viernes, 30 de noviembre de 2012

¿POR QUE CRUZO EL POLLO?


Tras diez largos años de intenso trabajo de investigación y esfuerzos casi sobrehumanos, y habiéndose dedicado durante 25 horas diarias al empeño, el notable, destacado, ilustre sociólogo, filólogo, periodista y algunas cosas más que no recuerdo ahora, don Macareno de la Palma Real logró por fin concluir su trabajo y nos dio la respuesta que tanto ansiábamos sumándola a tantos descubrimientos e inventos trascendentes y maravillosos que nos hacen la vida mucho más llevadera a pesar de la crisis y del nuevo billete de metro.

Decenas de los más capacitados pensadores del orbe fueron convocados hace una década para descifrar el intríngulis del por qué el pollo cruzó la carretera, asunto sin dudas de vital importancia para el desarrollo de las ciencias social, filosófica y económica, que tan desmejoradas están actualmente. Pero de aquello nada. Diez largos años no bastaron a esas eminencias, y cuando todo parecía condenado a un fracaso total, por la diversidad de opiniones al respecto, basadas en leyes filosóficas, ideológicas, políticas, sociales, culturales, y hasta deportivas (hubo una eminencia  que afirmó que el pollo había cruzado la carretera porque hacía entrenamiento para alguna competencia entre aves de corral), cuando los ánimos estaban arrastrándose por el sucio suelo del local que les servía de concentración rigurosa y solitaria, apareció, como surgido de la magia, nuestro gran don Macareno, sin ningún documento, ningún archivo, ningún sobre misterioso, ninguna micro-computadora en sus manos, sólo con una amplia sonrisa, para declarar que él había descifrado el enigma.

Ante tan simple y tajante declaración, el local de la Universidad del Gato Mocho, repleto hasta el techo, se estremeció con los aplausos de más de mil personas que habían hecho colas de días y noches para lograr un asiento y oír la conclusión del trabajo del gran erudito (otro título que se me había olvidado mencionar), que ocasionaron un deterioro peligroso de la pared izquierda del salón que no resistió el enorme clamor, aunque por suerte sin causar ninguna desgracia personal.

Don Macareno se dirigió al pedestal que habían construido en el proscenio, y con mucha parsimonia sonrió, no se quitó el sombrero porque nunca lo usaba, y señalando a la masa concentrada que permanecía en un silencio estremecedor, declaró su descubrimiento:

--Señoras y señores, la solución es muy simple: el pollo cruzó la carretera sólamente porque... porque quería pasar al otro lado...

Los gritos de euforia de la multitud provocaron un desprendimiento del techo del local, que cayó sobre el proscenio, aplastando desgraciadamente a don Macareno y a otras personas que ocupaban la presidencia del acto, lo que constituyó una tragedia de tales dimensiones que al día siguiente todos los medios informativos resaltaron la muerte del ilustre investigador, aunque nadie se acordó de su más importante descubrimiento, y el pobre pollo pasó sin gloria a una sola mención sobre el día de la tragedia y nada más. Ingratitud de este mundo, que sólo se ocupa de los seres humanos, como si los infelices animales no contaran para nada...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

