domingo, 24 de febrero de 2013

TU DESPUES DEL MAR


I

Te busco, siempre te busco, pero siempre no te encuentro, y cuando te encuentro me parece que sigo buscándote teniéndote tan cerca que respiro tu aliento antes de sacártelo con mi boca incansable que busca tus besos como si fueran para mí la salvación. Y quizás lo sean, porque al besarte con los ojos cerrados siento que estoy lejos de toda esta farsa que nos rodea, pienso que es verdad que aislarse puede ser posible, y creo que besarte es la felicidad, si ésta existe, y que después de besarnos hasta el delirio nos separaremos para así poder seguir buscándote, hasta que te encuentre otra vez, me acerque a tu aliento hasta olerlo, y comenzar a besarte, a besarnos como si fuera la primera vez que nos besamos y que pensamos que la vida no sólo puede ser hermosa, sino que es realmente hermosa cuando tú y yo estamos juntos besándonos y creyéndonos que no vivimos en La Tierra, sino en una realidad virtual que nos aleja de esta farsa que nos rodea empeñada inútilmente en impedir que sintamos un pedazo de ese eufemismo que llaman la felicidad...



II

MARA MIA MIENTRAS VIVAS



Mara mía que estás en la tierra

sin promesas etéreas de una vida mejor

más allá de la muerte:

santificado sea tu amadísimo nombre

que pulsa las cuerdas de todas

las guitarras,

venga a mí tu reino de amor y de placer

y lléneme del néctar

que fluye de tus pechos

que amamantarían a todos los cabritos

del valle de Saba.

El pan dulce de tu lengua

-exquisita como la jalea real-

dámelo hoy, mañana y siempre,

y perdona mis apremios

como yo he perdonado tus temores

y no me dejes caer en la tentación

de serte infiel

(que sería serme infiel a mí mismo),

mas, líbrame de todo pensamiento

que me aparte de tu bienhechora presencia,

y sobre todo, amémosnos,

¡amémosnos hasta la vida eterna!



III

Pero me engaño: ya tú no estás, ya no estarás nunca para encontrarnos y besarnos y volver a sentir que estamos en esa realidad virtual alejados de esa farsa que nos rodea y que al fin logró separarnos, llevándote tan lejos que ni siquiera me deja el consuelo de pensar que algún día pueda recobrarte, porque la distancia es a veces imposible de obviar para salvar una recuperación que podría rescatarnos y regalarnos otra vez la dicha de estar juntos, aunque sólo estuviéramos juntos una vez más para repetir esa dicha que encontramos sin buscarla cuando los dos nos vimos por primera vez en aquella mañana tan poco propicia para el amor imposible que llenó nuestras vidas durante un tiempo demasiado corto para ser mentira y demasiado largo para ser virtual: vivimos ese tiempo, y como lo vivimos, hoy sólo podemos recordarlo y pensar que fue verdad que los dos fuimos felices, pero que la felicidad, cuando existe, y existe pocas veces, nunca es duradera, nunca es eterna, nunca permanece...

Augusto Lázaro


http://elcuiclo.blogspot.com.es



 


 





domingo, 17 de febrero de 2013

PARANOIA NUNCA


Un vecino del edificio donde vivo me dice que tenga cuidado con lo que yo escribo en Internet.

--Aunque tú no lo creas, hasta la CIA nos tiene fichados, registrados, controlados...

Me dice que ésta y otros tantos organismos y organizaciones siempre están a la caza de datos, correos electrónicos, cuentas de las redes sociales, blogs, y cualquier cosa que uno exprese en esa ¿maravilla? que es Internet.

--Es que quieren tenernos a todos a un clic con el que acceden hasta a los lunares que tenemos en nuestros cuerpos, ¿sabes?

O sea, mi vecino está alarmado por lo que puedan hacer con sus datos, que aunque él no los da a ningún medio, puede que esas instituciones –dice- ya los tengan y puedan usarlos en su contra. Nada, que hay quienes complican la vida y se empeñan en martirizarse apriorísticamente, o sea: se quejan antes de que el dolor aparezca.

--Pues mira, viejo, a mí me importan un pimiento morrón la CIA, la SOA, el Mossad, el FBI, la Sureté, Scotland Yard, la mafia rusa, la cossa nostra italiana, la Seguridad del Estado, la guardia civil, los vigilantes de la playa, las vecinas marujas, los 7 magníficos, los men in black, y...

