jueves, 29 de septiembre de 2011

DOMINGOS DE RECUERDOS

Domingos: días demasiado largos en los que el reloj parece caminar en cámara lenta. Todo el día en casa, haciendo todo lo que no hago los demás días: cambiando la funda de la almohada, limpiando la afeitadora, echándome audispray en los oídos, tomándome la tensión arterial, limpiando mi habitación, ordenando la papelería, revisando mis trabajos literarios o periodísticos, trabajando con la computadora (el ordenador), leyendo más de lo habitual, y viendo algún programa en la televisión si es que alguno me interesa, hasta que alrededor de las diez de la noche me pongo a ver una película en mi DVD, si en los canales que las pasan sin anuncios no hay ninguna que me llame la atención. Creo que soy alérgico a la publicidad.

A pesar de todo lo anterior, el día se me hace demasiado largo. Por eso no me gustan los domingos, días pesados en que el tiempo parece congelado. El ruido y la bulla de las calles cercanas se reducen tanto que a veces paso varios minutos sin oír ni siquiera mi propia respiración. Y dentro de mi espacio nada altera el orden establecido por mí, y si nadie viene a visitarme, el silencio se apodera de todos los rincones. A veces pongo algún disco en el equipo de música, o sintonizo alguna emisora radial, pero las que no son musicales sólo trasmiten fútbol y las otras un tipo de música que no me apetece escuchar. Radio Clásica se oye mal en estéreo y Radio 3 no siempre tiene buenos programas. Buenos según mi opinión, mi gusto y mi criterio, no significa que no sean buenos para otras personas.

Un domingo es un día no sólo pesado y demasiado lento, sino que es el único día en que puedo estar las 24 horas sin cruzar una sola palabra con ningún ser humano, a no ser que alguien me llame por teléfono y entonces oiga una voz y entable un diálogo de varios minutos. Sólo de varios minutos. Es entonces en esta soledad silenciosa y apacible cuando los recuerdos se apoderan de mis pensamientos, unas veces para bien, otras para mal, porque me da por pensar en que si pudiera vivir otra vez todo lo haría distinto. Todo, porque soy de los que creen que el pasado nos sorprendió casi sin darnos cuenta, y se nos escapó cuando menos lo esperábamos, sin dejarnos ni siquiera una pequeña, muy pequeña oportunidad de vivirlo de otro modo. De rectificarlo quizás. De transformarlo. Y eso es la nostalgia.

Pero a pesar de la enorme pesadez de los domingos (creo que así titulé un viejo poema incluido en una entrada de este blog hace tiempo) me gusta quedarme en mi espacio y pasar de este modo 24 horas dentro, fuera de la calle empapada de ausencia, donde un día como éste no puede encontrarse mucho movimiento ni muchas opciones donde escoger, sobre todo para alguien que, como yo, no es muy amigo de ir al cine o a algún otro espectáculo de ocio, que más fácilmente puede encontrar en casa, aunque algunos amigos, especialmente amigas, me recriminan, diciéndome que me estoy poniendo viejo, como si ya no lo estuviera.

Domingos: días de recogimiento, les digo, y quizás de nostalgia, porque los recuerdos los llevo siempre, cualquier día, a cualquier hora y en cualquier lugar donde me encuentre. Y una muestra es el poema que a continuación les dejo, aunque sé que, lamentablemente, este es un género literario que cada día pierde más simpatizantes...

ESTA CASA MIA DONDE YA NO RESPIRO

tu perfume el perfume que siempre dejabas en la almohada

después del intermedio a un nuevo encuentro

desenfrenado y a la vez tan lleno de ternura en el epílogo

esta casa mía donde sólo ha quedado la rememoración

de nuestro atormentado amor amenazado siempre

por tus nerviosas miradas al reloj y tus impedimentos

para dedicarnos por entero a amarnos sin más paliativos

que la muerte cuando al fin nos separara

aunque nos habíamos jurado en el vórtice

del placer disfrutado hasta el clímax

amarnos hasta después de muertos

¡qué ilusos! ¡qué desatinados tan inmersos

en el escaso tiempo y en el reducido espacio

que cobijó nuestro inusual cariño!