domingo, 25 de noviembre de 2012

DESPERTAR DE AQUEL SUEÑO


Hace algún tiempo tuve una amiga llamada Amilamia a la que nunca conocí personalmente. La conocí por Internet (que no sólo nos da penas) cuando descubrí su blog donde escribía cosas que parecían creadas por un ángel de esos que a veces uno se imagina que existen, porque soñar es la mejor solución ante cualquier adversidad. Eran escritos llenos de poesía, de esa poesía que llena el alma de una sensación alegre y quizás algo así como feliz. Y yo entonces soñé con ese ángel. Y me sentí alegre. Y quizás fui feliz...
Comenzamos a escribirnos casi a diario, a enviarnos fotos, poemas, cuentos, y un día a ella se le ocurrió que podíamos leer algún texto juntos, o sea, los dos al mismo tiempo, ella en su país y yo en el mío, y después escribir un comentario con nuestras opiniones, enviándonos los mismos mutuamente. Era una relación sin ningún otro fin que mantenernos en contacto a través de Internet, de saber cosas el uno del otro, de decirnos cómo vivíamos y lo que esperábamos de esta vida tan corta y que tantas sorpresas acostumbra a darnos. Sí, quizás fui feliz...
Pero un día Amilamia dejó de escribirme. De súbito, sin decirme por qué ni dejarme siquiera la esperanza de que su decisión estaba motivada por alguna circunstancia ajena y tal vez personal, que no le había dejado tiempo para avisarme de aquella actitud tan inesperada e incomprensible. Pero no era nada de eso: ella seguía existiendo, llenando el éter de su prosa poética tan bella y de sus ocurrencias que lanzaba al aire con la ingenuidad de la juventud que sólo ve colores y jardines de flores en su entorno. Lo supe, porque busqué su blog y vi que no había ninguna circunstancia ajena. Sólo había interrupción y olvido. Así de simple... ¡y de terrible!

Y recordé aquellos versos que surgieron un día como premonición a lo que podría suceder...

Te vas, así de simple, condenándome

como a un proscrito huido de su destino histórico

a echarte de menos, a echar de menos

tu sonrisa refrescante como un copo de nieve

aunque llena del calor de la luz que proyectas

y que ya siempre se extenderá en el éter

de una imagen desvanecida y tierna

pero siempre lejos,

pero siempre ausente...



Augusto Lázaro

@augustodelatorr

martes, 20 de noviembre de 2012

¡QUE BUENO ESTA EL TRANSPORTE PUBLICO!


Esos que se quejan de los atascos mientras conducen un coche de marca mayor no saben de lo que se libran. Díganmelo a mí que tengo que pararme diariamente (¿oyeron?: diariamente) en una P a esperar un autobús que puede tardar entre 5 y 25 minutos en mostrar su morro por la esquina. ¿Un atasco? ¡Ja! Eso es cosa de niños.
Pues vean y oigan: para moverte en esta gran ciudad te paras en una P a esperar digamos la línea 32. Y con una buena carga de paciencia, que si no, pobre de ti. Pues esperas y el reloj camina. Y esperas. Y el reloj sigue caminando. Y tú con la vista fija en la dirección rutera. Y de pronto: ¿qué ven tus ojos, desgraciado? Pues que vienen dos juntitos, como tórtolos, uno detrás del otro. ¡Ay! Y la señora que espera sentada en el banco sin saber realmente lo que está esperando, porque la pobre, con esa estampa... te dice que a veces vienen hasta tres de un tirón (tú mueves la cabeza, aunque no quieres creer lo que te dice), y sacas el billete de la tercera edad a ver si tienes suerte hoy y puedes sentarte al menos con cierta comodidad.
La diferencia con el Metro es que aquí parece que le gente usa más el agua y el jabón. Pero cuando logro ir sentado, que es las menos veces, se me sienta al lado un gordo barrigón y seboso que me apachurra contra la ventanilla y no me deja ni cambiar de página el periódico que trato de leer. Y lo peor, que si al conductor, que es el dueño y señor del vehículo, no le sale de sus timbales poner el aire acondicionado, te jodiste, chavalón, a coger el periódico, a doblarlo como puedas, y a ejercitar los músculos abanicándote durante todo el recorrido, porque ni abriendo la ventanilla te vas a librar del sudor y del cabreo.
Una señorita tipo Pimpinela me mira y me dice: ¿para qué estarán los equipos de aire acondicionado en los autobuses, si casi nunca los conectan y una tiene que ir aquí friéndose como un bisté de solomillo? Me dan ganas de reírme de la inocente, que seguramente exagera un poco, pero el calor no me deja. El conductor lleva su ventanilla abierta y en la mano izquierda un pitillo mientras mueve el volante con la derecha y al mismo tiempo lee el periódico gratis en las paraditas por el semáforo, el atasco, el turismo cruzado en el medio, y eso cuando no lleva una pasajera permanente al lado dándole cháchara y distrayéndolo del recorrido.
El otro día una joven del ambiente tuvo un ataque de ferecía galopante con crisis nerviosa y empezó a golpear la carrocería del autobús de la línea 26 donde yo por desgracia me encontraba encerrado, y casi rompe los cristales de las ventanillas, todo porque el dichoso autobús llevaba ya, desde la esquina del Paseo del Prado y calle Atocha hasta el borde de la Plaza Antón Martín (o sea, menos de un kilómetro) nada menos que... ¡24 minutos! Casi nada. A la joven tuvieron que reducirla entre el conductor y dos señores fuertes, y tratar de calmarla, porque óiganme, que eso es otra cosa, el transporte urbano de esta ciudad es el segundo del planeta en lentitud, después del de Tokio, según las estadísticas. 10 kilómetros por hora, normalmente, que si es un día de manifestación, despídete.
Claro que el autobús tiene una ligera ventaja sobre el Metro: si se pincha una goma te bajas y esperas el próximo, que tarde o temprano tendrá que pasar, y respiras aire puro... bueno, casi puro digamos. Pero vamos, estás al aire libre, qué caramba, y no metido en el hueco tenebroso del túnel, que es un lugar tan lúgubre que ni a Nosferatu entusiasma. Y también tiene la facilidad de que no estás obligado a bajar y subir escaleras, que a veces, cuando estás cargado de bolsas y de bultos, es de anjá y basta, Perico. No te jode. Hombre, no todo van a ser desgracias, eh.
En fin, que prefiero las ciudades pequeñas donde uno puede ir a cualquier sitio a pie, o caminando, que parece lo mismo, pero no lo es, porque un día me dio por sacar cuentas aritméticas y descubrí (ya era hora) que si vives 80 años, te pasas 20 haciendo dos cosas: 1) esperando un transporte, 2) metido en el transporte. Óiganme, que no es para reírse: 20 de 80, una bobada.
Augusto Lázaro
@augustodelatorr