Mi vecino se queda boquiabierto sin poder siquiera interrumpir mi perorata. Me echo a reír y lo invito a un cafecito rápido (porque tengo prisa, como casi siempre) en la cafetería de la biblioteca donde nos encontramos. Para calmarlo le digo que todo eso que le acabo de decir es verdad, o sea, que me importa una mierda los datos que puedan tener de mí en cualquier registro, porque

--mira, viejo, es que da la casualidad que ni tú ni yo somos dos personajes importantes, dos pejes gordos, dos dirigentes políticos, nada de eso, pariente, ¿a quién vamos a interesarle si no somos más que un par de tipos del montón que no amenazan a nadie ni le hacen sombra a ningún pajarraco aspirante al famoseo y a la mamandurria?

Ya saliendo del almacén de libros mi vecino me mira y me dice que yo soy un descuidado y que los datos personales no hay que estarlos divulgando a tutiplén, cosa que es cierta, pero es que a mí no me altera el sueño lo que otros puedan saber, creer, pensar de mí...

--Porque no se puede vivir con ese sigilo excesivo, con ese cuidado exagerado, con esa sensación de que te están vigilando, que ya te dije que tú no eres el rey ni el jefe del gobierno sirio ni el ayatola Kamenei para cuidarte tanto, viejo, que se te va la vida dedicándote solamente a tener cuidado con lo que dices, con quién hablas, dónde, cuándo y cómo hablas, y muchos etcéteras que para qué contarte...

Y en realidad no le falta razón al vecino: no es bueno el exceso de confianza y el descuido impensado, pero tampoco podemos convertir nuestras vidas en una toma anormal de precauciones que nos lleven a creer que hasta la sombra que proyecta nuestro cuerpo (cuando se ve el sol) puede estar acechándonos a ver cómo puede jodernos... Precaución sí, nunca está de más. Pero adicción patológica al delirio de persecución y acechanza... ¡no! Tampoco así, como diría Pérez Mambo, el rey del prado...

Augusto Lázaro


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domingo, 10 de febrero de 2013

¿A LA CALLE SIN MOVIL?


I

Tengo la mala costumbre de bañarme y afeitarme diariamente, de tener siempre los zapatos limpios, de ponerme pantalones que no están rasgados, de usar ropa limpia adecuada a mi idiosincrasia, y de portarme lo que se dice correctamente en sociedad, o sea: no tirar basura a la calle, no molestar a nadie, no interrumpir conversaciones ajenas, y... asómbrense: ceder mi asiento en un transporte público a una persona muy mayor o que esté invalidada por algún motivo. No me estoy haciendo propaganda, no señor, no voy a contar los innumerables defectos que tengo en mi haber, eso no viene al caso, sólo estoy justificándome como hombre de esos que los jóvenes llaman antiguo o anticuado, que parece lo mismo pero no lo es. Porque actualmente lo que parece que es la moda es salir a la calle con olor a no haberse duchado, barba de 3 días, zapatos llenos de polvo y sucios, pantalones ripiados, en los jóvenes, y en fin, con un comportamiento que deja muchos deseos de que ojalá esas personas que salen en las revistas de moda y de famosos se dieran cuenta del daño que hacen en los jóvenes (y en los no tanto) con su influencia perniciosa...

II

Aparte del modelo a imitar sobre todo en los jóvenes, cada día se ven más (jóvenes y no tanto) con un móvil en las manos (teléfono celular) con el que nunca conversan con nadie, uso para el que se supone fue fabricado semejante aparatico. En los autobuses, en los trenes, en las paradas, en los parques y plazas, en las cafeterías, se reúnen (¿se reúnen?) varios jóvenes y en realidad lo que hacen es utilizar el aparatico, pero no para llamar ni para recibir llamadas, no señor: se reúnen para... ¡conectarse a Internet en sus móviles! Y es ya casi una costumbre ver como normal un grupo de esos jóvenes en cualquier lugar cada uno con su aparatico en las manos, con la vista clavada en su pequeña pantalla y con sus dedos dando tecla sin parar, o moviendo la pantalla táctil una y otra vez, véase para qué o quién sabe qué cosas, qué información, qué paisajes, fotos, vídeos están mirando con una atención que parece de pruebas finales en la Universidad. Una joven llegó a confesarme en la estación de Chamartín que “no, yo sin el móvil ni siquiera se me ocurriría la idea de salir a la calle, me sentiría como si estuviera sin ropa”...