y ahora ¡ay! ya no queda más que el resto

de lo poco que pudimos permitirnos

en esta casa mía tan llena de tarecos

de cosas inútiles que me rodean

cuando inevitable y repetidamente

te echo tanto de menos


Augusto Lázaro

domingo, 25 de septiembre de 2011

SOLO LOS ZAPATOS

Subió en la estación de Atocha. Yo me dirigía a Villaverde Alto, a visitar a unos amigos que hacía meses no veía. La observé en silencio. Me llamó la atención el aire de muchacha tímida que se le notaba por su manera de sentarse y colocar sus manos y sus piernas. Llevaba un bolsito pequeño y un libro, también pequeño, que sacó del bolso. Yo no me imaginaba que se bajaría enseguida, y la observé discretamente. Antes de bajarme, no pude resistir la tentación de acercarme a su asiento y casi murmurarle:

“lo único que no me gusta son los zapatos... en lo demás le doy diez”.

Sólo me respondió con una sonrisa. Me bajé en mi destino y contemplé el tren que se alejaba, que se la llevaba de mi vista, quedándome con esa grata sensación que produce lo bello. Y si es lo bello femenino, más. Al menos para mí.

Ya de regreso a casa no pensé en la muchacha. Quizás sería una de las tantas muchachas que veía a diario, en las estaciones, en las paradas, en los transportes que usaba casi todos los días. Y mi vida continuó con su mecánica de siempre, recordando a aquel bardo que exclamó, al paso del entierro de una joven muy joven cuyo cuerpo sin vida llevaban al camposanto:

“un ángel más”

porque antes, un filósofo que vio el cortejo, había exclamado: “uno menos”, sentenciando con esa frase drástica lo poco de valor que tiene una vida cualquiera que termina, lo mismo a los 15 que a los 85 años.

Una semana después, cuando ya no me acordaba de la muchacha, al subir al tren (esta vez en la estación de Méndez Alvaro) me la encuentro, sentada igual que la vez anterior, con su bolsito y su libro, y una ropa parecida, creí recordar, a aquella que llevaba cuando la descubrí en aquel viaje. Me senté frente a ella, sonriéndole por cortesía, mientras ella me devolvía la sonrisa, dejando descansar el libro sobre su regazo. Para mi sorpresa, me miró fijamente y me dijo:

--¿No se ha dado cuenta?

Y me señaló sus zapatos, que no eran los mismos que llevaba aquel día.

Pero mi sorpresa creció cuando me dijo, también casi en un susurro:

--Los tiré. Usted tenía razón: no encajaban con el resto. Muchas gracias. Tiene usted muy buen gusto.

Y sonrió, volviendo a su libro, sin darme apenas chance para agradecerle su amabilidad y no comentar lo que había hecho con sus feos zapatos, lo único feo que había mostrado en el primer encuentro.

Augusto Lázaro

NOTA: una vez redireccionada la configuración, todos los lectores que así lo deseen pueden dejar sus comentarios sobre cualquier entrada o en general sobre el blog. Muchas gracias.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

EL CANDIDATO

Como cualquier persona normal, tengo una cuenta de ahorros en un banco español, y algún dinerito en casa, porsia. Aunque alguna autoridad pudiera acceder a mi cuenta de ahorros, ¿podrían saber qué cantidad guardo en algún lugar donde vivo, o quizás en mi bolsillo o en mi portafolios de forma permanente? Claro que no. Entonces, es una tontería eso de que los señores diputados "declaren" su patrimonio en efectivo, o sea, en dinero, por la misma razón de que nadie podrá saber cuánto dinero guardan en sus residencias. Por tanto, no voy a referirme al dinero que tiene o que puede tener EL CANDIDATO, pues creo que, aparte del mismo, no lo sabe ni Dios.