jueves, 15 de noviembre de 2012

¿RODEADO DE LA NADA?


1

Imagínate que una mañana te despiertas y recuerdas que has soñado que todo lo que te rodea es falso, que has vivido en una mentira, que no puedes confiar en nadie, que... y te restregas los ojos, te incorporas, te levantas, vas al baño, te echas agua en la cara, y de pronto te das cuenta de que no ha sido un sueño, que todo eso lo piensas porque por alguna casualidad circunstancial te has dado cuenta hoy, ahora, de que todo lo que te rodea es falso, que has vivido en una mentira, que no puedes confiar en nadie, que... entonces te preguntas: ¿qué hacer? Regresas al dormitorio, te sientas en la cama, y piensas, analizas, meditas durante unos minutos, pero es inútil: aunque te repites la pregunta ¿qué hacer? muchas veces, no encuentras la respuesta...

2

Una vecina que vivía detrás de nuestra casa, que siempre venía a hablar con mi mamá y contarle infinidad de cosas extrañas que veía, oía, o le sucedían, llegó una noche sudando, muy nerviosa, en un vivo temblor, y le dijo a mi mamá que había visto en el patio de su casa a una mujer vestida de blanco con un candelabro en sus manos y unos ojos llenos de fuego, que se acercaba a ella amenazante... Yo era apenas un niño que comenzaba a conocer el mundo y me metí en mi cuarto, erizado, oyendo de lejos la conversación. Mis padres no eran adictos a esas creencias, pero respetaban y siempre atendían a quienes acudían a la casa a visitarnos. Cuando crecí unos años, como curioso que era (y que soy), le pregunté a nuestro médico de familia al respecto. Su respuesta me ayudó a conocer algo más este mundo:

--¡Ah! Tu vecina vio a esa mujer de verdad, pero claro que esa mujer no existe. Ella la vio por el poder de su imaginación que la hizo verla, en su excitación nerviosa, y como es supersticiosa, fue capaz de verla, como sería capaz de ver a un elefante volando. Pero no temas, no hay ninguna mujer vestida de blanco ni ningún elefante volando, a no ser en los muñequitos o en las películas de Walt Disney. Sólo fue una alucinación...