III

Y así pasan las glorias de una juventud que (y esto es lo triste y lamentable) vive activamente para la técnica y la computación, pero permanece a la cola de la Unión Europea en los niveles educacionales, tanto en materias de estudio como en comportamiento social, según encuestas que aunque no sean 100% creíbles se acercan bastante a una realidad que de no ser atajada a tiempo (y todavía lo estamos) nos dejará una sociedad de personas con una educación por el suelo que no serán modelos a seguir por sus hijos y nietos, que ojalá nazcan y vivan con otro concepto del disfrute de la técnica y del desarrollo informático, que de ningún modo es incompatible con el estudio, la superación, y sobre todo, la dedicación de parte del tiempo vital no sólo al móvil y a Internet, sino a la superación personal y a la elevación del nivel cultural que tanta falta se nota que nos está haciendo. Dijo José Martí que “un pueblo culto es un pueblo libre”. Deberíamos meditar en esas sabias palabras...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

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lunes, 4 de febrero de 2013

LA MISIONERA


Nate contempló la sepultura donde dormía su sueño definitivo la misionera Rachel, y sintió un dolor que le oprimía el pecho: aquella mujer ejemplar le había enseñado que el dinero no era nada cuando se vivía entre la gente que se amaba, como ella, y dedicada a ayudar, servir y hacer el bien sin ningún tipo de interés. Rachel marcó su vida y su ejemplo perduraría para siempre en su memoria... Estoy glosando la escena más conmovedora de la novela EL TESTAMENTO de John Grisham. Una novela que hay que leer con cuidado y atención. Rodeado de la ambición y la lucha por una fortuna a heredar, que no hace más que generar desdicha entre los hijos del millonario muerto, hastiado de ese mundo hipócrita y cainita que sólo busca obtener la parte de esa herencia que los hará ricos, poderosos, y piensan ellos erróneamente que felices, el abogado Nate O’Riley se encuentra a una misionera que sin tener ni querer tener nada y mucho menos la fortuna disputada, es la persona más feliz que ha conocido.

John Grisham tiene la rara virtud de ganarse al lector desde las primeras páginas de cada uno de sus libros. El lector que comienza  a leerlo siente la necesidad de continuar leyéndolo y hasta le pesa interrumpir su lectura, siempre larga, pues sus libros son extensos, aunque (y es otra virtud) nunca aburren, siempre dicen cosas nuevas que interesan y conmueven, sin usar apenas adjetivos, con un lenguaje directo y sin adornos, haciendo diana en las miserias humanas que lamentablemente enturbian este mundo tan complejo y absurdo. EL TESTAMENTO (The testament) es una gran novela que enseña los valores no económicos que la vida nos regala... si sabemos aprovecharlos... y de ese modo luchar por ser felices.

Troy Phelan es un anciano multimillonario y cascarrabias que está a punto de morir y adelanta su muerte por propia decisión, mientras sus hijos ansían ese desenlace y luchan entre ellos a causa de la inmensa fortuna que piensan y anhelan heredar. Sus luchas fratricidas son tan crueles como estúpidas, hasta que se desvela el testamento final que ellos hacen lo posible por anular, porque no les deja ni un céntimo, sino toda la fortuna  a una hija ilegítima que vive rodeada de indígenas ipicas en el Matto Grosso, ignorante de la tempestad que por ella y por su enorme herencia se ha desatado en la civilización egoísta. Una herencia que consta nada menos que de ¡once mil millones de dólares!, en su totalidad dejados por el viejo a esa hija perdida allá en la tierra ignota como misionera que vive con esa tribu a la que quiere, defiende, ayuda, y siente como su única familia.

Y el abogado O’Riley se embarca en una aventura que cambiará totalmente su vida disipada, en busca de la heredera incógnita, en una zona intrincada llamada El Pantanal, en el Brasil que desconoce la “civilización” con sus virtudes y sus vicios cuyas consecuencias los indígenas sabiamente rechazan. El encuentro entre esas dos personas tan distantes y distintas es un capítulo que hace pensar. Son dos mundos antípodas en que al final el gran capitalismo desarrollado es vencido por la humildad y la sencillez de esa inreíble mujer que vive para los demás y a quien el dinero no le dice lo más mínimo.

Rachel es un personaje que se mete fácilmente en nuestros corazones: una mujer a la que nos gustaría conocer, capaz de enseñarnos cuánta vanidad inútil y estúpida es capaz de almacenar la mente humana. Logra con su amor a los seres entre los que vive, dichosa por vivir de esa forma, cambiar totalmente la mentalidad del abogado rico, y esos días que éste pasa junto a ella en plena selva, serán en lo adelante los días más importantes que ha vivido.

Aunque Rachel rechaza la fortuna heredada, al final enferma de malaria y muere, y cuando O’Riley regresa en busca de su respuesta definitiva, sólo encuentra su sepultura tan sencilla como ella misma, con un certificado autorizándolo como albacea para que use esos once mil millones en obras de beneficio a personas necesitadas como esos ipicas entre los que ella vivió y fue tan feliz...

Augusto Lázaro


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