EL CANDIDATO ha declarado, como los demás, su patrimonio, y el pueblo que ha visto esa declaración en la prensa tiene, ¡qué remedio!, que creerse (una vez más) lo que dicen los políticos, aunque la mayoría sabe que los políticos nunca dicen la verdad. No son tan tontos. Pues analizando las escasísimas posibilidades que tiene EL CANDIDATO para ganar las elecciones y tomar el poder, me he puesto a pensar que esa creencia que tienen los del Partido Popular de que ya tienen el triunfo asegurado corre el riesgo de enfrentarse a una sorpresa, porque EL CANDIDATO ya ha dado muestras de lo que sabe y es capaz de hacer: no hay más que recordar, entre otras cosas, su actuación en marzo de 2004, en que gracias a su inteligencia sobrenatural llevó al poder al que será recordado como el mal mayor en la presidencia del gobierno de España, o sea: José Luis Rodríguez Zapatero. Si a alguien tiene Rodríguez que agradecerle el haber permanecido casi ocho años maltratando a este país, es al CANDIDATO, que ahora, sin estar en el gobierno, es quien gobierna en realidad.

Me gustaría pensar que EL CANDIDATO es un demócrata respetuoso de las leyes de la democracia, pero su actuación en marzo de 2004 dice lo contrario, su actuación durante el gobierno de los GAL dice lo contrario, su actuación en el caso FAISAN dice lo contrario, y así sucesivamente, este hombre de apellido Pérez ha demostrado su poco respeto por la democracia. De ahí que cabe esperar que, sabiendo que no va a ganar las elecciones democráticamente, esté planeando (o pueda planear) alguna fórmula mágica para lograr que el voto hacia el Partido Popular se vuelva en contra, como sucedió en marzo de 2004. Son suposiciones, pero de una persona de esa característica puede esperarse cualquier cosa.

Y cuando digo cualquier cosa quiero decir cualquier cosa, desde preparar alguna acción que cambie la asistencia (o la votación) a las urnas el día de las elecciones, hasta utilizar a “sus muchachos” del 15-M (los llamados indignados) para intentar lograr una especie de “pucherazo” como se conoce este tipo de acciones en la América Latina, tan acostumbrada a ellas. Miren su última gracia: instando al gobierno de Cataluña a que “se cague” (y perdonen la grosería) en la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la enseñanza también en Castellano en las escuelas. O sea, que no respeta ni a la democracia ni a las leyes, sobre todo cuando no le conviene respetarlas. Y me pregunto: España está mal, pero ¿cómo estaría con semejante personaje como Presidente del Gobierno? A ver quién me responde.

Pero en fin, que si esto sucediera, ¿qué haría la falsa oposición? ¿Qué harían los periodistas españoles, los medios de información, los sindicatos, las “clases vivas”, las instituciones aparentemente democráticas, etc.? Pues nada. Lo mismo que hicieron en marzo de 2004: ¡nada! Y mientras, el supuestlo seguro vencedor de los comicios, el Partido Popular (que tampoco es la novena maravilla del mundo ni mucho menos), se solaza, echado en la tumbona de la espera, convencido, tontamente, de que EL CANDIDATO es un adversario demócrata, digno de perder las elecciones, incluso con la consabida, deseada y soñada mayoría absoluta.

Ojalá me equivoque, pero las próximas elecciones sin dudas que se desarrollarán en un ambiente calientico. A pesar de que se celebrarán ya avanzado el otoño. Y en caso de que el Partido Popular las ganara, no quiero ni pensar a qué tendría que enfrentarse tan pronto se hiciera cargo del poder...

Augusto Lázaro

sábado, 17 de septiembre de 2011

ISABEL Y LOS GATOS

Los gatos son animales ariscos que generalmente huyen cuando alguien se les acerca. Sólo aceptan y buscan la compañía humana cuando pertenecen a esa compañía, o sea, viven en una casa y se compenetran con el dueño o con los dueños de la misma, e incluso a veces saltan sobre sus regazos para acurrucarse sin ningún tipo de miedo o desconfianza. Pues bien, esos gatos, cuando Isabel (una de sus ángeles guardianes) se acerca y pega un grito en el muro que da al patio de tierra, una especie de ¡holaaaaa! protagonizan un espectáculo: los 30 gatos corren hacia ella y se le pegan a las piernas, la olisquean, ronronean, porque saben que ella trae su alimento, mientras yo disfruto mirándolos con una sonrisa, asomado a la ventana de mi habitación, cosa que casi nunca hago.