3

Quizás tú seas una de esas personas que creen en cualquier cosa, aunque esa cualquier cosa sea sobrenatural. Y quizás seas de las que cuando cae en tus manos alguna revista o un diario que publica los famosos y tan económicamente productivos HOROSCOPOS los devores con ansias, esperando encontrar en sus predicciones algo positivo que anime un poco tu estado tan necesitado de leer (y oír) cosas edificantes. Pues bien: adquiere o compra 10 revistas y 10 periódicos que publiquen horóscopos: léelos todos, uno por uno, con cuidado, y comprobarás que en esos 20 mensajes no hay dos iguales. O sea, que cada quien que escribe los horóscopos publica lo que le da su real gana, por el dinero que le paga ese medio informativo y no porque “adivine” tu pasado, tu presente o tu futuro. ¡Ah!, pero en esos horóscopos jamás encontrarás algo que diga: usted etá en fase terminal y sólo le quedan 5 semanas de vida...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

sábado, 10 de noviembre de 2012

SE ACABARON LOS COLCHONES


Ñico se incorporó de un salto y se quedó en la cama como un monje budista. Se restregó los ojos. Se rascó la cabeza. "Menos mal que no falló", se dijo, cuando encendió la luz y miró el despertador que marcaba exactamente

--las cuatro, chica -le dijo, desamodorrándose, a Mercedes, que también se había despertado, aunque no tan de súbito, y le preguntó qué hora era.

--¿Para qué lo pusiste tan temprano? -exclamó Bola de Sebo, como cariñosamente le decía Ñico a su mujer.

--Mira, no empieces con la embromadera y vuélvete a dormir.

Pero ya Mercedes se estaba calzando las chancletas plásticas y no le hizo caso.

--Voy a colar un buche -dijo.

Después de pensarlo un ratico, volverse a restregar los ojos y rascarse la cabeza por segunda vez, Ñico decidió que no le quedaba más remedio que levantarse. Comenzó a vestirse cuando ya Mercedes le traía una taza echando humo.

--Se te fue la mano con el agua, mija.

Antes de salir, Ñico se tomó un jarro de leche bien caliente, rechazando el pantostado que le ofreció Mercedes. "Tiene un poquito de mantequilla, muchacho". Pero Ñico se cepilló los dientes, se dio un par de peinazos con el tenedor de pino ruso, y terminando de abrocharse la camisa Benny le dijo: "A ver si amanecí con suerte hoy", y se dobló hacia atrás, apretándose la cintura con las dos manos, "porque ya tengo la espalda que parece una tabla de planchar".

No había nadie en Calvario a esa hora y aunque no hacía frío Ñico sintió el aire de la madrugada pegándosele en las mejillas y restregándole el humo del cigarro en plena cara. "A lo mejor cojo un número bajito", pensó, "porque nada más son diez colchones". Y en efecto, él los había visto ayer cuando el camión de Comercio Interior los descargaba en la tienda NOVEDADES de la Plaza de Marte. Entonces se había aproximado, quedándose en éxtasis ante tanta belleza, comodidad y olor a nuevo. "Y que son de muelles", descubrió al tocar uno, ante la mirada indiferente del manipulador. Hacía varios meses se lo había dicho a Mercedes:

--Oye, Bolita, yo creo que con los ahorritos que tenemos podríamos comprarnos un colchón nuevo, ¿no te parece? Porque la verdad que éste ya está largando el piojo.

Mercedes no dijo ni ¡hum! Sabía que cuando a su marido se le metia algo entre las cejas era inútil tratar de persuadirlo.

--Chica, parece que a ti no te gusta dormir cómoda -le espetó Ñico una noche en que tuvieron que acostarse temprano, porque ni la abuela Amanda resistió la programación de la tele.

--A mí sí me gusta dormir cómoda, Ñiquín, pero es que cada vez que sacan los dichosos colchones tú dices lo mismo, y por tu haraganería siempre llegas cuando ya no quedan ni almohadas.

Ñico se rascó la cabeza y reconoció a su pesar que su mujer tenía razón.

--Por eso la próxima vez me levanto a las cuatro y tú verás.

