirituales o morales o intelectuales cada día se vuelve algo así como “arar en el mar”, por la poca atención que la sociedad desarrollada le brinda a estos aspectos de nosotros los bípedos pensantes (sí, porque hay millones de bípedos que parecen no pensar nunca). Pues sí: hay quienes aseguran (y conozco a algunos) que lo que les interesa es eso: el móvil, el ordenador, el televisor, el equipo sofisticado de música en estéreo, el cine en casa 3D, el coche en el garaje (o en el aparcamiento), el armario repleto de la última moda, la casa aquí y en la playa o en la montaña, según el gusto, y en fin, que además de los alimentos imprescindibles, todo lo citado forma parte inobviable de esa felicidad comprada con el dinero que es, como dice el refrán: “poderoso caballero”.

Sin embargo, me remonto a mi lejana niñez, allá en Pinar del Río, en una casa pobre, con los elementales servicios para no parecer una covacha, y donde fui feliz, realmente feliz, rodeado del desconocimiento de que en el mundo había maldad... y en aquella casa de mi mundo infantil sólo había un radiorreceptor, del tamaño de una pelota de fútbol, en el que oíamos, mis padres y yo, los juegos de pelota (béisbol), ya que todavía no teníamos televisión... Aquella sensación de total felicidad nunca más la he conocido, a pesar de que ahora estoy rodeado de los adelantos más sofisticados de la ciencia electrónica...

Augusto Lázaro



@augustodelatorr