En el patio de la basílica de San Francisco El Grande viven nada menos que 32 gatos, que disfrutan del espacio a plenitud, porque ese espacio no se usa nunca para nada, y en él los gatos merodean día y noche como si estuvieran en un bosque hecho por la propia Naturaleza especialmente para ellos. Algunas tardes entra una señora (realmente no sé cómo, pues para entrar hay que trepar por una cerca de metal cerrada siempre) que suele atenderlos, o sea: les trae algo de comer, les limpia sus “casas” donde se guarecen cuando llueve o nieva, les arregla los lugares donde les echa la comida, y algunas otras cosillas para que se sientan cómodos y dueños absolutos del sitio. Pero la que se ocupa realmente de alimentarlos es Isabel, que siempre llega cargada de cacharros con los alimentos que los gatos saben que ella trae. Y así comienza el espectáculo.

Isabel es una señora mayor que vive sola en el edificio donde vivo. De baja estatura, viste muy sobriamente, siempre saluda, y su sonrisa la regala a todo el que le pasa por el lado, sin escatimar diferencias que parece que ella no distingue. Una vez me dijo en un autobús en el que coincidimos por casualidad:

--El mundo sería más feliz si todos nos tratásemos como amigos... pero por desgracia, hay personas que no piensan así.

Y me quedé pensando cuánta razón tenía. Después de ese encuentro breve y sustancioso sobre ruedas, algunas tardes me asomo a la hora en que más o menos sé que Isabel llegará con la comida que sus amigos los gatos “de raza”, dice ella, la estén esperando para acercarse como siempre, con sus mimos, olvidándose de lo ariscos que suelen ser con casi todo el mundo. Mirando a Isabel pienso que ella es feliz al poder hacer el bien, y que si es así con los gatos, me imagino que será todo un cielo con los seres humanos que la necesiten. Y también siento lo mismo, que esta humanidad que tan disipadamente vive, sería mucho más feliz si todos fuéramos amigos y nos olvidáramos de las discordias estúpidas por la ideología, la política asquerosa, la religión, los puntos de vista y los gustos de cada cual, las costumbres, y todo lo que en alguna medida, para mentes cerradas, puede separar y enemistar a los seres humanos.

Isabel es una mujer de una época más avanzada que ojalá llegue a La Tierra alguna vez. Porque por personas como ella vale la pena seguir viviendo, y seguir luchando para que nuestros congéneres reciban una sonrisa y no una virada de ojos...

Augusto Lázaro

martes, 13 de septiembre de 2011

LOS DESESPERADOS

En España (puede que en todo el mundo) hay un tipo de personas que por sus características se ha convertido en un tipo de personajes: los desesperados. Son muy amplias sus manifestaciones y sus maneras de identificarse, pero quizás por eso mismo pueden distinguirse a simple vista, si uno es observador, como es el caso, y se para o se sienta en un espacio público a observarlos. Créanme, siempre resultan interesantes, aunque sólo (y esa es su limitación para el ocio) en la primera vez, ya que cuando se les conoce ya se sabe lo que van a hacer en cada ocasión similar. Veamos algunos ejemplos de desesperados:

Los desesperados del transporte son fáciles de reconocer: si van en el Metro, medio kilómetro antes de llegar a la estación a donde van se levantan (si están sentados), se acercan a la puerta, y con una mano manipulan el manillón como si el tren se fuera a detener antes de parar totalmente en la estación. Si van en un tren de cercanías, lo mismo: se paran, se acercan a la puerta y aprietan el botón verde de abrir antes de que el tren se haya detenido. Y en los autobuses, cuando todavía el vehículo está en la parada anterior a la suya, ya aprietan el botón del aviso de parada y se levantan, pegándose a la puerta. Son personajes interesantes, aunque no todos lo hacen por nerviosismo. Dice mi amigo Juan que muchos lo hacen porque son escasos de materia. ¿Qué habrá querido decir con eso?

En las ofertas de rebajas de muchos grandes centros, los desesperados se acomodan, sin dejar de moverse y de mirar a quienes los rodean, cerca de la puerta, y tan pronto ésta se abre, corren como perseguidos hacia adentro, sin siquiera saber bien a dónde deben dirigirse para adquirir lo que van a adquirir, que al final no será lo que necesitan, sino lo que se les ocurra una vez dentro de la tienda, mirando los nuevos precios de cualqujier artículo. En los organismos del Estado, cuando esperan su turno, los desesperados no paran de moverse, de levantarse y acercarse a la pizarra donde aparecen los números, de comentar con el vecino más próximo el calor que hace o lo que se demoran para marcar el turno. Y en las paradas ni se diga: un desesperado se muestra intranquilo, mirando su reloj constantemente, asomándose a ver si viene el autobús, registrando su cartera o su bolso, encendiendo un cigarrillo sabiendo que puede ser que venga el transporte y tenga que tirarlo con sólo dos chupadas, etc. Y cuando al fin aparece el dichoso autobús, al abordaje, antes que se vaya y me dejen, majete, que estoy con un poco de prisa, como siempre.

Y si se trata de algún turno con el médico, mejor pasarlo, porque la desesperada (en este caso supongamos que es mujer) no hace más que morderse las uñas, pararse y acercarse a la puerta de la consulta, preguntarle a la señora que tiene al lado si la doctora está dentro consultando y qué turno tiene ella, y cada vez que se abre la puerta y sale alguien, levantarse para ver si le toca, aunque sabe que todavía no le toca.

Los desesperados no caminan, casi corren en la calle, como si el tiempo les fuera a impedir llegar a donde van, siempre están nerviosos, algunos hacen gestos o muecas, otros entablan conversaciones con alguien a quien no le intreresa conversar y sólo asiente resignándose a soportar la filípica sobre el tiempo o lo cara que se ha puesto la vida, a veces se les van las cuerdas y alzan tanto la voz que alrededor se oye lo que dicen en los 500 metros cuadrados circundantes, tropiezan por su rapidez en alcanzar la otra acera sin esperar el semáforo, se disculpan con el señor a quien han dado un empujón por el apuro, no dejan salir de los vagones cuando llega el metro, a pesar del letrero y de la buena educación (me suena esa palabra), y así pasan sus días, nunca tranquilos y nunca convencidos de que la vida, por mucho que se apuren, no va a transcurrir más rápido.

Quizás si se llamaran a contar y comprendieran el refrán chino, vivirían mejor y eliminarían los estreses que seguramente padecen y el peligro de detonar enfermedades que podrían evitarse con una ración de paz y de tranquilidad, intentando vivir al ritmo de la vida moderna, que no es ni tan agitada como imaginamos ni tan pasmosa como algunos hacen que la viven.

Y no quiero hablar de los desesperados futbolísticos, que eso es una historia que merece un comentario aparte.

Hace días conocí a una señora, a la entrada del centro de especialidades a donde había acudido a practicarme una analítica de rutina, que me contó que se había levantado a las 4 de la madrugada porque ese día tenía que hacerse una similar, y desde las 4.30 estaba anclada en la puerta que sólo abrirían a las 8. La señora pensaba que sería la primera, y así se fue poblando aquella entrada. Pero cuando abrieron, parece que había otros desesperados que se abalanzaron (sic) hacia dentro, donde sacaron el turno de la máquina automática, y cuando la señora llegó arriba, resulta que le había tocado el 14... y una jovencita ligeramente vestida que llegó a las 7.56, obtuvo... el número 1. Habrá que oír a los chinos que dicen que

“si tu mal tiene cura, ¿p’a qué te apuras? Y si tu mal no tiene cura, ¿p’a qué te apuras?

Augusto Lázaro

viernes, 9 de septiembre de 2011

¿ABURRIRSE? DE NINGUNA MANERA

Hace unos días leí una especie de micro relato (no sé cómo llamarlo en realidad) del periodista Alberto Martín en la edición digital de la revista TIEMPO que me motivó a escribir lo que van a leer, y espero que no se aburran ejerciendo tan noble oficio, o sea, el de lector.

Porque se trata del aburrimiento, nada menos. Tema interesante sin dudas, porque, glosando al gran nicaragüense: ¿quién que es no se ha aburrido alguna vez? En el edificio donde vivo hay una buena cantidad de personas que suelen aburrirse bastante, a diario, y al parecer a esas personas aburrirse les produce cierto placer, porque también al parecer, piensan ellos que quien se aburre casi constantemente es porque no tiene problemas que lo aturdan o porque el ocio y el llamado “arte de no hacer nada” está acorde con la edad y con el bienestar que produce sentarse en un banco a ver pasar la gente, y si no pasa gente, a mirar el espacio y recordar lo que de bueno pueda en su ya larga vida. Porque casi siempre los que se aburren son los viejos.

Uno de esos aburridos que vive en mi planta, confiesa orgulloso que duerme
¡14 horas diarias!. Comentando el asunto con Juan Maguey, en un viaje en tren hacia Navacerrada, me dijo soltando una risa que se oyó a varios asientos de distancia:

--¿Por qué duerme tanto? Hombre, si está claro: porque despierto no tiene nada que hacer.

Y me pregunto cómo es posible que alguien realmente no tenga nada que
hacer. Por muy seboruco que sea, siempre hay cosas que requieren nuestra atención, aunque sólo se trate de pasarle un paño a los zapatos o sacudir el polvo de los muebles, y si acaso ir al cine, conversar con amigos en un bar, echar una partida de dominó en el centro de mayores, pero... no tener nada que hacer...

--Bueno, Juan, pero eso parece cosa de literatura.

--Es cosa de literatura. Esos que siguen las lecciones del libro EL ARTE DE NO HACER NADA son personajes de ficción, gente vacía cuyo único sentido para seguir viviendo es ése, seguiir no haciendo nada. Pero si así son felices...

Y puede que así sean felices, aunque si analizamos a fondo la cuestión, no hacer nada es imposible: ¿cómo podría una persona estar sin hacer nada? Porque hasta cuando está durmiendo, esa persona tendría que respirar, quizás roncar, moverse en la cama, etc., y en caso de que pudiera obviar estas acciones (menos la respiración) al despertarse tendría que ponerse en movimiento, a no ser que decidiera continuar en posición horizontal todo el día. Y hasta eso sería imposible, llegaría un momento en que su propio cuerpo le pediría movimiento.

Pero para aburrirse no hace falta mucho embullo. Conozco a algunos que han convertido el banco del parque o de la plazoleta en su sitio de vivir diez y seis horas al día. Aburridos como un camello solitario en el Gobi. Otros que en su vivienda (cuando viven solos) se aburren hasta de ver la tele, y los amantes del fútbol llegan a aburrirse de ver a muchachones corriendo detrás de una pelota para darle una patada a ver si hacen un gol, que es la única jugada de ese deporte. Y también los hay que salen de sus casas sin rumbo fijo, y ya en plena calle se preguntan ¿qué hago?, ¿dónde voy?, ¿a quién busco?, y en definitivas no hacen nada, caminan, se sientan, se suben a un autobús, y dentro se aburren como bellacos, pero siempre con una sola razón ineludible: se aburren porque no tienen nada que hacer. Y señores, no tener nada que hacer es triste. Realmente muy triste, porque en la vida hay muchísimas cosas que pueden hacerse... para no aburrirse.

En fin, que junto al ensayo sobre EL ARTE DE NO HACER NADA, habría que escribir y publicar algún otro que se titulara más o menos EL ARTE DE NO ABURRIRSE, porque en estos tiempos y con la que está cayendo... vamos, que creo que no hay motivos que justifiquen el aburrimiento. ¿O sí?

Augusto Lázaro

lunes, 5 de septiembre de 2011

EL PRESIDENTE

El Presidente hizo una pausa, tomó un sorbo de agua, y se deleitó ante los aplausos de los cientos de personas que lo vitoreaban en el amplio salón abarrotado de sus seguidores, que todavía eran muchísimos, según los asesores que le animaban a seguir con su mandato tras siete largos años de altas y bajas en los que el Presidente había logrado (también según sus asesores) colocar a su país a la altura de los grandes países que controlaban la marcha del mundo en este imprevisible siglo XXI.

Mientras, en su casa, uno de sus hombres de confianza leía un artículo de Manuel Cerdán en el periódico La Gaceta (considerado tabú entre los miembros de la izquierda tradicional), no haciendo caso a su televisor en el que se veía la imagen de su jefe de filas pronunciando su discurso. El artículo resaltaba algunas frases dichas por el Presidente en sus años de gobierno:

--Hoy estamos mejor que hace un año y dentro de un año estaremos mejor que hoy (sobre ETA, en diciembre de 2006, horas antes del atentado de la T-4).
--España está totalmente a salvo de la crisis financiera (agosto de 2007).
--Estamos en la Champions League de la economía (reunión con el grupo socialista, en septiembre de 2007).
--La crisis es una falacia. Puro catastrofismo (enero de 2008).
--Los parados no son parados, son personas que se han apuntado al paro (febrero de 2008).
--Es un tema opinable si hay crisis o no hay crisis (junio de 2008).
--Mientras yo sea presidente no habrá trasvase del Ebro (marzo de 2008, mitin en Zaragoza).
--Lo enunciaré de forma sencilla, pero ambiciosa: la próxima legislatura lograremos el pleno empleo en España. No lo quiero con carácter coyuntural, lo quiero definitivo (abril de 2008).
--Miente como un bellaco quien diga que hemos hecho recortes (mayo de 2011).

El hombre de confianza del Presidente, que por estar agripado no había asistido al acto, pensó que el periodista quizás tendría razón, o quizás él (el hombre de confianza), al igual que muchos otros, se estaba dando cuenta de que en realidad el Presidente no era tan tan ni muy muy como él (y muchos otros) habían creído. Levantó la vista y aguzó los oídos para seguir el discurso, que en esos momentos enardecía a la masa concentrada. Decía el Presidente que

"la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento... y ahora estamos mejor que hace un año... ¡soy rojo!... sí, nos fuimos de Iraq por las mismas razones por las que ahora estamos en Afganistán... mi patria es la libertad... porque nación es un concepto discutido y discutible... y voy a agotar esta legislatura... rebajar impuestos es de izquierdas... ya hemos pasado a Italia y alcanzaremos y pasaremos a Francia...” y los aplausos interrumnpieron nuevamente la voz llena de emoción del Presidente que volvió a tomar un sorbo del vaso con agua que había colocado en un lugar de la tribuna.

El hombre de confianza estornudó, tomó una servilleta de papel y se limpió la nariz, y siguió pensando en su jefe de filas y en que los extranjeros que estuvieran viendo y oyendo al Presidente pensarían que estaban ante un hombre que había perdido la perspectiva, o quizás que se encontraban en un paraíso donde todo marchaba sobre ruedas, esto último, atinó a deducir el hombre de confianza, lo pensaría una minoría cuyo cacumen no podía ocupar mucho espacio dentro de su cabeza. Sin embargo, decidió no atormentar más su cerebro, tomó un sorbito de café directamente de la boca de un termo que tenía en la mesita, junto al sofá, y miró nuevamente a la pantalla no tan chica, puesto que era un televisor de plasma de unos 30 y pico de pulgadas.

Cuando el Presidente terminó su discurso, el hombrfe de confianza apagó el televisor con su mando a distancia (corta distancia por cierto), y dobló el periódico, pensando con cierta dosis de generosidad que “su” Presidente quizás creía de verdad lo que decía, por lo que llamarlo mentiroso no era más que otra de las muchas calumnias de la oposición, que en realidad no era tal, puesto que sólo la hacía, y no con mucha contundencia, el segundo partido más votado en las pasadas elecciones.

“Sin dudas –se dijo el hombre de confianza, dirigiéndose a su dormitorio para echar una siesta reconfortante-- que los extranjeros eran una cosa y los nativos otra”, por lo que se sentía seguro, al fin y a pesar de los pesares, de que el Presidente volvería a ganar las elecciones generales que se efectuarían en el año 2012...

Augusto Lázaro

jueves, 1 de septiembre de 2011

CAROL Y THERESE

De ella se ha dicho que era una mujer compleja, de carácter explosivo, atormentada y hasta perversa, antipática, maleducada, huraña, alcohólica, misógina, con relaciones de pareja siempre fracasadas y una relación tempestuosa con su madre, que la llevó a detestar a los seres humanos y enclaustrarse en su mundo literario, que nunca dejó de significar para ella toda la razón de seguir existiendo sobre la superficie de este pobre planeta que llamamos Tierra. Encantadora, ¿verdad?

Nacida en Fort Worth (Texas), vivió sus últimos años en Suiza, donde falleció a los 74 años, víctima de un cáncer probablemente provocado por su adicción al alcohol. Su verdadero nombre era Mary Patricia Plangman, pero el que la hizo famosa en una veintena de obras que la consagraron como una de las escritoras más originales y perturbadoras de la narrativa contemploránea, fue Patricia Highsmith. Maestra indiscutible de la novela de suspenso, de la cual hay que admirar su creación y olvidar, es lo mejor, su errática y desgraciada vida, porque sucede con ella y con otros grandes creadores que cuando se conocen aspectos de sus vidas privadas puede que nos caiga el desencanto hasta el punto de no comprender del todo cómo fue posible que semejantes autores (o autoras) con una vida tan disparatada, pudieran producir tan grandes obras de la literatrura universal.

Y una de esas grandes obras de la literatura universal es, de eso no tengo una mínima duda, la titulada CAROL (The price of salt), primero publicada, tras muchos esfuerzos, bajo el seudónimo de Claire Morgan, hasta que logró su ¿aceptación? editorial y entonces la firmó en segundas ediciones con su nombre literario, Patricia Highsmith.

CAROL no es en realidad una novela de suspenso, pero sí tiene ese halo misterioso que va llevando al lector a una compenetración tan íntima con las dos protagonistas, que cuando se va acercando el final de la obra se niega (el lector) a aceptar que el mismo no sea un “final feliz”, porque Cárol y Therese, tras deleitarnos con un amor que traspasa los prejuicios y gracias a la maestría de la autora llega a ser hermoso, nos han conquistado, hasta el punto de que tras la resolución literaria a su historia nos queda una sensación de recuerdo tan intensa que nos parece recordar a dos personas reales y no a dos personajes magistralmente creados por la gran escritora norteamericana.

Porque una vez conocidas, a Cárol y Therese no pueden olvidarse: su descripción, su manera de ser, de ver las cosas, la vida y el mundo, su comportamiento, pero sobre todo, su amor, nos conquistan a medida en que vamos penetrando la historia narrada, donde no se encuentra una sola pizca de grosería ni de mal gusto: es una bella historia de amor entre dos mujeres que llegan a quererse tanto que al final, cuando Cárol le plantea a Therese que vuelva a vivir junto a ella, ésta reacciona pensando que “me quiere más que a su hija”, lo que deja un margen de interpretación al lector con el fin único –pienso-- de calibrar hasta qué punto era ese un amor verdadero, por encima del prejuicio, pero también del sexo, porque en la novela Cárol y Therese se aman como sólo pueden amarse dos personas que descubren que su relación, la una con la otra, constituye toda su razón de vivir.

Patricia Highsmith ha sido capaz de crear dos personajes tan bien diferenciados, cada uno en su mundo que sólo puede unir el amor, con su forma de hablar, de reír, de moverse, de sentir la pasión, la ternura, el cariño que une y a veces la discrepancia que amenaza separar, que durante toda la obra van creciendo ante los ojos del lector, hasta convertirse en amigas entrañables a las que se desea que sean felices y que vivan su amor porque se lo merecen, sin gotas de melodramatismo ni de ñoñerías ni de nada que huela a cursi ni a soez ni a degradante. Cárol y Therese están tan vivas como nosotros, nos conminan a aceptar su relación y nos convencen de su necesidad de amarse y de desear, por encima de todo lo demás, estar juntas, vivir juntas, compartir sus vidas sin separarse bajo ningún concepto. Novela valiente en la época en que fue escrita y publicada, cuyo planteamiento quizás haya contribuido a lograr más comprensión al derecho de los seres humanos a amar a quienes deseen y cómo lo deseen, venciendo al lacerante látigo de los prejuicios que todavía pululan incluso en nuestras sociedades primermundistas tan desarrolladas.

Cuando cerré el libro, tras la apasionante lectura (y está hablando un hombre heterosexual) me senti totalmente encariñado con las dos protagonistas e identificado con su amor y con su final “feliz”, cuando Therese reacciona y al “no” anterior planteado, rectifica, dándose cuenta de que es inútil engañarse a sí misma: su vida sin Cárol sería insoportable, y por eso vuelve a ella, en unas páginas cargadas de esa nostalgia de la que decía Cortázar que no puede prescindir “todo lo que se escribe hoy y que vale la pena leer”...

Augusto Lázaro

Foto: Patricia Highsmith de joven