Y ahora Ñico subía Aguilera, todavía a oscuras, con el cigarro colgándole en laboca y con las manos metidas en los bolsillos. Al llegar a la Plaza de Marte no vio a nadie por los alrededores. "No puede ser", pensó, y buscó con los ojos alguna silueta escondida entre los arbustos o debajo de los bancos o detrás del obelisco, que le dijera que todavía estaba amodorrado por el sueño. Pero no: no había nadie.

--¡Coño! Soy el uno -gritó, sacándose las manos de los bolsillos y lanzando el cabo del cigarro a la esquina de Garzón-. ¡El colchón es mío!

Y cerró los ojos, imaginándose la placidez de un sueño suave junto a su mujercita, en una horizontalidad que invitaba a la caricia y al descanso. Poco a poco fueron llegando los supuestos usuarios y formaron una cola que daba gusto verla, por la disciplina que mantenían tantos cuerpos en fila. Pero Ñico tenía el uno. Y cada vez que miraba su reloj se repetía mentalmente: "¡El colchón es mío!"

Por fin se abrió la puerta de la tienda cuando ya el sol calentaba las cabezas, las pañoletas y los rulos de quienes habían esperado con paciencia de gato, aunque a partir del número once esperaban en vano, porque sólo había diez colchones, y eso lo sabía Ñico, que los había contado uno por uno. "Los pobres", se decía, mirando la cola con benevolencia. Y ahora estaba dentro de la tienda. Y ahora, ¡por fin!, podría comprar su tantos meses deseado flamante colchón. Porque Ñico tenía el uno.

--¿Qué desea? -preguntó sin mirar un hombre grueso que emborronaba vales en el mostrador.

--¡Un colchón de muelles! -casi gritó Ñico alborozado, repasando sus planes de descanso y placidez.

--¡Se acabaron los colchones!

Ñico pensó que había oído mal. "Ya me lo decía Bolita, que tengo que ir a ver al otorrino". En cuestión de segundos pasaron por su mente millares de ideas, todas espeluznantes. Pero reaccionó de inmediato.

--¿Cómo dice?

--Que se acabaron los colchones -el gordo levantó la cabeza por primera vez y lo miró-. ¿Usted es sordo o qué?

--Pero...

Pero Ñico no pudo decir nada. Ahora estaba convencido de que no eran fallos de su sistema auditivo y no podía de ninguna manera admitir esa idea increíble, ilógica, absurda.

--¿Cómo que se acabaron, compadre? -gritó uno de la cola-. Si yo los vi aqui ayer por la noche, que los estaban acomodando en el recibidor.

--Pues se acabaron, compañero. Los vendimos todos ya.

--¿Que los vendieron todos ya? ¿Y a quién? Porque nosotros somos los primeros en la cola y de aquí nadie ha salido con ningún colchón.

--Se los vendimos a los empleados.

Ñico tuvo que alzar mucho la voz, porque los comentarios y las protestas de losdemás usuarios aumentaban de tono y de volumen segundo a segundo, hasta hacerse amenazantes. Al encender un cigarro, Ñico se quemó las pestañas con la llamita del fósforo, pero enseguida gritó:

--¿Qué es eso de venderle los colchones a los empleados? ¿Usted se cree que aquí nos chupamos el dedo?

Entonces el resto de la cola se desplayó sin miramientos.

--Sí, sí, sí, ¿qué coño es eso?

--Eso no puede ser.

--Déjate de jodiendas, masa boba.

--No no no, que saquen los colchones, vamos, que los saquen ya.

--¿Qué se ha figurado el gordo pendejo este?

Y el coro de insultos, gritos y malas palabras, se mantuvo in crescendo hasta que el dependiente, en actitud de ofendido, les gritó a todos con su voz de acordeón viejo que cerraran el pico y si no llamaría a la policía, lo que no causó ningún efecto en el público presente. Viendo que no se calmaban, aumentó el volumen de su voz:

--¿Y ustedes qué coño se creen? ¿Eh? ¿Qué coño se creen? Estos compañeros de la tienda son tan trabajadores como ustedes, ¿eh? Y hacen sus guardias, y van al trabajo voluntario, y quieren dormir sabroso como ustedes, ¿eh? ¡Ah! Y tienen los mismos derechos que ustedes. ¡No faltaba más!...

Cuando Ñico dobló por Rey Pelayo, de regreso a su casa, con la cara estirada como un bastidor de colombina remozadok y con las manos metidas en los bolsillos observó que en la puerta de su casa, de espaldas a él, Mercedes comentaba con una vecina a voz en cuello:

--Pues sí, mi amiga, el colchón debe estar al llegar. Imagínate lo rico que vamos a dormir esta noche...

 

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

lunes, 5 de noviembre de 2012

¿PREPARARSE PARA VIVIR?


En la novela No sólo de pan vive el hombre hay sentencias que por crudas y reales tenemos que aceptar. Una de ellas es: el hombre nace para vivir, no para prepararse para vivir, en ese caso referida al control de un régimen totalitario que quiere imponer a los ciudadanos cómo tienen que pensar, sentir, hablar, actuar y sobre todo, cómo tienen que "prepararse para vivir", y lo peor es que en algunos casos una persona pasa casi toda su vida "preparándose" para vivir, dejando por tanto de vivir.
Si prestamos atención a prospectos, folletos, separatas, periódicos, cuadernos, libros, y sobre todo anuncios publicitarios que nos sugieren, recomiendan, indican, incluso nos "hacen" pensar lo que debemos hacer, la vida moderna resulta una manipulación constante de la mentalidad de cada persona que se convierte en un posible usuario, consumidor o cliente. Un prospecto de cualquier medicina que tomemos, por ejemplo, nos dice que antes de tomar el comprimido X... no tome el comprimido X si...  tenga especial cuidado con el comprimido X si... y nos da una larga relación de situaciones que si las tenemos o las hemos tenido no debemos tomar el dichoso comprimido X... y más adelante en el mismo prospecto nos señala cómo tomar la medicina, los posibles efectos adversos, los trastornos que pueden ocurrir si la tomamos, etc. Si seguimos todas esas advertencias... no tomamos ninguna medicina recetada.

Hojeando una de esas revistas que nos ayudan a conservar o mejorar nuestra salud, recomendándonos productos, medicinas, ejercicios, costumbres, métodos, régimen de vida, se resume lo expuesto: es una aventura que pasa por todo nuestro cuerpo como una película en imágenes sin ningún montaje: cuidado del pelo (haga esto y use esto), cuidado de los ojos (haga esto y compre esto), la piel del rostro (haga esto y aplíquese tal crema), la garganta, si tiene tos seca, si no respira bien, si nota que está oyendo menos, los dolores de estómago, la espalda que hay que cuidar, los insomnios, vahídos, desarreglos digestivos, la dentadura, los pies con cachaza... etc. etc. etc., y todo para que dediquemos las 24 horas del día a atender cada parte de nuestro cuerpo, por supuesto adquiriendo y usando los productos que para resolver esos problemas han creado las grandes empresas que tanto nos quieren y tanto desean que vivamos una vida plena sin ningún tipo de problemas de salud.

Si en realidad nos dedicáramos a atender tantas recomendaciones, estaríamos ante dos problemas más serios que todos los prospectos que nos caen encima: 1) gastar dinero comprando los artículos y productos que se anuncian para calmar o eliminar nuestros problemas de salud, y 2) dedicar todo el tiempo a esa actividad, no pudiendo desarrollar otro tipo de vida que no sea vivir para el cuerpo, para poder después (¿después de qué?) vivir a plenitud. Nada, dedicarnos a prepararnos para vivir... dejando de vivir.

Y en cuanto a las cosas que solemos comer... mejor no digo nada, pues si nos atenemos a tantas advertencias sobre los alimentos, ni el agua del grifo consumiríamos, porque hasta en ella hay microbios y bacterias dañinas que nos van a hacer la vida más complicada aún de lo que ya la tenemos.

O sea, que hay que vivir primero, porque para eso nacimos, y después, quizás dedicar un poquito de nuestro precioso tiempo a "cuidarnos" oyendo los consejos de tantos que intentan cuidarnos demasiado, impidiéndonos disfrutar de estos dos días que dicen los realistas que es la vida...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr